domingo, 16 de marzo de 2008

El Salto

El año pasado gané una pelota de fútbol en un casamiento. La novia había arrojado el ramo, de espaldas a sus amigas, para que alguna de esas chicas solteras tenga la esperanza de imitarla algún día. Luego, el novio, para darle un toque original al momento, hizo lo propio con un balón de "fobal". Nike. Blanco. Brillante. Con la famosa pipeta en negro. Hermoso. En aquella oportunidad, tuve un momento de gran lucidez para mi condición en esos momentos. "Mido 1,92 mts", pensé. "no hay chance que no sea mío". Los jóvenes asistentes al evento, se agruparon como monos, a unos tres o cuatro metros de la espalda del novio. Se empujaban, sudados, apretados. Sonrientes pero codiciosos. Parecía que la única forma de ganar el esférico balón era meterse en el medio, dar algunos codazos, poner el culo duro y tratar de saltar mas que los demás.

Contrariamente al ideal para vencer, me alejé un poco de la manada hormonal. En verdad, no parecía tener mayores chances, parado un poco al costado, ligeramente adelantado de todos ellos y con las manos en el bolsillo. Incluso creo haber puesto cara de superación del tipo "no vale la pena el esfuerzo". Alguna sonrisa de costado, como para "acompañar" el momento.

Marianito miró para atrás, preguntó si estaban listos y comenzó a arrojar el balón...

Las manos salieron de ms bolsillos. Un paso (con la derecha), otro paso (con la izquierda), salto vertical con la mano extendida en alto. Basquétbolisticamente, calculo que la imagen pudo haberse comparado con un alley-up ...

Cuando caí al piso, asegurando la pelota con ambas manos, miré a los atónitos festejantes. Asombro. Bronca. Alguna puteada. Me di vuelta, sonriente, y me fui hasta mi mesa, escuchando alguno que pedía que se anule mi recepción y se repitiera el juego.

Cuando vino Marianito a comentarme del enojo de sus amigos, me reí un poco aunque comprendí que mi maniobra no había sido del todo justa para con ellos: nunca les di la chance de competir. "Mala leche", me justifique ante ellos. "Calculo que no volveré a hacerlo de nuevo", traté de mediar.

Ayer se casó el Poli. La novia tiró el ramo, como siempre, y él trató de ser original como Marianito. Nada mas que esta vez era un Johnny Walker, etiqueta roja (la caja vacía obvio)...

Calculo que cuando empiece el frío de otoño, lo sacaré de su preciosa envoltura para convidarle unos hielos, tanto al gran Juancito Caminador, como a esa idea de haber estado otra vez un segundo adelante de toda la monada transpirada.

viernes, 7 de marzo de 2008

La Volcada

“¡¡¡La concha tuya, Galenso de mierda!!!”. Todavía tengo en el centro de la frente la cara del gordo sudado, viejo, con la camisa celeste abierta, parado - pero casi en cuclillas - con el mate en una mano y apuntándome con una factura rancia.

Los sábados jugábamos el torneo de basket del Valle del Río Chubut. En la ocasión, el rival de turno era el Club Brown de la ciudad de Puerto Madryn. No voy a decir que era el clásico, porque no era así. Pero salían buenos partidos, sobre todo en la cancha de Brown – chiquita, con pisos de parket y pocas gradas de cemento -, con partidos cerrados y con final abierto.

Había jugado al basket desde los 6 años, con lo cual eran 11 años de vernos las caras con los equipos de la zona. Sin embargo, este era uno de los últimos partidos que jugaba en el club. Me esperaba Buenos Aires para estudiar y eso se llevaría toda la atención.

Entrando en calor, sabía que iba a ser una tarde especial. No porque era uno de los últimos partidos. No porque la numero 9 – como siempre - del Independiente de Trelew se estaba despidiendo para siempre de mi sino, simplemente, porque ya había crecido lo suficiente como para “volcar” la pelota en el aro (para los desentendidos, hundir la pelota en el canasto de enceste), cosa que deseaba desde chico y jamás había intentado.

“A ver, Galenso (dicese de los rubios en mis tierras), la volcás?”, me preguntaron. “Psssss”, respondí. Cinco o seis pasos, salto y dejaba el balón en el canasto con una mano. Cinco o seis o seis pasos, y la dejaba con dos. Así dos o tres veces más. Era inminente que ese día iba a poder cumplir el sueño desde que el gran Michael Jordan había "caminado" en el aire para ganar el concurso de volcadas por aquel juego de las estrellas de la NBA en 1988.

El partido fue cerrado. Como siempre. Palo y palo hasta el final. Y la verdad es que esa tarde había tenido un gran juego (no era de lo mejor en la zona aunque si me las arreglé para integrar en un par de ocasiones el seleccionado del Valle del Chubut). No recuerdo cuales fueron mis números ese día pero si que estaba lo suficientemente confiado en que podíamos ganar el partido.
Treinta segundos por jugar. Pase sobre la línea al Cabezón Duarte que nos deja a un punto. 79 a 80. Sale el base de Brown – el 6, no me puedo acordar el nombre pero creo que voy a tener 70 años y voy a seguir teniendo su cara de playmobil castaño en la memoria -, y quiere tranquilizar el partido. Lo apretan para que largue el balón y lo hace, pero con la desgracia – para él – que se la da al grandote de Brown, quien quiere botarla y la misma rebota en su pie derecho. Faltan 20 segundos. Agarra la pelota el "Paga" y me ve ya en la mitad de la cancha, solo, hacia el aro. “Es el momento” pensé. 17 segundos. Me lanza el pase, el cual tomo ya a la altura del área de triple… piqué la pelota una vez…un paso – el derecho, como lo indican los fundamentos -… dos –el izquierdo para que después se eleve el derecho en el salto - …y salto. Pienso: “la aseguro con las dos manos”. 13 segundos. Eso hago. Cuando la pelota alcanzó la altura del aro, intento meterla dentro del canasto. La dejo ahí y me cuelgo del mismo como para darle un contenido emotivo al momento. ¡¡¡Se va a la bosta!!! ¡¡¡Hago mierda el aro y ganamos el partido con una volcada mía!!!

Y es ahí, cuando suelto el aro, que el muy turro pega un tirón volviendo a su posición original y le pega con la parte de atrás a la pelota que todavía estaba por allí. ¡¡¡A la mierda la pelota!!! ¡¡¡¡Nooooo, la puta que lo parió!!!! ¡¡Me quiero matar!! Cuando caigo al piso, trato de buscar el balón, el cual ya estaba en manos del playmobil. 8 segundos. Vuelvo hacia la mitad de la cancha, y los de Brown se pasaban la pelota para evitar nuestra falta. Fue ahí…ahí justamente que miré hacia la tribuna y lo vi al gordo, cagándome la vida, insultándome como si hubiese perdido la final del mundo. Mire de vuelta hacia el campo y la chicharra marcaba el final. Habíamos perdido y había sido mi culpa. Miré de vuelta al gordo chivado quien seguía recordando a mi familia. Lo putié, si, lo putié. Delante de todos. Pero ni siquiera haberme subido a las gradas y boxearlo a él, su mujer, y al boludo del hijo – compañero de equipo – podría haberme sacado la bronca de haber perdido la chance de haber volcado la pelota.

No recuerdo si fue mi último partido o no. No tengo en la memoria uno posterior. Si lo hubo, lo borré completamente. Solo guardo para mí que el último intento para hacer lo que soñé desde los 6 años en este deporte, se fue tras el rebate de un cesto de basket y el grito colérico de un gordo que no tenía nada mejor para hacer un sábado por la tarde.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Subte

Suelo dejar ideas en el celular cuando se me ocurre algo para escribir en el blog. Escuché esto que había grabado dentro del subte, algún día de semana de mil grados y me pareció gracioso:

Caminando como ovejas, transpirados, deprimidos…¿Como viene la mano acá?...con olor…la puta madre, le erré a la salida…vuelvo…jejeje…bueno, subte, oscuridad, calor…olor…¡Pará, la puta que te parió flaco!…pelotudo…gente con cara de nada…sola…sigo sin enganchar como mierda salir de acá. ¿Para que carajo tome el subte, Dios? …No me voy más…Bueno, olor, ya lo dije. Calor…también”.

Por lo menos, después, cuando la escalera mecánica me estaba escupiendo al infierno de Diagonal Norte, una brisa de aire (y ese especie de túnel a la superficie tipo manga de fútbol) dio en la tecla con la ignota bandita que sonaba muy bien en el ipod.

jueves, 28 de febrero de 2008

Digan lo que digan (Feliz Cumpleaños)

Estabas contento por que cumpliste años. Seguramente eso fue lo que pasó. Llegaron varios de tus mejores amigos y tu novia desde lejos a festejar con vos ese gran momento. Sentís que el cumpleaños propio es un termómetro de afecto, y te llamó mucha gente, además de esos buenos amigos que te visitaron. Estabas feliz. Yo estoy seguro que eso fue lo que te pasó. La emoción que te provocó, primero, ir a jugar al campeonato de los sábados – y ganar, con una buena tarea tuya – indudablemente afectó en cierto sentido…tus sentidos. Claro está, además, que el gran asado con las mejores carnes que les preparaste – aunque hayan faltado dos o tres de tus amigos por haberse ido de la ciudad – te causó tal agitación que no advertiste el desvío. Es muy posible, también, que haber descorchado esos excelentes vinos y aquellos burbujeantes champagnes – sobre todo aquel Barón B que te regalaron cuando te recibiste allá por el comienzo del 2003 – te haya mareado de felicidad. El haber podido alzar en repetidas ocasiones las copas llenas de saludos y condecoraciones te cargo de gozo. De hecho, estoy convencido que esa emoción fue la que te dificultó hablar con propiedad y encontrar las palabras justas para expresar tu júbilo, contagiando tu habitual locuacidad. Estoy seguro. Si. Estoy seguro que fue todo eso lo que te llevó a tomar prestada la bicicleta de la Checha para dar una vuelta por “Campos de Álvarez” y terminar dentro de una zanga de barro. No tengo dudas que la dicha había cegado tus pupilas. Digan lo que digan…

Banda de Sonido

Estoy trabajando en la oficina. Tengo una gran vista de Puerto Madero. El tema es que estaba muy nublado. Nubladísimo. Me pareció una gran mañana para escuchar Zeppelin: I, II, III y IV. Confirmé la idea cuando empezó a llover a cantaros, allá por el inicio del disco “II” y “Whole Lotta Love” sonando. Gran canción para acompañar una lluvia furiosa.

El tema es que ahora empezó a sonar “Stairway to Heaven” y a la lluvia se le sumaron relámpagos y truenos. Me gusta pensar que puse la banda de sonido perfecta para esta mañana gris, oscura y rabiosa.
(NdA a tres horas de la redacción original: aparentemente este chubasco ha traído más de un dolor de cabeza para mucha gente. Dudo en dejar el texto o no. Lo dejo. Espero que se entienda que expresa sencillamente que una mañana lluviosa puede ser un buen momento si no te trae problemas y tenes una buena banda acompañándote)

viernes, 22 de febrero de 2008

Cámara Apagada

- Fue así, Felix. Como te lo digo. Primero bajó el viejo del sexto. ¿Ese que usa siempre un sombrero, viste? Habrán sido las ocho y pico de la mañana. Más o menos te digo. Justo había sacado el agua del mate, así que calculo que eran las ocho y pico. Ocho y cuarto ponele. Y bueno, vino el viejo este y me lo dijo. Vino con su cara de amargado, igual que cuando me paga las expensas y me jode con que le limpie el “palier”. Me dio un poco de risa verlo, ¿viste? Pantalón corto y remera blanca. Zapatillas de tenis como si el viejo de mierda ese jugara a algo. Y soquetitos también blancos. Hubiese dicho que era un copo de nieve el viejo pero no. Sabes porque no? ¡Porque tenia puesto el sombrero escocés hediondo ese que usa!. Jo jo - se rió fuerte y ampuloso Horacio, con la franela en la mano y la ropa algo sucia -. Venía con el perro ese que me mea todo el árbol que esta en la entrada del garaje del edificio.
- ¿Y que te dijo?
- Je je je. Bueno, ahí viene lo divertido. Me dijo “Hay un hombre drogado en el ascensor”. Je je je. - “¿Como?” le pregunte.
- “Si”, me dijo, “Hay un hombre drogado en el ascensor”. Como me pareció raro le pregunté como sabia que estaba drogado. “Porque esta recostado contra el espejo y lo babea con una saliva blanca y espesa. Además, tiene olor”, remató.
- ¡¡¡¡Nuuuuu!!!!
- Si, como te lo digo. Así me dijo. Y bueno, le dije que iba a revisar y el viejo este se fue. Mientras iba para el ascensor, pispié con el rabillo del ojo y lo vi al perro del orto ese salir derecho para el arbolito. Y, claro, empezó a mear. Ya lo voy a agarrar al turro ese. Algo le voy a poner ahí. ¡Otra que botellita de agua!. Mirá, agarró un pedacito de "Dogui" y ...
- ¿Y fuiste a ver al ascensor?
- Bueno, si. Fui.
- ¿Y?
- ¡¡¡Y ahí estabas vos, papá!!!
- ¡¡¡No!!!
- ¡¡¡Si, querido!!! Duro como un turrón de cancha. Ja ja . Estabas parado, apoyado contra el vidrio y dormido. No vi ninguna baba, pero estabas muerto. Muerto, eh. No me preocupé por que era obvio.
- ¿Que cosa?
- El pedo que tenías. Se te sentía el olor a fernet desde lejos. Y además tenías un lamparón oscuro sobre la camisa blanca, típica mancha de fernet.
- ¡¡¡Que papelón!!!
- Dios sabe desde que hora habrás estado "apoliyando" en el ascensor. La cuestión es que te toque el hombro y te dije “Eh, Felix, despertate”. Medio que reaccionaste pero con una cara de no tener la más puta idea de donde estabas. Me dijiste que si y te marqué el número de tu piso. Bueno ahí cerré la puerta y me fui de vuelta a tomar mate.
- Uy, que papelón. Bueno, Horacio, perdoname. La verdad es que no se que me pasó. La verdad es que…
- Pero no termino ahí, eh.
- ¿Como?
- Si. No termino ahí.
- La puta madre. No me acuerdo de nada.
- Je je. Si. Como el mate ya estaba medio lavado me fui a cambiar la yerba.
- ¿Y que paso?
- Bueno, cuando volví, sale del ascensor la minita del quinto del ascensor y se me viene con cara de espantada.
- No me digas mas nada. ¿La morocha?
- Já já já. Si, esa. La que tiene el novio polista ese. Muy chetita para mi gusto.
- No, Horacio, es un bomboncito. ¡Es un minón! ¿Vos le viste la cola? ¿Redonda y generosa?¿Le viste los ojos? Y ni te hablo de la boca porque es al pedo darse manija...
- Si, bueno, espera.
- ¿Que? Viene y me dice: “Hay un degenerado en el ascensor”. “¿Como?”, le pregunto. Si, me dice. “Me subí al ascensor, me miro y me balbuceo una guarangada. Es el flaco del piso de arriba".
- ¡¡Que papelón!!.
- Ja ja . No me dijo que le dijiste pero bueno, me fui al ascensor de vuelta sabiendo que eras vos y cuando abrí a la puerta, abriste los ojos y pusiste una cara de libidinoso tremennnnda!!! Je Je. Me preguntaste si la morocha había preguntado por vos y algo que no te entendí de la “Pichulita”. No se cuanto de la pichulita, alargando las ies. La pichuliiiiiiiita esto y la pichuliiiiiiiiiiiita lo otro.
- Me quiero morir.
- Si, un pedo para cuatro. Bueno, como habías abierto los ojos y me habías hablado, te expliqué que estabas borracho y que te tenías que ir a tu casa. Me miraste, me abrasaste, me diste un beso en el cachete y me dijiste “Horazzzzito, te quiero mucho. No te hagas problemassss que sha me voy”. Y bueno, te cerré la puerta y te mandé a tu piso.
- Horacio, no se como pedirte disculpas. La puta madre.
- Y si, yo se que vos tenes una buena imagen en el edificio. Un pibe del interior, estudiante de abogacía, siempre prolijo, bien peinado, educado, pero bueno. Te agarraste un pedo bárbaro. ¿Quién no se lo ha agarrado, no? Que va´a ser…
- La puta madre, tendré que pedirle disculpas a esta gente. Al del sexto y a la morocha. A ella sobre todo...
- Y al dueño de la imprenta que vive en el décimo.
- ¿Como?
- Si, el de la imprenta de acá la vuelta. Flaquito con cara de nada. Lo ayudo siempre con las bolsas del super y no me tira ni una moneda. Canuto. Si, ese.
- No te lo puedo creer.
- Si, al ratito que subiste, vino este y me dijo que el ascensor estaba todo meado.
- Me estas jodiendo...
- ¡No!
- No te lo creo.
- Quedate tranquilo que no lo measte al tipo en si, pero me dijo que entró al ascensor y había un charco en el piso. Y que había olor.
- …
- Bueno, ahí si, me metí al ascensor con vos y te lleve a la puerta de tu casa. Te mire y me dijiste que toque timbre. Y bueno, estuvimos como cinco minutos tocando timbre. Vos me hacías caras como que estaba bien e incluso me dijiste “ya abren”. En eso te miré la camisa y me dijiste “El ferné no mancha, Horassssssito, decora”. Bueno, cuando me hinché las bolas de tocar el timbre te pregunte “¿Pero vos no vivías solo?”. “Si, obvio”, me dijiste. Casi te mato. “¿y dónde tenes las llaves de tu casa, la puta que te parió?”. “En el auto”, me dijiste. Te putie, si, te putie.
- Perdoname Horacio.
- Y bueno, fuimos hasta el auto, subimos y te tiré en la cama. Caíste como bolsa de papa, hermano. Ya era de día.
- No se como pedirte disculpas o como devolverte el favor.
- No pasa nada Felix. Comprame unas medialunas un día de estos y chau.
- No se que decirte. Se me apagó la cámara.


(Relato tomado en base a una historia verídica de nuestro gran amigo Mendocino, a quien extrañamos como se lo hace con los hermanos del alma: a tu salud, Petiso).

miércoles, 20 de febrero de 2008

La noche y los vientos

Supongo que hoy es una de esas noches en que no puedo dormir. No se porque pasa a veces. Hoy el insomnio me castiga por segunda vez consecutiva. Desde ayer el aire me parece molesto cuando otras noches su vejez arrulla mi mejor momento. Las sábanas me resultan pesadas y rugosas. No encuentro la posición. No me hago caso. No se. Encima Buenos Aires insiste con regarme de humedad.
Me recuerdo a mi mismo los momentos del día en los que desee estar en la cama. Ahora me revuelvo incomodo en ella, tratando de encontrar el camino al sueño.
Juro que soy mejor escritor cuando no tengo un teclado a mano. Pienso los mejores textos, las mejores poesías. Y me engaño pensando que luego las recordaré. Haberme levantado a escribir esto es una prueba de que ya no confío en mi memoria.
En cuatro días cumplo años. Veintiocho. Escuche por ahí que es el comienzo de mi vida adulta. Puede ser. No se. Por de pronto, no hay nada que quiera más que ella este conmigo.
Duermo solo en una cama para dos. Supongo que no hay otra cosa que te haga sentir más solo que eso. Sobre todo cuando el costado izquierdo ya tiene nombre y apellido, pero no el comienzo de la estadía. Quizás sea eso lo que no me deja dormir. Quizás no sea nada.
Los vientos del sur me siguen llamando y yo los sigo escuchando con la vista en otro lado. Pero los escucho. A veces me gustaría ver el futuro para dejar de planear las cosas o por lo menos dejar de preocuparme por ellas. Saber como será la vida de uno y dejar de preocuparse. Dejarse llevar. Eso. Dejarse llevar.
Espero que todo nos salga bien. Ahora y cuando nos encuentres. Espero que nos esperes y nos recibas con lo necesario. No en exceso. De última, ya sabes lo que estoy buscando y ya sabes lo que te estoy pidiendo. Atrás deje a los amigos. A los que valen. A los que tengo. Por eso, recibime con tus vientos. Los que me saludan cuando vuelvo. Los que me esperan detrás del Puerto. El sol en las mesetas y la visita de los que quiero”.
Lo visto. Nada bueno resulta cuando tengo un teclado cerca. Vuelvo a la cama para ver si te encuentro.

viernes, 15 de febrero de 2008

Fiesta Loca

Mamadera...las "nochecitas" del Infinity.
Es como subirse a un barco uno solo con 1449 minas, no?

lunes, 11 de febrero de 2008

De cuerpo entero

"En Chacabuco era de Boca y un día, con 15 años, un amigo del pueblo me llevó a probar y viví un mes y medio o dos en La Candela. Una tarde, Roberto Mouzo me regaló un tapón que le faltaba a uno de mis botines. Hasta que me echaron y volví a los 20, de la mano del Tucumano Hernández.Era enero del 74, y me llevaron otra vez. Pero el Tucumano fue adentro a hablar con no sé quién y sale al rato, diciéndome que directamente no me querían probar porque defensores tenían muchos y les faltaban delanteros. El dirigente Luis Bortnik nos dijo que lo lamentaba mucho. Y el Tucumano le anotó ni nombre en un papel: "Los que se van a lamentar son ustedes por el jugador que se están perdiendo", le dijo.Esa noche, deprimidos, estábamos cenando y el Tucumano me preguntó a qué otro club quería ir a probarme. Le dije "A River, para romperle el culo a esos putos de Boca". Esa noche me hice hincha de River". Daniel Passarella, enero 2006.

Podes cambiar de religión...
No hay inconveniente en que cambies la marca del auto...
Te podes casar, juntar y rejuntar cuantas veces quieras...
Podes incluso hacerte una operación para mutar tu sexo...
Incluso se ven a diario políticos que cambian de partido y no sucede nada.

Pero hacerte hincha de otro club a los 20 años...te pinta de cuerpo entero, hermano. De cuerpo entero.

jueves, 7 de febrero de 2008

Habrá que inventar algo

No se como decirte esto que siento y me estalla en el pecho cada vez que pienso en vos. Es amor. Completamente. Pero decir “Te Amo” a diario, repetitivo y mecánico, no se ajusta a ese sentimiento. Habrá que inventar algo nuevo. Una palabra, un término, un ruido. Algo. Y solo usarla cuando los “te amo” no sean suficientes.

Cuando cada minuto lejos sea la muerte. Y cada minuto juntos, la vida misma.
Cuando después de varios años de estar juntos, la boca todavía se seque ante tu desnudez y los nervios se aprieten previos a tu llegada.
Cuando uno sepa que la vida es posible sin vos, pero que no sea vida.
Cuando, a pesar que para éste mundo seas parca, para mi seas la persona mas graciosa del mundo. Cuando sigas siendo mi mejor amiga sin siquiera querer serlo.
Cuando pasen los años y siga descubriendo lugares de cuerpo. Y que esos olores me sigan drogando hasta la estupidez.
Cuando sumes otras risas (la nerviosa, la que hace mostrando los dientes, o con la boca abierta, la que agregas un “uh”, la infantil, la dulce), y que cada una de ellas calce en el momento justo.
Si verte dormir es todavía mejor que hacerlo uno. O cuando piense que recién levantada sos más bella que arreglada.
O cuando en mis brazos sienta que me gustaría llevarte en el bolsillo de la camisa todo el día. O si das saltitos cuando caminas.

Hay que inventar algo para esa clase de momentos. Algo que no me haga sentir que me estoy quedando corto, como los gastados “Te amo”. Algo que me llene y te demuestre que seguís siendo mi elección, como hace cinco años. Como todos los días. A pesar de la distancia. A pesar de los errores. Algo que se sienta establece, seguro, confiable. Nuestro.

Como digo, habrá que inventar algo.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Triste mirada

Ella caminaba despacio. Como siempre. O por lo menos desde hace algunos años. El andador no le permitía hacer más que pasos de diez centímetros cada uno. La cabellera mustia, apretada con un rodete y el vestido a flores que en alguna ocasión fueron coloridas, terminaban de pintar la triste imagen. A su alrededor, Buenos Aires se debatía entre el ruido y el apuro. La señora no alcanzó llamar la atención con esa sonrisa maternal a la rubia en ciclistas y walkman puestos. Pensó la anciana que la fresca señorita iba a comprender que le hacía acordar a sus años en los cuales el viento era su motor, y los límites solo imaginables. No le prestó tampoco demasiada atención el hombre de traje oscuro, de robusto porte y andar seguro cuando la señora lo miró recordando los pretendientes que podrían emularlo. Si reparó en ella el muchacho de casi veinteaños que de un resoplido la espetó para que libere la calzada. “A ver señora…”. Al pasar, no tuvo ningún problema en manotearle del bolso un paquete de papel madera conteniendo la compra que había salido a hacer a la mercería de la esquina. Media hora después llegó a su casa. Se sentó en el living y, como todas las noches, se quedó esperando que la vengan a buscar desde aquel lugar donde habitan quienes la recuerdan.

La Ley del Embudo

Ayer estábamos tomando un fernet (desviación yendo para casa) con el Escocés. La noche estaba linda y encontramos una terraza que nos justificó el acostarnos tarde. Entre tema y tema, vimos una morocha de pelo enrulado y nariz perfecta. No operada, pero perfecta. Respingada, chiquitita. La distancia y la poca luz no permiten mayor detalle sobre su fisonomía, aunque desde lejos podía confirmarse su belleza. La señorita en cuestión se encontraba acompañada por un tipo. Morocho, pelos despeinados con gel. Camisa negra, brillante. Cara de nada. Absolutamente cara de nada. Sin embargo, al rato de nuestra llegada, el muchacho “le comió la boca”, acción a la que ella se acopló con singular gusto.“Mira el pelotudo ese la mina que se esta comiendo”, me dijo el Escocés. Asentí con la cabeza. Pude observar otras mesas que también advertían el espectáculo de la fogosa parejita, varias de ellas con ojos de cierta envidia masculina. Es la “Ley del Embudo”, pensé. “La mas linda con el más boludo”.

Pero ahí fue que advertí mi error. Basta. Basta con ello, viejo. Todo es envidia. Para cualquier tipo, el hombre que acompañe a una mina que esta buena va a ser un boludo. Inevitablemente. Porque el único flaco que no será un boludo junto a ella, será él mismo…aunque irremediablemente un boludo para el resto de los mortales masculinos, dejando irresoluto el conflicto en un verdadero círculo vicioso.

En definitiva, la mencionada norma no es más que el justificativo del hombre que cela la suerte de un colega y no puede soportar no ser él quien goce de las beldades de la divinidad femenina que en la ocasión embeleza su mirada.

Cuando salíamos del bar, pasé por al lado de la mesa de los tórtolos, quienes seguían castigándose, ahora más con arrumacos que con pasionales besos. Miré al flaco de camisa negra y pelo hediondo y pensé “Aplauso, medalla y beso para el boludo este”.

lunes, 4 de febrero de 2008

Contradicción

El Viernes fui a comer con dos amigos a un restaurante ubicado en el hipódromo de Palermo. Se podía ver gente de importante nivel adquisitivo: autos deportivos foraneos en el estacionamiento, buenas pilchas, mucho dinero...la "gente linda", como dicen.

Mientras esperaba mi mesa para poder probar las recomendadas costillas de cerdo pude ver en la barra, hablando por celular, al baterista de Ataque 77 tomando algo.

No pude evitar recordar este párrafo de uno de los últimos cortes de difusión de la banda:
“...Entonces veo a esa gente que tiene de sobra y siempre quiere mas
con sus autos se llevan el mundo por delante hablando por celular
y que teniendo asegurado el porvenir no paran de robar
a esos señores les quiero gritar
¿Que es lo que esta pasando por acá?...
”.
Imagino que una persona puede ir a comer adonde se le cante, pero que lo haga en aquellos lugares frecuentados justamente por aquellos a los que tanto critica me suena a hipocresía.

viernes, 1 de febrero de 2008

Buenos Aires

Buenos Aires tiene los ojos ciegos. Oscurecidos por las noches de vigilia y combate. Tiene el rostro arrugado y húmedo de tanto ocultarse entre la niebla de sus callejones. Se esconde de las miradas curiosas que la miran cuando camina, o se mueve en algún recóndito rincón de sus guaridas violentas. La tensión por la muerte la llama y ella culposa sale a buscarla. Entre la niebla. En lo oscuro. En el sudor y en sus escondites. Se escapa de quienes la buscan. La persiguen con sus costumbres, con sus tradiciones, ritos y normas. Se quiere liberar. Lo busca. A veces lo hace. Otras solo se arrepiente. Buenos Aires ahora camina trémula por la mañana. Cansada. Asustada y pensativa. Sus callejones la han lastimado otra vez. Tardará en recuperarse. En caminar erguida nuevamente. Lo hará seguramente. Hasta que la noche y sus oscuros retiros vuelvan a llamarla con la voz infame de los que solo quieren lo prohibido.

miércoles, 30 de enero de 2008

Brasil

Vuelto de mis vacaciones, algunas conclusiones del pueblo carioca:

1. Admiro la desinhibición de los negros: gordas y flacas usando tangas. “Bulteros” y “Maniseros”, feos y lindos, usando zungas. A nadie le importa. Nadie mira. Cada uno es feliz como es y no existe el complejo físico. Obvio, me compré una zunga...

2. No hay nadie mejor para servir cerveza como los brasileros. Siempre en el punto justo. Y tampoco se calienta. Tienen “termos”, donde va la botella, que mantiene la bebida en su punto justo. Ideal. Son testigo de mi constante ingesta "birriquitinera" los 5 kilos de mas que me traje del país del norte.

3. Otra: todos los bondis te paran en cualquier lado, si solo le levantas la mano. Anda a meterle la mano al 60 en una esquina que no corresponde: te lleva gratis hasta Tigre.

4. Sépanlo: jamás vamos a superar a los “grones” jugando al fútbol. Playa a la que vayas hay canchas y canchas de fútbol atiborradas de gente practicando el deporte (Copacabana en Río es un ejemplo) . Incluso presencié partidos en donde participaban mujeres que se la podrían pisar al defensor mas aguerrido del fútbol argentino.

5. Una estadística que me llenó de orgullo: A lo largo de los diez días que estuve en Buzios, observé 9 camisetas de Boca (dos de los cuales eran brasileros), 2 de River, 1 de Racing, 1 de San Lorenzo y 1 de Independiente. Otro dato del mismo tipo: fui al Maracaná y el ascensorista me dijo algo que la guía tradujo como “Te esta diciendo que a la Bombonera le tienen mucho miedo”.

En fin, no es ningún secreto que no me simpatizan los brasileros, pero la verdad debe decirse y en muchos aspectos (otros, además de los arriba señalados) su vida es más interesante que la nuestra.

miércoles, 16 de enero de 2008

Distinto

Pienso ser una persona distinta.
Distinta al que gruñe, al que se putea.
Distinto del que se cansa, el que flaquea.
Diferente al que madruga o al que se aburre.
Otro del que se tensa, del que se encrespa.
No voy a pensar en el trabajo ni trabajar en pensar.
Voy a tomarme todo con calma, voy a tomarme todo:
Mis vacaciones, el sol, la luz, la energía y el mar.
Me voy a Brasil. Hasta la vuelta
Y ahí veremos si sigo siendo el que gruñe, el que putea,
El que madruga, el que flaquea.

martes, 15 de enero de 2008

¿Quién es Fausto Rudel?

Fausto Rudel nació en la localidad de Arroyo Corto, Provincia de Buenos Aires, el día 6 de Febrero de 1960. Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Bahía Blanca, vive actualmente en la ciudad de Puán, donde se dedica a la administración agropecuaria. Allí, en la inmensidad de la pampa argentina, es donde este personaje escribe sus poemas y vive su pasatiempos.

Quizás por timidez o la carencia de acceso a Internet, es que este personaje acude a quien suscribe para que publique sus trabajos y exponga sus emociones.

Desde aquí -en parte porque lo disfrutamos, en parte porque es un familiar-, hacemos honor a dicho petitorio y ofrecemos el espacio pertinente para que el poeta alemán dé luz a sus antiguas y recientes creaciones.

Creo haber aclarado la cuestión.

Las mañanas

Es inútil, lo he intentado. No puedo expresarlo,
En palabras por lo menos. No me es suficiente,
Decir alguna metáfora, que lo intente explicar.
Vanamente.
No tiene traducción, ni relato posible.
Puede describirse, pero no darle justicia.
Es amor, paz, pasión, felicidad, lujuria.
Tu piel parece más suave,
Y tus ojos no quieren despertar.
El olor de tus mañanas y la frescura de tu rostro.
Tus pelos algo violentos y la respiración apacible.
Si te toco, si te abrazo, tus sonidos son mayor tentación.
Me baño, me visto, desayuno y salgo a trabajar.
Un poco más de todo los días para volver a vivir,
Algunas horas más de vos, tu piel y ese sentimiento.

Fausto Rudel.

lunes, 14 de enero de 2008

Interior

"En el Interior, la vida es más parecida a la vida".
Franco Beverini.

viernes, 11 de enero de 2008

Tatuajes

Estuve leyendo algunas cosas sobre los tatuajes. En primer lugar, me llamó la atención la definición psicológica del mismo: “una manifestación masoquista de pertenecencia a un grupo”. Aparentemente, este propósito de inclusión sectorial se da incluso cuando el sujeto tatuado desconoce a que grupo quiere pertenecer.

En segundo lugar, pude dar cuenta de ciertas figuras históricas que decidieron adornar su piel con algún motivo. Por ejemplo, Jorge V, Rey de Inglaterra, Nicolás II, zar de Rusia o John F. Kennedy, Presidente de EUA, lo hicieron en su momento.

¿Quién hubiese imaginado que Thomas Alva Edison (si, si, el que inventó la bombilla de luz y el fonógrafo) tenía tatuado en su antebrazo izquierdo cinco puntos – como en los dados? Sabido es que, actualmente, ese es el tatuaje que comúnmente se hacen los presidiarios.

El mismísimo Winston Churchill, primer ministro británico y gran protagonista de la Segunda Guerra Mundial, tenía un ancla en uno de sus brazos, al mejor estilo Popeye.

Por último, me enteré que hoy en día no es tan difícil remover un diseño: para suprimir totalmente un tatuaje se utiliza un laser (los más adecuados son de Alejandrita, de Rubí o el ND-YAG, que actúan directamente sobre el pigmento sin producir lesiones en la piel). Aparentemente, basta con 3 o 4 sesiones para la desaparición total del dibujo. La sesión de tratamiento dura unos pocos minutos, siendo sus impactos algo molestos aunque no dolorosos.

La verdad es que se me han caído algunos mitos. ¿Alguien sabe donde puedo conseguir un buen diseño de la Cruz del Sur?

El Subte (...o una historia común)

Se sentó en el asiento más cercano a la puerta. Hacía calor – siempre hace calor en el subte – por lo que solo quería llegar a su casa y poder sacarse el uniforme del trabajo. Durante dos o tres paradas, Marcos solo se dedicó a mirar a la nada – como hace toda la gente que viaja en subte – y decidir que podría cenar.

En Tribunales se subió ella. Curiosamente, los asientos no estaban todos ocupados – después de 9 de Julio, a esa hora, generalmente es imposible conseguir uno – y se sentó frente a él. Josefina lucía una pollera de esas telas “finitas” – él jamás podría recordar el nombre preciso – color pastel – él diría “clarito” – y una remera blanca que, si bien no dejaba ver mucho, le marcaba la figura.

Rubia, de pelo ondulado y ojos de un verde casi transparente, fueron suficientes para que Marcos se olvide de su cena y deje de mirar a la nada. Le clavó sus ojos y pensó “increíble”.

Josefina tardó un poco más en notar a Marcos. Si bien, por una cuestión de seguridad, no era de mirar – sobre todo en transportes públicos – aquel castaño de pelo corto, traje y facciones duras que la estaba mirando, le llamó la atención.

Cuando Marcos advirtió que ella había dado cuenta de su indiscreción, notó que él estaba con la boca abierta y sin dejar de posar sus ojos sobre ella. Inmediatamente bajó la vista. “¡¡¡Que cagón que soy, por Dios!!!”. Ella advirtió la timidez de Marcos y agradeció en cierta forma que sea así. “Me gusta”, pensó.

De a ratos, Marcos levantaba la mirada para ir descubriendo de a poco sus detalles. Se le fueron revelando, en cuotas, sus piernas, sus manos…el pelo…sus ojos. Pensó que los dedos de sus pies le provocaban deseos de mordérselos. Los creyó la cosa más dulce del mundo. Se convenció finalmente que esa mujer iba a quedar en su mente por varios días.

Enfrente, Josefina también tímida, cada tanto le contestaba las miradas, procurando darle pie a una sonrisa o a algún gesto de accesibilidad. Marcos la hacía sentir tranquila. Tenía en los ojos el reflejo de una personalidad calmada, dulce, inteligente. Se dejó llevar por ese pensamiento.

En Pueyrredón, un par de chicas se pararon en el medio de ellos, y durante unos minutos, ambos sintieron una angustia que los sorprendió. “Se va a ir y no le di chance a que me hable” pensó Josefina. “¿Viste que sos un cagón? Ahora se te va a ir y no le dijiste nada”, pensó él.

En Agüero las chicas consiguieron asiento y al hacerlo, sus miradas se encontraron apuradas. Sin dudarlo, Marcos sonrió. Ella también, bajando la vista. Ahí notó sus dedos sin pintar. Se preocupó por el estado de su pelo – las mujeres siempre acusan a la humedad – y que no estaba maquillada.

Al ver la respuesta de ella, Marcos se sintió en un apuro. “¿Y ahora?”, pensó. “¿Qué carajo hago?”. La angustia se alojó instantáneamente entre su garganta y su pecho. Sus manos transpiraban. Pensó que tenía que decir algo. O hacer un gesto. Cualquier cosa. Pero inteligente. No podía comenzar la charla con aquella divinidad diciendo “¡Que linda que sos!” o algo que lo haga parecer un “chamuyero” – él no lo era -. Se empezó a ahogar en su propio apuro. Estaban en Palermo.

Josefina lo seguía mirando. Se dio cuenta que Marcos subía y bajaba la mirada, nervioso, buscando el siguiente paso. “Decime algo, cualquier cosa”, pensó. Estuvo a punto de preguntarle la hora como para que él se anime luego a algún comentario sobre el calor o lo que sea. Su idea no era irse del subte con él – no era ese tipo de chica -, pero si darle el teléfono o la dirección de mail del trabajo. Cuando estaba a punto de señalarle el reloj – a pesar que el cartel del vagón que indica la hora tiene uno digital de considerable tamaño – la invadió un pensamiento que la hizo retroceder: “¿Y si piensa que soy una atorranta? ¿Y si cree que me puede llevar a la cama así nomás y después no me toma en serio? ¿Y si solo, después, va a querer eso?”.

Cuando estaban saliendo de Olleros, el vagón casi quedó vacío. Solo cinco personas los acompañaban, lo que hizo animar a Marcos. “Quizás en la próxima parada esta gente baje y ante la soledad me anime con algún comentario”, se alentó. Después pensó que la soledad con un hombre desconocido la podría asustar, o peor aún, quizás ella se bajaba en la siguiente estación. Vivió aquel minuto hasta José Hernández con angustia. “¿Y si se baja?...me bajo yo también”, pensó él. “Después camino hasta Congreso, no me importa”. Pero después se imaginó hablándole sobre el hombro, ya caminando por Cabildo y no le gustó la idea que ella piense que la estaban siguiendo, acosando.

Se encontraban llegando a José Hernández y Josefina no amagaba con levantarse. Marcos sintió que era en ese momento o nunca. La boca se le secó inmediatamente y por un instante pensó que iba a tener valor. Tragó saliva y decidió que iba a decir algo sobre el calor – a esa altura ya no le importaba que el comentario fuera inteligente…le bastaba con que fuera un comentario -. Parados sobre la plataforma de la estación, y cuando estaba por abrir la boca, se escuchó el timbre de los altoparlantes decir “Metrovías informa que, por motivos de seguridad, se encuentra cerrada la estación Juramento. Todos los pasajeros deben abandonar la formación. Sepan disculpar las molestias”.

“Naaaaaa ¡La puta que te parió!” dijo Marcos para si. Cuando volvió su rostro, Josefina ya se había levantado y estaba por salir del vagón. Marcos se levantó apurado, lo que lo hizo tropezar con la gente que caminaba por el andén. Buscó con la vista a Josefina y la vio en la mitad de la escalera mecánica. Escuchó que en sus espaldas alguien decía “Parece que en Juramento hay un procedimiento de drogas”. Volvió a maldecir su suerte. “Soy un boludo”, se recriminó después. “Un cagón”, insistió.

Mientras ella terminaba de salir de la estación, ya incorporada sobre Cabildo, pensó “Hubiese bastado un Hola”. El optó por tranquilizarse con un “Después de todo…¿quién se levanta una mina en un subte?”.

miércoles, 9 de enero de 2008

Crónicas de una muerte anunciada

Luego de haber dormido muy mal en el destartalado colectivo de “El Condor – La Estrella” – incluyendo la rotura del micro en medio de la nada a las cuatro de la mañana con espera posterior en la Terminal de Coronel Suarez para que nos pase a buscar otro bondi – llegué a Pigüe el lunes a la mañana.

Algo aturdido por el despertar repentino y cegado por el sol matutino, casi me llevé por delante a mi tío Alberto. Hombre de campo, con una dicción propia de dicha gente y expresiones del tipo “no-ziii”, viajamos directo a la casa velatoria, donde yacía el cuerpo de quien en vida fuera mi abuela Carolina, la madre de mi viejo.

Entrado en el salón, fui saludado con el pésame – como fue ocurriendo durante toda la mañana – por gente muy parecida – alemanes del Volga - pero desconocida para mi. “Te acompaño en el sentimiento”, me decían. “Muchas gracias” respondía yo sintiéndome ajeno a aquella salutación.

Entre esos saludos, encontré a mis tíos y primos, quienes se encontraban acongojados, como naturalmente se está en momentos de ese tipo.

Confieso que no me animé a ingresar a la sala donde yacía mi abuela. Opté por permanecer en la puerta y pedir por su alma. Recuerdo que me llamó la atención su estado. Esperaba descubrir – para se mi primera experiencia con una persona fallecida – un rostro más pálido y una cara más lúgubre. En varias ocasiones me encontré a mi mismo, mirando hacía su estómago para ver si podía advertir algún movimiento en el cuerpo de mi abuela que me confirme efectivamente que se encontraba durmiendo.

Un rato después llegó mi viejo al velatorio, procedente del sur. Lo recibí en la puerta del edificio, dándole un gran abrazo de consuelo. Luego de ello, lo dirigí hacia su encuentro con su madre, para que pueda hacer la despedida propia de un hijo.

Como durante toda la tarde, preferí seguir a mi viejo desde cerca - no encima-, lo suficiente como para advertir si su corazón deteriorado le jugaba una mala pasada. Soy, por otro lado, de los que piensan que en esas circunstancias no es conveniente sobre excitar a los que sufren su congoja. Ellos solos se acercarán a uno si necesitan consuelo. Es suficiente, pienso, con hacer notar presencia y disposición para el desahogo.

Seguramente por mi volumen físico, más que por mi relación con mi difunta abuela, fui sindicado para tomar una de las manijas del féretro cuando fue iniciado el cortejo hacía la Iglesia. Igualmente sucedió luego, cuando hubo que trasladar el cajón hacía el cementerio de Espartillar.

En ese camino, pasé por muchos lugares que dispararon los recuerdos de mi infancia y juventud: los veranos y vacaciones en casa de mis abuelos maternos, residentes de dicha localidad. La casa del abuelo Enrique, el almacén, la plaza, las piedras que componían las calles que servían de objeto para cargar mi gomera, la casa del “Rengo” Batista, el camino hacia el campo del abuelo, etc.

Una vez en el cementerio, pude pensar mis últimas palabras de despedida hacia mi abuela, una persona buena, sacrificada por su familia, de dicción graciosa por sus orígenes germanos y muy querida por su familia. Recordé en ese momento todos aquellos almuerzos y cenas que habíamos compartido: el menú generalmente era asado al horno con papas. Tuve un par de sonrisas por esos pensamientos.

Mientras descargaban con palas la tierra sobre el pozo, me pareció algo lindo arrojarle uno de los claveles de las coronas que encabezaban la procesión.

No pude dejar de identificarme durante toda la mañana con el tío Rogelio, quien como yo, es el hijo menor de su familia. Diría que mirar su llanto incontenible, por momentos profundo y desgarrador, fue más doliente aún que ver el cuerpo inerte de mi abuela. Pensé en mi familia, en mi madre, en la salud de mi viejo, mi cariño hacía ellos, el día que no estén y el dolor que voy a sentir. Ver a Rogelio alejado del pozo donde enterraban a su madre, llorando desconsolado como un borrego huérfano – a pesar de sus 57 años -, hizo que por primera vez en toda la mañana que sienta ganas de llorar.

Luego de ello, nos alejamos del cementerio y de la Espartillar querida. Volvimos a Pigüe donde compartimos un almuerzo con tíos y primos, en donde se recordó a la abuela y se trató de dar consuelo mutuo.

Mi viejo volvió al sur a media tarde y yo esperé un par de horas más en casa de mi tía Angélica para tomar el raído colectivo del “Condor - La Estrella”. Una mesa en la vereda, cada uno con su silla, tomando cerveza y comiendo picada, mirando a los autos y transeúntes pasar, charlando de todo un poco, fue una buena manera de compartir un buen momento con familiares algo perdidos.

Ya en el maldito “bondi” me alejé de Pigüe en busca de la rutina que había dejado en Buenos Aires. Sentado a lo largo de dos asientos, con “Road Trippin” de Red Hot Chilli Pepper - entre otros temas lentos de la misma banda, como "My Friends" y "Under The Bridge" -, mirando el atardecer sobre las sierras que más allá cobijan a Sierra de la Ventana, me di cuenta que no había sido un día del todo triste. Mi abuela había dejado de sufrir aquel padecimiento cancerígeno, y miles de recuerdos y reencuentros habían hecho de aquel viaje una bella experiencia. Me descubrí pensando, entonces, que la vida es una sola y es hermosa si aprendemos a descubrirla.

jueves, 3 de enero de 2008

Leonardo y Lorena

Leonardo la miró. Volvió a pensar – como lo había hecho antes de desvestirla – que era hermosa. Besó sus labios culposos. Trató de tranquilizarla con la mirada, ya que el pánico se había apropiado de sus facciones.

El frío de la oscura galería del Convento y el olor a incienso había puesto a Lorena nuevamente en su lugar, y con ello, el remordimiento por haber caído en la tentación que suponía para ella el cuerpo de su compañero de clausura.

Leonardo tomó las ropas de Lorena y la ayudó a vestirse, mientras ella trataba de ubicar con la vista la capelina celeste. Leonardo todavía estaba vestido solo con sus medias de fibra color azul marino.

En el movimiento ocular que ella realizaba en busca de túnica, reposó en el miembro de Leonardo, y nuevamente la culpa golpeo su pecho. Se recriminó no haber aguantado la excitación y llevarlo hasta la galería por medio de excusas.

La decisión de dejar los votos ya había sido tomada por ambos hace unas semanas, pero se habían prometido no tener contacto hasta tanto cada uno de ellos dé la noticia a sus superiores. Si bien estaban dispuestos a abandonar la vida religiosa que habían elegido, habían decidido respetar su elección religiosa hasta el día en que hayan renunciado a los mismos.

En ese momento, Leonardo inclinó su cabeza y besó las mejillas de ella, quien ya había recogido su capelina celeste. Susurró un “te amo” en su mejilla y se dio la vuelta para vestirse con la sotana negra. La espalda de Leonardo daba cuentas de la pasión y uñas de Lorena, quien al verlas sintió vergüenza por haberse dejado llevar de aquella forma.

- “Tenes que perdonarme” le imploró al sacerdote, “no fui yo quien te provocó esas lastimaduras”.

- “Espero que estés equivocada”, respondió él a la monja, “ya que es esa mujer a quien quiero entre mis sábanas”.

- Pero vos vas a dejar tus hábitos por quien soy interiormente. Esta parte solo la acabas de conocer.

- Es verdad, pero si de sexo poco conozco, lo he hecho a través de las confesiones de nuestra gente, y si hay algo que veo sanamente, es la pasión de quienes se aman de esa forma.

Lorena arrojó nuevamente su capelina, junto con la túnica que tenía Leonardo entre las manos. Lo tomó de su cuello e hundió su lengua dentro de la boca de su amante. Él la tomó de sus muslos y la hincó sobre sus caderas, mientras pretendía levantarle la falda. Ella se abrazó de su cuello y él le arropó la espalda con sus brazos.

La siguiente mañana ambos pidieron adelantar sus entrevistas con los padres superiores.



(NdA: Dedicado a mi gran amigo "Manzana", quien ha inspirado esta historia con la suya).

Brindis




Diez años han pasado ya. Diez. Dos lustros de tiempo me separan de aquel baile en el Gimnasio Municipal de Trelew. La promoción 1997 del Colegio se despedía, todos enfundados en flamantes trajes. Para la mayoría era la primera vez, para otros sigue siendo la única.

El sábado 29 de Diciembre nos juntamos – la mayoría – en el quincho del mismo colegio. Éramos casi ese mismo número. Consumimos alrededor de 15 kilos de carne, 30 chorizos y morcillas, todo regado de buenos brebajes.

Junto con el “Paga” nos encargamos de la organización, y con el “Inga” de hacer el asado. Muchos habían cambiado (los pelos de varios, la panza de algunos). Otros seguían siendo los mismos (el Negro Nuñez, por ejemplo, sigue siendo el mismo pelotudo de siempre).

Por mi parte - además de percatarme que desde el 97 traigo una mochilita de casi 20 kilos de mas -, me quedé con la sensación que mis tareas culinarias me alejaron de la charla con muchos de aquellos muchachos de otrora. Sin embargo, como aliciente, recuerdo que en el momento sentí un inmenso placer de haber logrado que toda esa gente vuelva a juntarse y pasar un buen momento.

Tenía pensado decirlo en el brindis. No lo dije. Desde acá, sepan que me ha dado placer compartir ese momento con Uds.

miércoles, 2 de enero de 2008

Memorias de la vuelta

Luego de diez días en casa de mis viejos (donde ya contaré algunas anedas), tomé el vuelo de las 9.45 hs. a éste Buenos Aires sudoroso y hediondo.

Como primer comentario, en diagonal a mi poco espacioso asiento, se encontraba quien fuera mi primera novia. Dos cosas:

(i) Me reí al recordar las estupideces de inexperto que hice cuando comencé mi relación de dos semanas con aquella chica. Por ejemplo, el día que nos encontramos en la biblioteca del colegio y estuve mirando hacia la puerta de la misma haciendo que esperaba alguien cuando en realidad no me anima a hablar con ella y su amiga (si, si, un goma). Y lo segundo que nuestra relación de dos semanas incluyó el día que acordamos salir + “día mudo” en la biblioteca + día que cortamos. Fracaso total. Fiel a nuestra historia, no hubo diálogo en el avión.
(ii) Comprobé que el chiste que me hacían mis compañeros de secundaria era verdad: tenía – tiene - las manos realmente grandes. De ahí su mote de “Manotas”.

El segundo comentario incluye a mi compañero de asiento. Un Pancho vestido de (recuerden que era un vuelo de avión) malla pescador celeste, ojotas, “muscu” negra raída, anteojos extra grandes y gorra verde onda che Guevara. En un primer momento pensé que era un bananón de por ahí, pero después tomó su celular y llamó a un amigo: su léxico y dicción me hicieron recordar al Chipi Barhijo. A su look, le agregaba de “bijou” siete u ocho rosarios los cuales – y ahí el comentario – se encargó de besar cuando el avión se encontraba realizando el decolaje. ¡Que miedo tenía ese muchacho, por favor! En fin, por un momento pensé en decirle algo como “besando una alcanza”, pero después pensé que ya tenía suficiente como para que algún boludo venga a hacerle chistes en un momento de pánico personal como ese. Opté por seguir pensando en que a mi también me hubiese gustado estar en chancletas en el coqueto vuelo de Aerolíneas, rumbo a ésta ciudad que persiste en retrasarme la vuelta.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Telón

Se cuelga el 2007 con su dedo índice del precipicio del tiempo, y se disparan diversos pensamientos que, con la métrica de conclusiones y objetivos, alimentan un poco más ésta época de rituales costumbristas y prácticas familiares.

En la Patagonia lejana me encuentra éste 31, cerrando el año en casa de mis viejos, cuestionándome todavía que carajo hago en Buenos Aires, sufriendo el calor, lejos de toda esta paz.

En fin, no quería que el affaire de “Mazaso” cierre mi año literario, y por eso me propuse escribir este texto de salutación final para un año que en el balance final arrojó un resultado muy positivo.

A mi familia, el amor de siempre. A mis amigos, lo mejor. Y a aquel que reincide en leer los desvaríos de quien suscribe, que la empresa no le deje un sin sabor. Gran 2008.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Mazaso

Me encontraba caminando por un Megasport ubicado en el 3er piso del Alto Palermo. Estaba buscando un regalo navideño para mi sobrino Matías (como se pierde tiempo buscando regalos, por Dios!!). Traía puesta una remera roja con mangas grises y bermuda blanca.

Yéndome hacia fuera (no había encontrado nada que me haga pensar que mi sobrino querría conservar), una chica me detuvo con sonrisa ansiosa y me extendió una prenda de lycra (creo que era de lycra). “¿Podrías ayudarme? Necesito un número más chico”, me dijo. Advertí lo que estaba ocurriendo y le contesté: “Te ayudaría con gusto si trabajase acá”. Se ve que, a pesar de bella, no era muy rápida ya que me miró extrañada. “Digo, que te ayudaría si trabajase aca…pero no lo hago”, reafirmé.

La rubia se disculpó con un poco mas de su sonrisa ansiosa y yo proseguí, también con una sonrisa en mi rostro.

Esta bien que mi remera podía confundirse con el uniforme de la tienda deportiva, pero realmente, transcurridos algunos pasos mas de la salida del negocio me invadió un pensamiento preocupante: era la remera con la que había elegido salir esa noche.

Así que acá estoy, con mi remera de Megasport y mi cara de asistente de ventas, pensando en que la boluda esa me cagó la noche.

jueves, 20 de diciembre de 2007

El Convento (Dudas y silencios)

Marcelo sintió el frío en su cuerpo. Sintió también que lo tocaban en la espalda. Advirtió que estaba acostado, de lado, en el piso. Percibió el frío de las baldosas grises sobre su cuerpo. Ahí recién advirtió que estaba desnudo. El clima de invierno también se hacía notar en otras partes. No comprendía mucho lo que le estaba ocurriendo. Le dolía la cabeza y se creía perdido. Confundido. Miró para arriba, de costado y pudo ver a su hermano que le daba la bienvenida al mundo real con un “¿Qué haces ahí? Levantate, pelotudo”. Así lo hizo Marcelo.

Cuando se paró, volvió a pensar en que estaba desnudo. Repasó con la vista sus piernas peludas y su miembro al descubierto. Ahí recién advirtió que había estado tirado, no sabe cuanto, en el pasillo del convento donde vivía. Si bien era domingo, supo que probablemente alguno de los curas de clausura lo había visto desarropado contra la puerta de su habitación. Por un segundo, pensó que quizás nadie lo había advertido, pero luego, al revisar su reloj – la única prenda en su contextura – pudo ver que la mañana había comenzado hacía mucho tiempo.

Entró a la habitación, esquivando las preguntas de su hermano y se acostó a dormir, posponiendo para la tarde todas las respuestas que podía llegar a buscar. Una de ellas, claro, era el ardor proveniente de la zona baja lumbar.

Sin embargo, los dos días que continuaron estuvieron plagados para Marcelo de dudas y misterios. Solo recordaba haber asistido al cumpleaños de Juan Carlos Adet, quien hubiera sido compañero de habitación en su primer año de seminario hasta desistirlo, entrando éste en un cono de excesos y libertades para asentarse finalmente en la distribución de profilácticos. En aquella fiesta, Marcelo solo recuerda que fue recibido por su amigo Juan Carlos – ahora apodado “Tota” – y presentado a una serie de personajes de la noche, entre los cuales se sintió un extraño. Naturalmente, así lo era: entre Dealers, Drag Queens y nenas escort, un aspirante a cura era un auténtico sapo de otro pozo. En ello, la última imagen que recordaba era un petiso con cara de degenerado llamado Phillip que, enroscado en una boa de plumas fucsias y detrás de un sombrero de copa blanco, le ofrecía una gelatina naranja.

Efectivamente, en el convento lo habían visto. Sin embargo, tuvo suerte que no fue ninguno de los hermanos superiores, quienes habrían aplicado una muy segura y severa pena para Marcelo. Lo vieron solo un par de monjes de clausura - con voto de silencio -, que solo atinaron a hacerle ademanes con la mano a Marcelo – básicamente, ponían ambas palmas enfrentadas como a 20 cmts y se reían - aquel domingo por la tarde.

Fueron días de larga preocupación para Marcelo aquellas cuantas horas en el convento. No solo el tratarse de un novicio en pérdida del conocimiento empeoraba su situación, sino aquel maldito dolor en el comienzo de la línea que separaba sus glúteos.

Había resuelto pasar un par de días encerrado en su cuarto, no solo para reflexionar acerca de sus acciones sino también para evitar los chistes vecinos. Había divisado en un par de ocasiones a los monjes de clausura mostrarle las palmas enfrentadas al resto de sus compañeros de seminario, a las risotadas claro está.

Dos o tres días después, famélico ante la ausencia de alimentos sólidos, Marcelo decidió bajar al comedor comunitario para cenar con sus compañeros. Cuando entró en el largo salón cuadrangular, sintió que desde la mayoría de las 27 cabezas que lo observaban sentados recibía miradas de rechazo. Si bien pudo advertir alguna mueca risueña, en su conjunto eran repasos hostiles.

Para su suerte, las cenas en el convento eran silenciosas, aunque un amigo de él se las ingenió para comentarle que habían expulsado a los dos monjes en virtud de la violación del voto de silencio cuando sus risas habían pasado a ser verdaderas carcajadas, incluyendo revuelcos en el piso del confesionario. “Lo tienen merecido”, pensó Marcelo. “Por hijos de puta”, remató.

Cuando hubieron finalizado la cena – frugal, a base de verduras hervidas -, y luego de realizada la oración de rigor, comenzó a salir hacia los jardines que daban al gran comedor. Cuando se encontraba próximo a llegar a la puerta, alguien lo llamó desde la cocina. “¿Hermano Marcelo?”. Se dirigió hacia allí y se encontró con Elvira, cocinera y residente del convento, quien lo esperaba con un paquete entre sus manos.

Intrigado, Marcelo preguntó “¿Qué pasa, Elvira?”. Ella extendió hacia delante sus manos y le dijo “Acá tiene su ropa, Hermano”. Los dos ojos de Marcelo, agrandados por la sorpresa, vieron como Elvira se retiraba con una sonrisa entre sus labios.

Al llegar a su cuarto, desgarró el papel que envolvía sus hábitos y pudo advertir que estos se encontraban llenos de brillantina y olor a cigarrillo. Cuando quiso extender la sotana para ver si se encontraba en buen estado – más allá de su suciedad y pestilencia -, observó como desde su interior se deslizaba aquella boa fucsia del enano libidinoso y un cucharón sopero viejo. Las preguntas en Marcelo comenzaron a centellar y ahí si, se sintió preocupado verdaderamente.

Hoy Marcelo continúa viviendo en un convento. Pero en otro distinto al que vivió aquella historia. Pidió el traslado a la casa de formación ubicada en las afueras de Resistencia. En él, tomó finalmente los hábitos y el voto de silencio. Cuando tomó aquella decisión, pensó que la quietud y los nuevos aires iban a licenciarlo de contestar las preguntas que extraños seminaristas le hacían sobre aquella noche. Pero no contó que ningún silencio iba a acallar los gritos intrigados de su conciencia.


Dedicado a mi gran amigo “Palmera”, quien todavía hoy queremos como sino se hubiera ido.

Secreto

Una de las cosas que más disfruto es descubrir bandas nuevas. Esos grupos que todavía no alcanzaron la fama pero que tienen canciones altamente recomendables. Así me he encontrado con grupos como “Death Cub for Cutie” o “Jaimie Cullum” (si, si, mucha gente lo conoce, pero haces una encuesta y de cien lo “junan” cinco). Es muy agradable saber que a Jack Jonhsonn lo descubriste bastante tiempo antes de que “Banana Pancakes” te rompa la cabeza en la 100.

El placer es sentir que esa bandita o solista es tuyo. Por un momento. Es una suerte de secreto que se la transmitís a ciertos amigos. Pero no a todos. Y escuchar de esa persona un “che, esta bueno esto. ¿De donde lo sacaste?”

Y sino, también disfruto mucho encontrarme con bandas viejas y desconocidas. Es el mismo concepto pero con bandas como “Captain Beefhart and the Magic Band” o “Pretty Things”.

Pero en realidad, cuando empecé a escribir este post, que ya se me desorganizó, es que dentro de estos gustos por descubrir música nueva, amo encontrar en discos de artistas conocidos aquellas canciones que no fueron simples ni primer, segundo o tercer corte del disco. Viven solo en la casa de los que compraron el disco o lo piratearon de Internet.

Venía caminando por Puerto Madero y empezó a sonar “The One” del álbum “Chocolate Starfish and the hot dog flavored water” de Limp Biskit. Un disco que se lo robo el tema a misión imposible y algún otro corte más del sacadito de Fred Durst gritando como un enfermo y pensando que es vivo insultando gente. Pero The One es un temazo de bajos constantes y sólidos, con una voz que se mece en el ritmo y la potencia de aquella banda que lideró mis 19 años. Bueno, como decía, escuchando ese tema, pense en escribir esto.

Me acuerdo de “Denial, Revisited” de The Offspring, “Picture” de Kid Rock o “Katmandu” de Pappo.

No se, si pueden, pongan esos temas o bandas en sus mp3s, ipods o lo que sea y salgan a caminar por la calle, pensando que les están contando un secreto al oído.

martes, 18 de diciembre de 2007

Un lugar

Busco un lugar lejos de aquí,
donde juntos podamos hacernos sentir.
Donde vida y muerte no sean diferentes
Ni tiempo ni espacio nos pueda separar.
En el refugio de tu pecho yo pueda vivir
Y el escudo de mis brazos nos aleje del fin.
Un lugar que sin decir nada, solitario no es.
Allí, nosotros en nuestros sueños,
podamos volver a nacer.

Fausto Rudel.
Diciembre 13 de 2002.

Ausencia

Si tu no estás
Mi piel no tiene su abrigo.
Solo siente el gélido frío
De la soledad.

Y si te busco
En salas vacías,
Las lágrimas serán solo mías,
Y la pena me vuelve a llevar.

Pero cuando vuelvas,
Se llenará de vuelta mi vida.
Mi suerte no estará tan perdida,
Y comienza de nuevo a soñar.

Fausto Rudel (17/03/2003).

Sos vos

Soy feliz pensando en vos. Solo pensando en vos.
Me traes alegría, felicidad y sonrisas.
Sos el sol de mis mañanas y la sábana que cubre mis sueños.
El rocío que dan de beber a mis tallos y la brisa que mueve la luz de mis velas.
Sos el ángel que me cubre con sus alas y la diosa que reina en mi tierra.
Sos el agua que baña mis raices, y el aire que permite que yo vuele.
Sos mi vida, mi cielo, mi sol. Mi luna, mi noche y canción.
Sos todo para mi.
Porque solo puedo pensar en vos, y solo a vos te necesito. Sos todo lo que quiero para siempre.
Y mañana estarás conmigo, y las horas se empiezan a alargar, los minutos no se mueren y los segundos no se van. Las agujas del reloj parecen pétreas, y mi llanto ya es un gélido cristal.
Te necesito, y mañana ya estaré con vos. Y me fundo en un abrazo, y me fundo con tu amor.
Te amo, ahora y siempre.

El Alemán.
Marzo 17 de 2003.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Los de afuera son de palo

“Discúlpame, pero no voy a hablar de fútbol con vos. Te pido por favor que te abstengas de opinar”.

Quizás no haya en el mundo una materia más opinable que el deporte del balompié. No creo que exista temario mas subjetivo que el de la práctica del “deporte más hermoso del mundo”, como diría el relator de los partidos de la Champions League en ESPN.

De hecho, somos testigos diarios de una caterva increíble de programas con seudo eruditos del “fobal” que dictan sus ideas pretendiendo tener la verdad justa sobre aquello que cuenta con innumerable cantidad de matices, al azar por compañero y el resultado por medida.

Pero sin perjuicio de ello, hay algo que no voy a tolerar jamás en la discusión futbolera casual: el que opina sin haber practicado jamás o en grandes medidas ese hermoso deporte.

¿Qué puede saber acaso quien jamás ha regateado un adversario y tirado un centro atrás para que el nueve grandote empuje la pelota al fondo de la red? ¿Quién puede hacerlo sin haberse llenado la boca de gol en un picado con latas vacías por arco y un “globo” raído por balón? ¿Es acaso meritoria la tesis de quien no sufre por un resultado adverso del equipo de sus amores? ¿Puede venir a mofarse de un hincha caído aquel que solo aparece en las victorias? ¿o aquel que no se emociona con el relato de Víctor Hugo en aquella tarde mágica de México? (Nota: sino entiende algunas de las preguntas realizadas aquí, realmente para usted fue escrito este texto).

El fútbol es una pasión y como tal, no puede ser explicada. Sabiendo ello es que, también, no pretendemos entusiasmar a aquellos que no lo sienten de la misma manera que nosotros, y hasta eso es muy justo. Pero no opine si ese deporte no le gusta o lo hace a medias. No discuta. Quédese afuera de esa ronda futbolera de risas y contraataques. Participe como espectador si quiere. Ríase un rato en silencio a costa de aquellos que si se toman a esto en serio. Permítase advertir el romanticismo de alguien que deja en manos – o piernas - de 11 tipos la suerte de su destino en un lunes por la mañana.

Insisto, hombre o mujer, no se atreva a azuzar a una persona que vive el fútbol de la manera explicada. Por que la pelea es injusta. Simplemente. Se trata de una contienda en donde uno no tiene nada por perder y el otro por ganar. Si usted no disfruta el fútbol poco le va a importar verse derrotado en el silogismo futbolero, mientras que el hincha de corazón nada ganará al tratar de convencer a un vacío de alma tribunera.

Y si usted lo hace solo por el placer de molestar a quien se toma este ejercicio de manera vehemente, sepa que la vida es una vuelta y solo el tiempo pondrá en su lugar a aquellos que escarmientan con el sufrimiento ajeno.

jueves, 13 de diciembre de 2007

De amores, comentarios y otros sacrificios

Existe un blog al que asistó en ocasiones. Respecto de un reciente texto publicado, me permití hacer un comentario que me gustaría compartir con uds, y que a continuación transcribo:

"Permítanme disentir. Es verdad que nadie es perfecto y de ser amados, lo seremos por quien seamos y no por quien tratemos de ser. Pero es inevitable en una pareja buscar el consenso, el diálogo y, sobre todo, la permanente y constante voluntad de superar obstáculos comunes en post de una mejor convivencia.

De eso se trata el amor, amigos, igualmente. Poder sacrificar el egoísmo personal y cómodo, y disponerse a realizar aquellos cambios –arduos, dolorosos y duros – para lograr la comodidad, agrado y felicidad de la pareja.

La respuesta contraria, realmente, mantendría polos opuestos a dos personas destinadas inevitablemente al fracaso. Salvo que la fórmula sea: “que le guste por quien soy, así como soy”, en cuyo caso estaríamos diciendo, para que la relación funcione, que una de las partes debe hacer concesiones permanentes y amoldarse a su estático y pétreo compañero. Considero a esto una falacia, carente de total realismo.

Aquel que no esta dispuesto a relegarse en post del bien de su compañero/a, realmente no esta preparado para encarar una relación, sobre todo pensando en una a larga distancia. El amor es el bien del otro, a través del sacrificio personal, toda vez que aquel se produce con el desapego al capricho propio. En aquellos casos en donde uno de los dos falle en tal premisa, la salud de la pareja se encontrará en serio peligro.

Disculpas si vengo a romper su teoría, y sobre todo, si lo hago yo, carente de todo tipo de licenciatura y/o grado en opinología, amor, y otros conjuros. Solamente tengo varios años de un lindo y trabajado amor con mi pareja
".

martes, 11 de diciembre de 2007

El Gran Pez

Fui a casa al mediodía para almorzar. Estaban dando el final de “El Gran Pez” de Tim Burton. No puedo dejar de llorar cada vez que veo la última parte de esta película: cuando el hijo le relata al padre la historia de su muerte.

En general, debo decir que no se identifica ninguno de esos personajes con nada de mi vida. Sin embargo, ver esa despedida “padre-hijo” no hace más que hacerme recordar a mi viejo.

Mi viejo es mi mejor amigo. Simplemente. Siempre lo fue. Desde que nací y le cambié la vida hasta el día de hoy. Nos hacemos reír mutuamente, a pesar que somos dos tipos de carácter fuerte (en realidad, dos tipos con el mismo carácter).

Pero el viejo también es mi consejero. Desde chico, siempre me ha hablado de aquello que era importante. Lo sigue haciendo, de hecho. Mi viejo podrá no saberse los nombres de mis amigos o cuestiones diarias, pero seguro que piensa en mi y mi futuro varias veces por día. Me ha enseñado tantas cosas y lo seguirá haciendo.

Todavía recuerdo aquella tarde del 28 de Enero del 98, en que mi viejo me dejó en la Terminal de ómnibus de Mar Chiquita, luego de unos días de vacaciones familiares, para que venga a estudiar a Buenos Aires. Él lloraba y yo, contento por la nueva experiencia venidera, le decía que ya regresaba. De haber sabido lo que me esperaba, quizás no hubiese estado tan contento aquel día. Yo me fui de casa, y él termino con un principio de ataque cardiovascular por "extrañarte tanto". Hoy pienso mi vuelta al sur, quizás, porque empiezo a sentir los mismos malestares.

No escribo esto para decirle indirectamente a mi viejo que lo quiero. Lo hago cada vez que hablamos. Como él, no soy alguien a quien le cueste expresar sentimientos. Pero lo hago, quizás, para decir lo mucho que me duele pensar que algún día faltará. No será hoy, ni mañana. Dios quiera que falte mucho tiempo. Pero lo voy a extrañar. Seguro que sí. No es algo que le pueda interesar a mucha gente, pero si es algo que me interesa decir a mi. Suficiente.

Como decía, “Big Fish” no me dice nada de todo esto. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en mi viejo cada vez que el joven se despide de su padre.

La puerta

El sábado pasado, Oscar Juárez tuvo el cumpleaños de un buen amigo. Volvió a su departamento de la calle Arenales a las siete de la mañana. Muy borracho.

Ingresando al palier del edificio, advirtió con su beoda vista que alguien se encontraba dentro del ascensor y pronto a iniciar su viaje. Oscar pidió que lo esperaran. No lo hicieron. Corrió con sus casi ciento veinte kilos y empujó la puerta con el pecho. El golpe hizo que el ascensor se detuviera en el entrepiso. Se escucharon algunos gritos de pánico desde su interior. Rubén trato de acomodar la puerta y, por suerte, el ascensor siguió su marcha.

Unas cuantas horas después, se despertó en su cama, no muy seguro de lo que había pasado. Cuando comenzó a recordar le dio vergüenza su estado. Rememoró otras anécdotas peligrosas, de la mano de la bebida. Sintió temor.

Estuvo toda la tarde en su casa, pensando si debería avisar a alguien del consorcio sobre su incidente. Creyó que no era conveniente. Nadie lo había visto con certeza, pensó.

Finalizando la tarde, juntó ánimo y fue hasta la planta baja para chequear el elevador. La puerta corrediza del mismo estaba salida, móvil, rota. El número indicador del piso estaba apagado. Habían sacado al ascensor de servicio.

“¿Viste lo que hicieron?”, preguntó alguien de atrás. Era Rogelio, el portero. “Son unos brutos”, continuó este. “Ahora voy a tener que llamar al del service”. Oscar inmediatamente cambió de tema: el tiempo, Boca-River, cualquier otra pavadas de las que siempre habla con Rogelio.

Subió por la escalera pensando en una buena excusa para cuando alguien se de cuenta que la única persona del edificio que puede “arrancar” de cuajo la puerta del ascensor era él mismo, mientras seguían golpeando su pecho sensaciones de cobardía y vergüenza.

viernes, 7 de diciembre de 2007

El tiempo pasa



Matías tiene diez años. Es mi sobrino. Lo conocí hace un poco menos de una década, en el solar de la Abadía, cuando mi hermano me lo presentó.
Hoy me acaba de mandar un mail...

Que viejo que me estoy poniendo, che...

jueves, 6 de diciembre de 2007

Verano

Verano,
En tus noches se encienden los cuerpos
bajo las sábanas en suaves roces,
Y los labios se buscan perdidos,
sedientos, húmedos y violentos.
La fina brisa de una noche estrellada,
que acariciando la piel desnuda,
calma sus cuerpos exaltados.

Verano,
Que sos testigo del encuentro
de dos amantes nacientes,
idos por la música de sus sentidos.
Desatados de pasión,
con sus sexos desbocados,
se buscan desesperados
en la oscura habitación.

Verano,
Por sus húmedos sabores,
que le sirven de excusa
en la esperada reunión.
Tan cómplice de sus miradas
Que les regala el calor,
para que los seres transpirados
Se amen sin control.

Fausto Rudel.
Diciembre 1 de 2002.

martes, 4 de diciembre de 2007

Ayer y hoy de mis piojos

Finalizaba el mes de Diciembre del año 1996, y mi hermano recién llegado de Buenos Aires para sus vacaciones estivales me dijo “Escuchate este disco”. Su tapa amarilla con el dibujo de una suerte de Tótem en la tapa no me resultó a primera vista atrayente. Claro, se trataba de “3er Arco”, tercer disco – y despegue - de Los Piojos, una banda cuasi ignota por aquellos días.

Como alguien pone ciertas fechas o hitos históricos para determinar el comienzo de eras o etapas en la historia de la civilización, este hecho seguramente estaría entre los finalistas - junto con mi primer borrachera, mi primer beso o el descubrimiento del primer “caballero” en mi zona púdica – para marcar el comienzo de mi adolescencia.

De cualquier forma, ahí comenzó mi vida con la música. Desde allí, hasta hoy, comparto muchos momentos con alguna “banda de sonido”. “Cada ocasión, tiene su son”, así como cada estado de ánimo es mejor si está sazonado con la canción justa.

Pero Los Piojos fue mi banda adolescente – después se sumó La Renga, claro – lo que me llevó, lógicamente, a usar sus remeras y asistir a sus conciertos. Su cuarto disco, “Azul” ya no me gustó tanto, y “Verde Paisaje del Infierno” fue una suerte de separación de hecho – no podría decir que llegamos al divorcio -. No se porque. Quizás cambié yo. Quizás no lo hicieron ellos. A lo mejor lo hicimos ambos, por distintos caminos.

Hoy venía caminando y puse en el Ipod el nuevo disco de la banda: Civilización. La creo mi reconciliación con el grupo. Me gustó. No íntegramente, pero en su mayoría. El caminar con audífonos te permite apreciar mejor los sonidos, y en ello descubrí un avance interesante, melodías frescas y, también, aquel espíritu que me encontró en una tarde de diciembre de mis últimos años en el sur.

Sentí ganas de aprender a tocar un instrumento. Me sentí bien. Tuve ganas de bailar. De cantar. También tuve un arranque de querer expresarme a través de la música y, por que no, hacer un temita que tenga una musiquita linda y que me haga sentir orgulloso. Lamentablemente, carezco de talento y hasta de uñas para agarrar una guitarra. Por eso es que estoy escribiendo esto, aunque más no sea, quitándome las ganas de decirlo.

domingo, 2 de diciembre de 2007

De equinos y banderas

Vamos a ver polo. La segunda semifinal del Abierto de Polo de Palermo. La Ellerstina contra Chapa II. El día está hermoso y, calculo, que pasaremos un gran domingo, con amigos, mate y la "gente linda".

Estamos esperando al impresentable del Escocés para salir. Ayer estuvo en una fiesta con el Bambino Veira. Lo llamamos hace media hora, preocupados por su silencio, y respondió con una voz de ultratumba divina. Llega y salimos. No es el mejor horario para hacerlo, pero la demora la va a compensar con alguna aneda que nos va a hacer morir de risa.

El tema es que a la misma hora que estemos disfrutando de la adrenalina de ocho pibes jugando con el peligro de "volar" arriba de otros tantos caballos, se estará jugando en la cancha del club de mis amores el partido que definirá el Torneo Clausura.

Quizás se me pueda decir que, como Boca no tiene chances, elegí hacer otro plan alternativo. Pero no. Las entradas fueron sacadas antes del Tigre - Boca, cuando mi equipo todavía tenía aspiraciones de campeonar.

Lo cierto es que elegí este plan "conchet", concientemente, antes que entregarme como cada Domingo a esa pasión difícil de explicar, pero sobre todo, de justificar. No se. Puede ser también que el tema Polo no es algo que hacemos todos los años. También está la fuerza que le puso Ceci a la compra de los boletos. No se.

Llegó el Escocés. Nos vamos. Espero que no retumben desde la Boca los ecos de mi conciencia…

sábado, 1 de diciembre de 2007

Amor en movimiento

A la hora indicada,
Fueron sedientos de deseo.
Encendidos por la espera,
El cuerpo hervido en sangre
Queriendo ya ser parte,
La lujuria y el placer.

El grito entre suspiros
Alientan las fantasías,
Que de fondo se oyen quejar,
Tras el jadeante respiro,
De ojos desorbitados,
en tan bella melodía.

El aire envuelto en celo,
Aromas de esta locura,
Que enferma nuestra cordura,
Y desata lo que es prohibido.
Visiones frente a este ángel,
Que en demonio se ha convertido.

Los nervios tan tensionados,
Al punto de la explosión,
Dos almas tan completadas,
En clima de ebullición.
Y es justo en ese momento,
Donde se presenta Dios.

Lo oscuro se torna claro,
Y la luna se vuelve sol.
Todo es bello y perfecto,
Con esta imagen de vos.
Yo mismo con mi destino,
Me encuentro en tu rincón.

Fausto Rudel

viernes, 30 de noviembre de 2007

Según pasan las horas

Martes. Cinco y diecisiete de la mañana. Sé que es “y diecisiete” porque estoy mirando el reloj cada tres o cuatro minutos, prestando demasiada atención a esas últimas dos cifras del digital. Esos numeritos rojos en la cómoda izquierda de mi cama, rodeados de nada más que oscuridad. Tengo los ojos duros y, calculo, algo rojos.

No soy de tener insomnio pero hoy me ha atacado el problema. El reloj avanza pero atrás se queda mi sueño, esperando vaya a saber que. La cama ha sumado pliegos y temperatura, lo que en definitiva dificulta aún más mi sueño.

Cinco y veintidós. No se porque estoy desvelado. Me hubiese ido a dormir cuando me agarró esa modorra a las ocho y pico – ahí los minutos no me importaban -, después de tomarme esa cerveza mirando la tele. Pero no. Pensé “¿Cómo me voy a ir a dormir a las ocho de la noche? Ni siquiera mi abuelo se acuesta a esta hora”. Me cociné algo y me fui a la cama a ver tele hasta que se hiciera la hora de dormir. Pero ahora, y veintiséis, estoy con los ojos como el dos de oros, y las tres o cuatro pavadas que vi en la tele no parecieron hacer mella en mi atención.

¡Que ruido que hace el reloj de la cocina, che! Tic toc tic toc. Uno se empieza a dar cuenta de un montón de ruidos de su casa cuando no puede dormir. La mochila del baño. Los autos que pasan por la calle. El ruido de la compu que quedó prendida. ¡Pero la puta que lo parió, viejo! ¿Será posible que no me pueda dormir? Si todos y cada uno de los días en que me levanto a la mañana, cansado y sin ganas de ir a laburar pienso “¡cuando vuelva, a la cama la hago pelota!”. No, me quedo mirando La Mary por vigésima novena vez o veo como la neoprosti de la Cirio se parte la jeta contra el hielo o el mamarracho de Piazza se pelea con el impresentable de Lucho, hasta que se me hacen las doce y media, una, y me doy cuenta que la mañana me va a pasar la factura.

¿¿¡¡Cinco y treinta y uno!!?? Naaaa, me quiero morir. ¡Tengo que ir a la fábrica! Ahora si, una vuelta para acá. Tiro la pata esta para este otro costado, que esta un poco mas frío y pongo el brazo debajo de la almohada. Ahora si. Deja de pensar. No pienses más y dormí. Dormí…¡Dormí, pelotudo! ¡Que te parió!

Tic Toc Tic Toc…¿Quién me manda a poner una reloj en la cocina, no? Ya está. Mañana me levanto a las 8, llamo al laburo y digo que tengo tos convulsa, meningitis del tipo Omega o me “engangrené” la gamba jugando al metegol. Je je je. ¿Quién se va a enterar? Si el jefe esta de viaje y ahí son todos una manga de nabos…

Cinco cuarenta y cuatro ya…Y si, ya fue. Si en quince minutos va a sonar el despertador “guampudo” este para que me despierte. Quince para bañarme. Quince para el mate y media hora en el 33 hasta la fábrica para levantar cajas y rollos de aluminio todo el día. En cualquier momento me parto al medio la columna levantando esas cajas. ¿¿¡¡Cómo no seguí en el liceo, por Dios!!?? Tendría que haberle hecho caso a mi viejo cuando me puteaba por querer largar todo y ponerme a laburar en la ferretería del Turco.

Pero bueno, ya fue. No voy. Y seguro que con eso me relajo y me duermo. Me quito la presión de tener que dormir por el laburo y me duermo. ¿Qué hora es? Las seis menos diez pasadas? Ja ja. Dale nomás, dale nomás que a laburar va tu hermana. Yo me quedo en casa. Me levanto pasado el mediodía. Hago un par de cositas, tranquilo y después me voy al club a tomar un vermouth con los muchachos. ¡Ahí tenes “cinco menos cinco”!. ¡Que te parió¡

Pero, igual, que mal, che. Esto no lo puedo hacer todos los días. ¡Ojo que puedo estar “estresado”, ¿eh?!. A ver si me tengo que ir a hacer chequeos y toda la bola. Y mirá si me encuentran que tengo algo en el “marote” y me tengo que hacer curar. Ojo, eh…

¡Uh, como suena este loco! Lo apago y me duermo. Chau. Listo el pollo. A otra cosa mariposa. ¡Total! ¿Que me pierdo? ¿Los mates con el narigón Heredia a las ocho y media?. ¿La charla de fútbol con el Vasco Montagni y el Zurdo López? ¿Los chistes del pelotudo del Turco, que terminó igual que yo? No, no me pierdo nada. El Narigón va a tomar mate todos los días, y el Vasco y el Zurdo hablan todo el día de fútbol. Y el Turco, nada. El Turco me arruinó la vida convenciéndome de ir esa ferretería. No me pierdo nada. Y encima descanso la espalda que me duele una barbaridad al final del día, después de haber cargado setecientas mil cajas, cajitas y cajones. No me pierdo nada. Encima no esta el Jefe, así que va a estar todo tranquilo y nadie se va a dar cuenta. Se van a tirar todos a chanta. Los muchachos, los de seguridad, la secre del jefe, Martita la recepcionista…Martita la recepcionista...¡Pará!…¿Qué día es hoy? ¿Martes ya, no? ¡No! ¡Hoy Martita se pone sus pantalones blancos! Con lo buena que está. Y encima me pone esas caritas cuando le digo alguna “barbaridá” por ese pantalón blanco y lo que viene atrás...

¿Qué hora es? ¿Seis y diez? ¿Llego a pegarme un baño antes de tomarme el 33?

Cabeza de Tacho

Vas a un kiosco a comprar golosinas y el señor te devuelve el cambio como corresponde. Pedís el diario en otro kiosco y también hay monedas exactas para tu billete de $5. Compras ropa en cualquier negocio y las matemáticas no fallan cerca de la caja registradora. Incluso en un megahipersuperguachisupermercados, verdaderos "moustros" de estos tiempos se hacen chiquitos a la hora de contar divisas para devolverte, con el cartel que dice que "en caso de diferencia mínima se debe redondear en favor del consumidor - Ley 24.240" como testigo.

¿Por qué corno entonces el taxista cabeza de tacho se cree con derecho a quedarse con 10, 20, 30 o hasta 50 centavos de diferencia al terminar el recorrido, todo porque "no llego con el cambio, pá"? ¿Por qué si le pido que me de la diferencia o que redondee en mi favor, como es su obligación, me pone cara de "sos una rata"? ¿Por qué carajo no tiene monedas si ese es su bendito trabajo? Yo tengo que tener matrícula. Tengo que tener facturas. Tengo que pagar impuestos, aportes a la caja de abogados, etc. etc. etc. y el señor se cree con derecho a - además de no poner guiños, de fumar en el auto, de pasar semáforos en rojo y hacer lo que se le canta el “tuges” - no darme la plata que me corresponde.

Señores, las quejas contra los taxistas son largas, y sobre todo, conocidas. Pero esta, me saca de quicio. Desde aquí, el desahogo de aquello que pienso cada vez que me bajo de un auto amarillo y negro.

Bitácora para Liniers

Perdón, no?, quizás seré muy superficial o un insensible, pero ¿alguien me puede decir que carajo le ven a las huevadas que escribe Liniers?

Todo bien con que Calamaro y K. Johannsen le hayan dado la artística de sus nuevos discos y demás...¿pero porque el éxito de este pibe? ¿Por que ese fetiche con un goma que escribe chistes que no son graciosos y dibuja con el codo? Todo bien con él. No digo que lo cuelguen en Plaza de Mayo. Debe ser un pibe super copado incluso y hasta debe tener mil amigos.

Pero solo quiero entender. Que alguien me explique, por favor, ya que quiero dejar de preguntarmelo cada vez que veo la última página del espectáculos de La Nación.

Lujo


SOY FELIZ.


Quiero decirlo...nada más.




lunes, 26 de noviembre de 2007

Pasos vacíos

Camino solo en la calle, otra noche en mi soledad.
Espero poder encontrarte, y juntos, ignorar lo demás.
Pincho una nube dormida, vacío los lagos y el mar.
Ni rastros de tu figura, ¡Que no sea una noche más!
Descuelgo las estrellas del cielo, que el sol me ayude a buscar,
No consigo hallar tu cintura, y en ella por fin descansar.
Florezco las rosas de Octubre, y en su néctar tus ojos cristal.
A la luna le digo tu nombre, que a tus labios me sepa guiar.
La lluvia confunde mi rostro, con lágrimas de aquella soledad.
Tristeza es ahora mi nombre, la espera, mi voluntad.

Fausto Rudel

viernes, 23 de noviembre de 2007

Ella en la noche

Cierro los ojos y estas vos,
tan simple como bella.
Y siento que es solo eso.
Mi vida se queda en ti.

Cierro los ojos e imagino,
Un ángel entre mis sueños.
Mi alma no tuvo dueños,
Pero se entrega a vos.

A oscuras todo se aclara
No juega más la razón.
El tiempo se hace pequeño,
Si estás en mi corazón.


Fausto Rudel.

Una imagen vale más que mil palabras...



Ya he escrito sobre mi vieja en este blog, con lo cual no voy a decir nada nuevo. Pero ayer encontré esta foto. De vestido de la época esta mi treintañera madre y con el conjuntito del patito quien esto escribe, actualmente con una altura de 1,92 mts y 97 kgs.

Pero más allá de mi metamorfosis, no puedo encontrar una imagen mejor para explicar aquello que ya escribí en este mismo espacio.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Enroque

Jerónimo la miró y no supo que responder. Entendió que no había forma para que Gabriela lo perdonara. Ella gritaba, puteaba, maldecía a su familia y el hecho de haberlo conocido. Agitaba una caja de pavadas y chucherías que él le había regalado en su momento. Él intentaba esbozar alguna explicación o respuesta pero los gritos de ella tapaban cualquier tipo de intento. Se sintió aturdido y atónito.

El estruendo de la puerta lo dejó solo en el pasillo, con la gran caja de recuerdos que ella le había estampado en el pecho, y preguntándose como había hecho ella para descubrir aquello que él le había ocultado. Sentía un sudor frío en la espalda. Por la situación vivida, por la crispación de su ex novia, por la vergüenza de haber sido insultado así.

Había conocido a otra mujer, es cierto. Paula. Pero la amaba y no solo se trataba de una aventura del momento o una noche. De hecho, era actualmente su novia, y nadie lo había hecho sentir tan bien en su vida. No quería sentir culpa de lo mejor que le había pasado en la vida.

Mientras tomaba el colectivo, con la caja de recuerdos en la mano, comenzó a pensar como pudo hacer Gabriela para saber de su nuevo amor. Después de todo, había planeado las cosas como para que su ex novia no se entere jamás que él amaba a otra persona.

Jerónimo había considerado en su momento que lo mejor era dilatar la ruptura de la relación hasta el día siguiente a la fiesta de la empresa donde trabajaban en ese momento. Él ya había conseguido trabajo en otro lugar, y ese alejamiento era la oportunidad ideal para evitar escenas en el trabajo, sufrimiento innecesario y, sobre todo, que Gabriela se entere de su nuevo amor. En definitiva, Jerónimo no quería que Gabriela sufriera. A pesar de no haber funcionado jamás aquella relación, ella siempre había sido buena con él, y en definitiva, tampoco ella tenía la culpa que él se haya enamorado de otra persona. Y él no quería que ella tenga que soportar esa carga.

Pero no resultó. Evidentemente. Ella lo había descubierto y lo había insultado como pocas veces alguien en su vida. Lo que le molestaba era no haber podido explicarle la verdad. No quería que ella se quede con la imagen que él la había traicionado. Por ella y por él también. Después de todo, no por nada había retrasado el inicio de su otra relación. No había querido serle infiel a Gabriela, aunque sea en lo físico, más allá que Jerónimo tenía conciencia del amor que sentía por Paula. Ni siquiera había querido besarla. Menos tocarla o hacerle el amor en la forma que él quería. No hasta hablar con Gabriela.

Dejó la caja apoyada en el piso del colectivo para poder marcar el celular. Llamó a un par de amigos, conocidos, familiares. Quería saber como se había enterado Gabriela. Llamó incluso al novio de una prima de ella, quien la había visto a Jerónimo pasear con Paula por Florida, tomados de la mano. Pero no. No había sido ella. No había tenido forma de avisarle, ya que desde aquellos días la prima de su ex novia estaba trabajando en Brasil. Nadie sabía nada. Tuvo que explicar en pocas palabras lo sucedido a cada uno de los que llamó, lo cual lo hizo sentirse revivir un poco la humillación. Se sintió que debía justificarse ante el resto y eso le molestó.

Llamó a Facundo, compañero de box de su anterior trabajo. Le pidió que se registre en su cuenta del servidor de la empresa. Después de todo, tardaban meses en dar de baja a los empleados que se alejaban. Le dictó la contraseña y ahí lo supo. “No entra, Jero. La cuenta sigue activada pero te cambiaron la clave, gordo”. “Ahí estaban los mails de Paula”, pensó. Ninguno decía nada explícito pero, sobre los últimos días de Jerónimo en esa empresa, los correos hablaban del encuentro de la pareja cuando Jerónimo arregle sus asuntos.

Primero, sintió pena por Gabriela. Mucha pena. Haberse enterado así. Incluso hasta pensó volver a llamarla para explicarle bien las cosas y que no se quede con eso. Pero después comprendió que ella había violado su correo. Sintió bronca, ira y sobre todo lástima. Mucha lástima. Había traspasado los límites de su privacidad. Quizás cegada por la tristeza o el despecho. Pero cegada al fin.

Cesó el sudor frío en su espalda. Si en definitiva ella se hubiese quedado con la explicación que él le había dado para cortar (“somos distintos, no nos veo futuro”, etc.), todos hubiesen vivido felices. En definitiva, ¿a quien no le fracasa una relación? Ahora, por su indiscreción, Gabriela debía seguir viviendo con la errónea idea que su ex novio le había sido infiel. No era la verdad, pero tampoco él sintió ganas de corregirla. Menos iba a sentirse culpable por enamorarse por primera vez de una mujer.

Bajó del colectivo, llegó a la puerta de su casa y sacó las llaves. Ahí se dio cuenta que no tenía la caja de recuerdos en la mano.