- Seguramente tengas algo para decirme
- No se.
- Bueno pero habrás pensado algo de todo esto.
- Si, pero no es lo que queres escuchar.
- Bueno, no importa. Es que quiero escuchar algo al menos.
- Nada de lo que estas esperando te voy a decir en este momento. Solamente que espero que hagamos un borrón y cuenta nueva.
- Ya te dije que eso no es posible. Por lo menos necesito que entiendas.
- Es que no soy culpable de nada y me parece que eso ya no es relevante.
- No se.
- Creo que es importante que te des cuenta que quiero volver a ser como antes.
- Ya nada es como antes. Menos ahora. Esperaba de tu parte una señal y sin duda que las has dado. No en el sentido que yo quería. En el contrario. Ahora no me sirve tu pedido. No es fácil cerrar heridas, y menos cuando se insiste en agrandarla. Si fuera posible cortar aquí en un apretón de mano, lo haría. Lamentablemente tendré que ver tu cara en cada fiesta familiar, domingo y feriado. Créeme. En otras condiciones, el punto final hubiese estado puesto hace rato. Ahora tendré que tragar saliva en cada conversación de la familia y guardarme las ganas de cagarte a trompadas.
- Es tu decisión.
- Esta tomada.
La liberación literaria de un sistema de estructuras, para volcar en palabras dislocadas las inspiraciones que quedan afuera de legales rigideces.
lunes, 30 de junio de 2008
sábado, 21 de junio de 2008
Pamela
Puede ser que esta noche lo pueda decir.
Tantas veces probé escribirlo y recién hoy
Lo intento realmente.
En realidad, solo te quiero decir,
Que voy a estar ahí.
Cuando sea. Cuando lo necesites.
En tus nervios, en tus sueños,
En tus días y tus noches.
Vendrás a buscarme dormida,
necesitando de un salvavidas.
Para darte abrazos de cinco minutos
y hacerte reír hasta dormir.
Si una mañana tuya, tiene mil luces,
pasaré mi vida haciendo feliz la tuya.
Solo te puedo dar lo que soy. Nada más.
También lo que seré. Algún día.
Y darte un abrazo de cinco minutos,
como en aquel aeropuerto.
Y jurarte que es para siempre.
Hoy es para siempre.
Tantas veces probé escribirlo y recién hoy
Lo intento realmente.
En realidad, solo te quiero decir,
Que voy a estar ahí.
Cuando sea. Cuando lo necesites.
En tus nervios, en tus sueños,
En tus días y tus noches.
Vendrás a buscarme dormida,
necesitando de un salvavidas.
Para darte abrazos de cinco minutos
y hacerte reír hasta dormir.
Si una mañana tuya, tiene mil luces,
pasaré mi vida haciendo feliz la tuya.
Solo te puedo dar lo que soy. Nada más.
También lo que seré. Algún día.
Y darte un abrazo de cinco minutos,
como en aquel aeropuerto.
Y jurarte que es para siempre.
Hoy es para siempre.
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Secreto
"Tengo algo para decir. Pero no lo puedo expresar. Es algo que me raspa la garganta y se traba al salir. Es algo que no puedo decir, en realidad. A veces puede ser que brote, pero solo cuando nadie lo escucha. Tiene un silencio propio de lo que no puede ser oído, repetitivamente. Me busca, me acosa, me condena. Las veces que alguien, accidentalmente, lo escuchó solo pudo censurarlo.
Es por eso que hoy en día solo vive en este texto, esperando que lo dejen salir. Comparto con tantos pensamientos propios, aquello que del secreto nos ocupa. Vivo por eso, entonces, ya que al momento de ser publico termino mi existencia.
Es por eso que vivo, tranquilo, en el cadalso".
Fausto Rudel.
Es por eso que hoy en día solo vive en este texto, esperando que lo dejen salir. Comparto con tantos pensamientos propios, aquello que del secreto nos ocupa. Vivo por eso, entonces, ya que al momento de ser publico termino mi existencia.
Es por eso que vivo, tranquilo, en el cadalso".
Fausto Rudel.
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Manteca
Un amigo se va a las Americas.
Se va a probar suerte.
Se va a crecer.
Solo voy a decir que te voy a extrañar.
Cada vez que vaya a comer sushi.
Cada vez que estemos en el circulo central,
De una cancha de futbol.
Y sobre un silla en la mesa,
Y tu camiseta la use un flaco cualquiera.
Voy a pensar que no estas vos,
Y ese lugar no se puede ocupar.
Sencillamente por que sos unico,
Como todos y cada uno de mis amigos.
Y tus rabietas, y tus gustos por la musica.
Aquí te esperaremos,
Riendo, comiendo, jugando…recordando.
Algun dia volveras, por un tiempo,
O para siempre.
Se va a probar suerte.
Se va a crecer.
Solo voy a decir que te voy a extrañar.
Cada vez que vaya a comer sushi.
Cada vez que estemos en el circulo central,
De una cancha de futbol.
Y sobre un silla en la mesa,
Y tu camiseta la use un flaco cualquiera.
Voy a pensar que no estas vos,
Y ese lugar no se puede ocupar.
Sencillamente por que sos unico,
Como todos y cada uno de mis amigos.
Y tus rabietas, y tus gustos por la musica.
Aquí te esperaremos,
Riendo, comiendo, jugando…recordando.
Algun dia volveras, por un tiempo,
O para siempre.
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lunes, 2 de junio de 2008
sábado, 31 de mayo de 2008
El Palmera
“Maldito coche negro”, “Amor de papel”, Cachumba, Jean Carlos y otros. En lo del Ruso (como tantas otras veces) estamos en una previa violenta (hice fajitas regado con buen vino) y suena el cuarteto motivador. No puedo evitar pensar en el Palmera.
Sus ojos cerrados, las rodillas flexionadas en un movimiento de caderas, con la bailarina de turno en una covacha de mala muerte. El fernet en una mano y la Negra en la otra. Transpirando. Moviendo. Ganando.
Hace un año y pico que se volvió a sus pagos de la Docta. Hace un año y pico que me falta algo acá al costado izquierdo del pecho.
Entiendo el motivo: La Nati, la paz, y alejarse del humo de la calle porteña y la locura del gran estudio contable. Pero acá quedamos nosotros, un poco güachos, un poco tristes.
En Noviembre será cuestión de tirarte al cielo y pedir que cada tanto la vida nos deje verte. En Noviembre, estaremos felices por tu casamiento. Y por vos también. Que tanto hoy como desde hace un año y medio te extrañamos, queriendo lo mejor para vos.
Esperemos, también, que esa noche te veamos con los ojos cerrados, las rodillas flexionadas en un movimiento de caderas, fernet en la mano, transpirando, moviendo, ganando.
Sus ojos cerrados, las rodillas flexionadas en un movimiento de caderas, con la bailarina de turno en una covacha de mala muerte. El fernet en una mano y la Negra en la otra. Transpirando. Moviendo. Ganando.
Hace un año y pico que se volvió a sus pagos de la Docta. Hace un año y pico que me falta algo acá al costado izquierdo del pecho.
Entiendo el motivo: La Nati, la paz, y alejarse del humo de la calle porteña y la locura del gran estudio contable. Pero acá quedamos nosotros, un poco güachos, un poco tristes.
En Noviembre será cuestión de tirarte al cielo y pedir que cada tanto la vida nos deje verte. En Noviembre, estaremos felices por tu casamiento. Y por vos también. Que tanto hoy como desde hace un año y medio te extrañamos, queriendo lo mejor para vos.
Esperemos, también, que esa noche te veamos con los ojos cerrados, las rodillas flexionadas en un movimiento de caderas, fernet en la mano, transpirando, moviendo, ganando.
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lunes, 26 de mayo de 2008
Mujeres Milicia
"Ya lo dije muchas veces: junto a las mujeres, la vida es una milicia; una milicia que debiera ser obligatoria para la juventud, pues completa la educación y forma el carácter; por ellas triunfamos de nuestras debilidades y, lo que es mas importante, aprendemos a cuidar el detalle personal, a tender la cama, a preparar el té".
Adolfo Bioy Casares.
“Todas las mujeres son iguales”.
Adolfo Bioy Casares.
“Todas las mujeres son iguales”.
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jueves, 22 de mayo de 2008
Molesto
Jugué con el reflejo del sol en mi reloj sobre tu cara, sabiendo que te molesta. Me divierte fastidiarte cuando estas absorta en tus cosas, sobre todo cuando tengo ganas de ti. Sin embargo, amo verte concentrada en otras cosas. Ambigüedades sobre como uno puede amar extremos.
Acaricié tu cuello con los dedos pulgar e índice, en forma de “L”, hacia arriba y abajo. Vi cerrar tus ojos y perder tu apunte por un instante. Deseé que lo apoyes, definitivamente, sobre la mesa ratona del living. Besé tus mejillas para ver si lo conseguía. Me rendí cuando tus ojos verdes volvieron a abrirse.
Me entretuve con los pelos rubios detrás de tus oídos por un momento. Sentí tu piel de gallina en mis yemas. Vi como tus hombros se tiraban hacia atrás.
Quise empezar un masaje pero te levantaste cuando la pava hizo su ruido de hervor. Volviste con tu té de las cuatro y media. Te acomodaste en el sillón, pero ya sobre el otro extremo. El apunte volvió a llevarse tu atención.
Besé tu frente y salí a caminar. Me fui pensando cuanto te falta para rendir la última materia.
Acaricié tu cuello con los dedos pulgar e índice, en forma de “L”, hacia arriba y abajo. Vi cerrar tus ojos y perder tu apunte por un instante. Deseé que lo apoyes, definitivamente, sobre la mesa ratona del living. Besé tus mejillas para ver si lo conseguía. Me rendí cuando tus ojos verdes volvieron a abrirse.
Me entretuve con los pelos rubios detrás de tus oídos por un momento. Sentí tu piel de gallina en mis yemas. Vi como tus hombros se tiraban hacia atrás.
Quise empezar un masaje pero te levantaste cuando la pava hizo su ruido de hervor. Volviste con tu té de las cuatro y media. Te acomodaste en el sillón, pero ya sobre el otro extremo. El apunte volvió a llevarse tu atención.
Besé tu frente y salí a caminar. Me fui pensando cuanto te falta para rendir la última materia.
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martes, 20 de mayo de 2008
Amor a primera vista (no molestes...)
Fue amor a primera vista. Sin duda. No es la primera vez que me pasa, pero si la primera vez que termina en mi cama. Esa noche fue única. Decidimos dejarnos llevar y a los dos días ya se había traído sus cosas.
Al comienzo, solo fueron celos sobre mis amigos y se mostró algo molesta con ciertas mañas (propias de las mujeres, pensé). Cuando empezó por corregir mis dicciones o a cuestionarme con moralinas seudo-psicológicas no pensé que fuera tan grave. Después de todo, no existe el amor perfecto.
Pero al mes, cuando ya se sentía comoda en la casa, desarrolló su más alto y perfeccionado sentido para hinchar las pelotas. El solo sentir que entraba al departamento, era un golpe en la paciencia.
Hace una semana que cambié la llave y hoy tengo turno con mi analista para ver que hay detrás de mi obsesión por el amor a primera vista.
Al comienzo, solo fueron celos sobre mis amigos y se mostró algo molesta con ciertas mañas (propias de las mujeres, pensé). Cuando empezó por corregir mis dicciones o a cuestionarme con moralinas seudo-psicológicas no pensé que fuera tan grave. Después de todo, no existe el amor perfecto.
Pero al mes, cuando ya se sentía comoda en la casa, desarrolló su más alto y perfeccionado sentido para hinchar las pelotas. El solo sentir que entraba al departamento, era un golpe en la paciencia.
Hace una semana que cambié la llave y hoy tengo turno con mi analista para ver que hay detrás de mi obsesión por el amor a primera vista.
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viernes, 16 de mayo de 2008
Caminata
Se miraron en la esquina. Él bien vestido. Ella mejor. Él disimuló que no estaba interesado – a pesar que todos los tipos que están esperando el semáforo junto a ellos no paraban de mirarle el culo – poniéndose los auriculares del mp3. Ella lo miró y se quedó parada a pesar que el semáforo ya les había dado verde.
Él caminó un par de cuadras, pensando que el disco que había puesto iba realmente bien con la mañana y su estado de ánimo. Sin embargo, puso el volumen muy bajo ya que todavía le duraba un poco el mal humor vespertino. Se olvidó de ella.
Llegó a una avenida y otra vez el semáforo lo detuvo. Miró hacia su izquierda y la vio, quien justo estaba volviendo su cabeza para el frente. Él se detuvo un poco mas a mirarla (dio un paso para atrás para poder hacerlo mejor y no ser tan obvio). Se dio cuenta que ya no estaban acompañados como en el otro semáforo. Se puso a pensar que carajo le podía decir a las 9 de la mañana en una esquina perdida de Buenos Aires.
Como si ese ella pudiese oler ese pensamiento, dejó de mirarlo – histérica - y comenzó a caminar ni bien puesto el semáforo en verde. El se quedó pensando lo que le pudo haber dicho.
A mitad de cuadra, él ya la había alcanzado y sobrepasado. Decidió cruzar a mitad de cuadra. Se había hinchado las pelotas de hacerse mala sangre por algo que no iba a ocurrir.
Llegó a la esquina y dobló a la derecha. Caminó una cuadra más y dobló a la izquierda. La música seguía baja pero él ya pensaba en las dos o tres cosas del laburo que tenía que hacer esa mañana.
Paró en un kiosco a comprar cigarrillos. Cuando terminó de pedirle al kioskero los Camel Box, vio como pasaba ella atrás de él. Cuando se encontraron en la siguiente esquina con semáforo, ella sacó un celular y marcó un número. El bajó el volumen del mp3.
“Hola, Cande. Eli. Si…Bien. Estoy en Rosario. Acabo de salir de la entrevista…Mas o menos… Si. Me dijeron que me llaman…Y, no se. Calculo que en una semana, mas o menos”. Luz verde. Comenzaron a caminar. El mas despacio de lo acostumbrado y ella uno o dos pasos atrás de él.
“Y, ahora? No se… Estoy caminando, yendo para el Río que me dijeron que es muy lindo… ¿Chicos? Y, no se, no pude ver mucho, pero lo que vi hasta ahora me ha gustado bastante – sonrió -…jajaja…Buenos, después te cuento…Ahora no puedo decirte nada. No, nada…Si…Tengo que hacer tiempo hasta las 6 de la tarde… Si. A esa hora…En Chevallier…Y, no se. Serán más o menos tres horas por autopista. Si queres, cuando llegue a casa te llamo y salimos a comer algo…No, no creo que lo llame. No tengo ganas de seguir dándole tiempo…. Okay. Okay… Dale, nena. Te mando un besote”. Colgó.
“Hola Enrique, si, mirá: no voy a poder ir hoy. Me surgió algo y me tengo que quedar a resolverlo – la miró y sonrió -…Calculo que a la seis de la tarde…Bueno, lo vemos el lunes…Si. No se como voy a encararlo todavía pero no te hagas problema….Después te cuento. …No, no se… No me esperes mejor…Chau”.
Colgó, mientras se paraba delante de ella. Sonrieron.
Él caminó un par de cuadras, pensando que el disco que había puesto iba realmente bien con la mañana y su estado de ánimo. Sin embargo, puso el volumen muy bajo ya que todavía le duraba un poco el mal humor vespertino. Se olvidó de ella.
Llegó a una avenida y otra vez el semáforo lo detuvo. Miró hacia su izquierda y la vio, quien justo estaba volviendo su cabeza para el frente. Él se detuvo un poco mas a mirarla (dio un paso para atrás para poder hacerlo mejor y no ser tan obvio). Se dio cuenta que ya no estaban acompañados como en el otro semáforo. Se puso a pensar que carajo le podía decir a las 9 de la mañana en una esquina perdida de Buenos Aires.
Como si ese ella pudiese oler ese pensamiento, dejó de mirarlo – histérica - y comenzó a caminar ni bien puesto el semáforo en verde. El se quedó pensando lo que le pudo haber dicho.
A mitad de cuadra, él ya la había alcanzado y sobrepasado. Decidió cruzar a mitad de cuadra. Se había hinchado las pelotas de hacerse mala sangre por algo que no iba a ocurrir.
Llegó a la esquina y dobló a la derecha. Caminó una cuadra más y dobló a la izquierda. La música seguía baja pero él ya pensaba en las dos o tres cosas del laburo que tenía que hacer esa mañana.
Paró en un kiosco a comprar cigarrillos. Cuando terminó de pedirle al kioskero los Camel Box, vio como pasaba ella atrás de él. Cuando se encontraron en la siguiente esquina con semáforo, ella sacó un celular y marcó un número. El bajó el volumen del mp3.
“Hola, Cande. Eli. Si…Bien. Estoy en Rosario. Acabo de salir de la entrevista…Mas o menos… Si. Me dijeron que me llaman…Y, no se. Calculo que en una semana, mas o menos”. Luz verde. Comenzaron a caminar. El mas despacio de lo acostumbrado y ella uno o dos pasos atrás de él.
“Y, ahora? No se… Estoy caminando, yendo para el Río que me dijeron que es muy lindo… ¿Chicos? Y, no se, no pude ver mucho, pero lo que vi hasta ahora me ha gustado bastante – sonrió -…jajaja…Buenos, después te cuento…Ahora no puedo decirte nada. No, nada…Si…Tengo que hacer tiempo hasta las 6 de la tarde… Si. A esa hora…En Chevallier…Y, no se. Serán más o menos tres horas por autopista. Si queres, cuando llegue a casa te llamo y salimos a comer algo…No, no creo que lo llame. No tengo ganas de seguir dándole tiempo…. Okay. Okay… Dale, nena. Te mando un besote”. Colgó.
“Hola Enrique, si, mirá: no voy a poder ir hoy. Me surgió algo y me tengo que quedar a resolverlo – la miró y sonrió -…Calculo que a la seis de la tarde…Bueno, lo vemos el lunes…Si. No se como voy a encararlo todavía pero no te hagas problema….Después te cuento. …No, no se… No me esperes mejor…Chau”.
Colgó, mientras se paraba delante de ella. Sonrieron.
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lunes, 12 de mayo de 2008
Alemanes del Volga

Los alemanes del Volga (alemán: Wolgadeutsche o Russlanddeutsche) eran alemanes étnicos que vivían en las cercanías del Volga en la región sur europea de Rusia, alrededor de Saratov y al sur, manteniendo el idioma alemán, la cultura alemana, sus tradiciones e iglesias, todas cristianas: católicos, luteranos, protestantes y menonitas.
Comenzaron a emigrar desde Alemania a Russia en el año 1763, especialmente de las zonas de Hesse, el Palatinado y Baviera, aceptando una invitación de la emperatriz Catalina II de Rusia de afincarse en las tierras del bajo Volga. Allí fundaron en 1764 la primera aldea (Dobrinka) a la que llegaron cinco años más tarde un centenar, totalizando cerca de 30.000 habitantes en esa primera colonización. Al lado oeste del Volga se lo llamó Bergseite (lado montañoso) y al lado este Wiesenseite (lado llano). Así, las colonias se identifican como las que son de la Bergseite o de la Wiesenseite.
Las profesiones de los alemanes asentados en el Volga eran muy diversas, ya que varios de ellos eran farmacéuticos, médicos, abogados, ingenieros, profesores, como así también zapateros, herreros, panaderos, demás artesanos y una mayoría de agricultores que buscaban un lugar de paz para vivir, ya que Alemania estaba padeciendo el largo sufrimiento de las guerras napoleónicas. Sin embargo, al llegar a Rusia fueron obligados a confinarse por completo a las actividades del campo, y sólo unos pocos pudieron dedicarse a su profesión o a vivir de lo que habían estudiado tal como lo deseaban, al mismo tiempo que se les impedía la salida del territorio y debieron jurar fidelidad a su majestad imperial. De esta manera, los alemanes entendieron que sólo vivirían para trabajar, y durante varias generaciones los ancianos murieron sin haber conocido el esparcimiento. Confiaron en que si lograban llevar una vida sumamente austera y podían cumplir con todas las privaciones que se imponían, sus hijos podrían gozar de una mejor condición, lo que les permitiría hacer valer sus derechos.
El riguroso abocamiento al trabajo por parte de los alemanes y su intransigente sentido del deber, hicieron que ni ellos ni sus descendientes se permitieran la ociosidad, como tampoco gozar de comodidades que se basaran en acortar las jornadas de trabajo, y durante muchos años se habían prohibido la celebración de fiestas, con excepción de los ritos religiosos que eran cumplidos con suma adhesión por toda la comunidad.
Como consecuencia de eso, al cumplirse el primer siglo de la colonización alemana en el Volga, las espigas de trigo cubrían una superficie mayor a la de la Suiza actual, y los alemanes del Volga se convirtieron en importantes terratenientes. No obstante, nunca delegaron las tareas rurales, y de esta manera las familias que se encontraban en mejor posición económica continuaron trabajando sus campos para poder enviar a sus hijos a estudiar a universidades de Alemania. Una vez graduados, a muchos les era prohibido regresar de nuevo a Rusia para ver a sus padres y tomar contacto con sus seres más directos, por lo que varias familias se desesperanzaron y creyeron que ya nada podían hacer.
La eficiencia que lograron durante todos sus propios gobiernos, la adhesión total al trabajo, y los contratos de radicación y colonización favorecieron el desarrollo de las colonias y ciudades. A los descendientes de los primeros pobladores les aseguraban quedar exentos "eternamente" de la mayoría de las obligaciones que tenían los propios habitantes de Rusia, incluida la de prestar servicio militar. La alta tasa de natalidad, junto con la continua inmigración, multiplicó notablemente la población alemana en el Volga, al punto que entre 1838 y 1880 sólo la cantidad de aldeas alemanas que se encontraban circundantes al río ascendía a 583. Conservaron con extrema rigurosidad el idioma alemán y el cúmulo de tradiciones heredadas de sus familias y maestros, y no se daban casamientos mixtos entre rusos y alemanes. De esta manera, mantuvieron intacto el legado antropológico y cultural de sus ancestros.
No obstante los logros que habían alcanzado, en 1864 las penurias se agudizaron debido a las pérdidas de los privilegios otorgados por Catalina la Grande. Esto provocó que fuertes contingentes de alemanes comenzaran a emigrar hacia América a partir de 1872. Más tarde, con el advenimiento del comunismo soviético, muchos alemanes fueron perseguidos a causa de su fe cristiana y la gran mayoría fue deportada a gulags y otros campos de concentración en Siberia, lo que derivó prácticamente en su exterminio en masa.
Alentados por la experiencia de estos connacionales, los alemanes que pudieron sobrevivir protagonizarían la última oleada emigratoria. Sus destinos fueron Canadá, Estados Unidos, y más tarde América del Sur con Brasil, Uruguay y Argentina.
Para aquellos alemanes que decidieron quedarse en el Volga, llegaron a tener su propia república (la República Autónoma de los Alemanes del Volga de la Unión Soviética), pero fue en 1941 que por decreto de Stalin, les fue borrada del mapa (Ukase del 28 de agosto de 1941). Absolutamente todo el territorio les fue confiscado, y las viviendas fueron ocupadas por comunistas rusos. Los alemanes del Volga nunca más pudieron regresar a la zona, y los pocos sobrevivientes debieron emigrar como desposeídos.
Luego, en septiembre de 1955, durante el gobierno de Nikita Jrushchov, la Unión Soviética firmó un decreto a través del cual se reconoció públicamente que el trato dado a los alemanes del Volga había sido totalmente infundado, garantizando de esta manera amnistía a los sobrevivientes que quedaran en Rusia. A pesar de ser reconocidos como víctimas, fueron obligados a firmar ciertos trámites en donde renunciaban a todos sus derechos de propiedad y de herencia, y de volver al territorio de su antigua república.
Como consecuencia de la vida impuesta en los campos de concentración, la generación de sobrevivientes de alemanes del Volga que quedó en Rusia creció sin familia y sin escuela. Las familias alemanas fueron diezmadas, los niños que podían producir eran rápidamente obligados a desarrollar trabajos forzados, y se les prohibió la educación. En el marco de estas necesidades, los sobrevivientes se vieron obligados a firmar renuncias que vulneraban aun más su dignidad humana en otros aspectos pero ponían fin a la persecución. A diferencia de otros pueblos víctimas de genocidio, los alemanes del Volga nunca fueron indemnizados.
El 29 de agosto de 1964 un segundo decreto admitía abiertamente la culpa del gobierno soviético de la persecución y genocidio de un pueblo inocente. No obstante eso, ninguno de sus derechos les fue restituído hasta la actualidad.
Volviendo a aquellos que inmigraron, y focalizándonos en los que llegaron a Argentina, lo hicieron merced a una ley del entonces Presidente argentino Nicolás Avellaneda. La primera colonia se estableció en Hinojos, cerca de Olavarría, en la Provincia de Buenos Aires el 5 de enero de 1878 y otros lo hicieron en el departamento entrerriano de Diamante, el 24 de enero del mismo año, fundando General Alvear. Más tarde lo fueron haciendo en el resto de las provincias. La población total de descendientes de alemanes del Volga en la Argentina está estimada en algo más de 1.200.000 habitantes.
Hoy encontramos descendientes de alemanes del Volga en los pueblos que se formaron en base a dichas colonias y en ciudades cercanas a estas. La mayor parte de la población de las ciudades de Crespo en la Provincia de Entre Ríos y Coronel Suárez en la Provincia de Buenos Aires está compuesta por descendientes de alemanes del Volga.
Comenzaron a emigrar desde Alemania a Russia en el año 1763, especialmente de las zonas de Hesse, el Palatinado y Baviera, aceptando una invitación de la emperatriz Catalina II de Rusia de afincarse en las tierras del bajo Volga. Allí fundaron en 1764 la primera aldea (Dobrinka) a la que llegaron cinco años más tarde un centenar, totalizando cerca de 30.000 habitantes en esa primera colonización. Al lado oeste del Volga se lo llamó Bergseite (lado montañoso) y al lado este Wiesenseite (lado llano). Así, las colonias se identifican como las que son de la Bergseite o de la Wiesenseite.
Las profesiones de los alemanes asentados en el Volga eran muy diversas, ya que varios de ellos eran farmacéuticos, médicos, abogados, ingenieros, profesores, como así también zapateros, herreros, panaderos, demás artesanos y una mayoría de agricultores que buscaban un lugar de paz para vivir, ya que Alemania estaba padeciendo el largo sufrimiento de las guerras napoleónicas. Sin embargo, al llegar a Rusia fueron obligados a confinarse por completo a las actividades del campo, y sólo unos pocos pudieron dedicarse a su profesión o a vivir de lo que habían estudiado tal como lo deseaban, al mismo tiempo que se les impedía la salida del territorio y debieron jurar fidelidad a su majestad imperial. De esta manera, los alemanes entendieron que sólo vivirían para trabajar, y durante varias generaciones los ancianos murieron sin haber conocido el esparcimiento. Confiaron en que si lograban llevar una vida sumamente austera y podían cumplir con todas las privaciones que se imponían, sus hijos podrían gozar de una mejor condición, lo que les permitiría hacer valer sus derechos.
El riguroso abocamiento al trabajo por parte de los alemanes y su intransigente sentido del deber, hicieron que ni ellos ni sus descendientes se permitieran la ociosidad, como tampoco gozar de comodidades que se basaran en acortar las jornadas de trabajo, y durante muchos años se habían prohibido la celebración de fiestas, con excepción de los ritos religiosos que eran cumplidos con suma adhesión por toda la comunidad.
Como consecuencia de eso, al cumplirse el primer siglo de la colonización alemana en el Volga, las espigas de trigo cubrían una superficie mayor a la de la Suiza actual, y los alemanes del Volga se convirtieron en importantes terratenientes. No obstante, nunca delegaron las tareas rurales, y de esta manera las familias que se encontraban en mejor posición económica continuaron trabajando sus campos para poder enviar a sus hijos a estudiar a universidades de Alemania. Una vez graduados, a muchos les era prohibido regresar de nuevo a Rusia para ver a sus padres y tomar contacto con sus seres más directos, por lo que varias familias se desesperanzaron y creyeron que ya nada podían hacer.
La eficiencia que lograron durante todos sus propios gobiernos, la adhesión total al trabajo, y los contratos de radicación y colonización favorecieron el desarrollo de las colonias y ciudades. A los descendientes de los primeros pobladores les aseguraban quedar exentos "eternamente" de la mayoría de las obligaciones que tenían los propios habitantes de Rusia, incluida la de prestar servicio militar. La alta tasa de natalidad, junto con la continua inmigración, multiplicó notablemente la población alemana en el Volga, al punto que entre 1838 y 1880 sólo la cantidad de aldeas alemanas que se encontraban circundantes al río ascendía a 583. Conservaron con extrema rigurosidad el idioma alemán y el cúmulo de tradiciones heredadas de sus familias y maestros, y no se daban casamientos mixtos entre rusos y alemanes. De esta manera, mantuvieron intacto el legado antropológico y cultural de sus ancestros.
No obstante los logros que habían alcanzado, en 1864 las penurias se agudizaron debido a las pérdidas de los privilegios otorgados por Catalina la Grande. Esto provocó que fuertes contingentes de alemanes comenzaran a emigrar hacia América a partir de 1872. Más tarde, con el advenimiento del comunismo soviético, muchos alemanes fueron perseguidos a causa de su fe cristiana y la gran mayoría fue deportada a gulags y otros campos de concentración en Siberia, lo que derivó prácticamente en su exterminio en masa.
Alentados por la experiencia de estos connacionales, los alemanes que pudieron sobrevivir protagonizarían la última oleada emigratoria. Sus destinos fueron Canadá, Estados Unidos, y más tarde América del Sur con Brasil, Uruguay y Argentina.
Para aquellos alemanes que decidieron quedarse en el Volga, llegaron a tener su propia república (la República Autónoma de los Alemanes del Volga de la Unión Soviética), pero fue en 1941 que por decreto de Stalin, les fue borrada del mapa (Ukase del 28 de agosto de 1941). Absolutamente todo el territorio les fue confiscado, y las viviendas fueron ocupadas por comunistas rusos. Los alemanes del Volga nunca más pudieron regresar a la zona, y los pocos sobrevivientes debieron emigrar como desposeídos.
Luego, en septiembre de 1955, durante el gobierno de Nikita Jrushchov, la Unión Soviética firmó un decreto a través del cual se reconoció públicamente que el trato dado a los alemanes del Volga había sido totalmente infundado, garantizando de esta manera amnistía a los sobrevivientes que quedaran en Rusia. A pesar de ser reconocidos como víctimas, fueron obligados a firmar ciertos trámites en donde renunciaban a todos sus derechos de propiedad y de herencia, y de volver al territorio de su antigua república.
Como consecuencia de la vida impuesta en los campos de concentración, la generación de sobrevivientes de alemanes del Volga que quedó en Rusia creció sin familia y sin escuela. Las familias alemanas fueron diezmadas, los niños que podían producir eran rápidamente obligados a desarrollar trabajos forzados, y se les prohibió la educación. En el marco de estas necesidades, los sobrevivientes se vieron obligados a firmar renuncias que vulneraban aun más su dignidad humana en otros aspectos pero ponían fin a la persecución. A diferencia de otros pueblos víctimas de genocidio, los alemanes del Volga nunca fueron indemnizados.
El 29 de agosto de 1964 un segundo decreto admitía abiertamente la culpa del gobierno soviético de la persecución y genocidio de un pueblo inocente. No obstante eso, ninguno de sus derechos les fue restituído hasta la actualidad.
Volviendo a aquellos que inmigraron, y focalizándonos en los que llegaron a Argentina, lo hicieron merced a una ley del entonces Presidente argentino Nicolás Avellaneda. La primera colonia se estableció en Hinojos, cerca de Olavarría, en la Provincia de Buenos Aires el 5 de enero de 1878 y otros lo hicieron en el departamento entrerriano de Diamante, el 24 de enero del mismo año, fundando General Alvear. Más tarde lo fueron haciendo en el resto de las provincias. La población total de descendientes de alemanes del Volga en la Argentina está estimada en algo más de 1.200.000 habitantes.
Hoy encontramos descendientes de alemanes del Volga en los pueblos que se formaron en base a dichas colonias y en ciudades cercanas a estas. La mayor parte de la población de las ciudades de Crespo en la Provincia de Entre Ríos y Coronel Suárez en la Provincia de Buenos Aires está compuesta por descendientes de alemanes del Volga.
(Fte: Wikipedia.com)
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domingo, 4 de mayo de 2008
Cada domingo (Superclásico)
Hay que tener ganas de complicarse la vida de esta manera, eh? De por si, ya tiene sus bemoles y luchas como para, encima, andar agregándole motivos de preocupación. Es como si uno, de una forma masoquista, disfrute del nervio y la tensión. Estar preocupándose por motivos – unos lo sabe, concientemente – vanos (Este Palacio no le hace un gol ni al arco iris).
Crisis cardíacas, taquicardias, uñas masacradas, caída del cabello, etc., se dan lugar como consecuencia del balompié. ¿Y que necesidad hay? Ninguna (Pero fue full Bassi, fue full...¡¡¡la reputa que te parió!!!).
Esta crispación nerviosa tiene su pico periódicamente en partidos importantes: desenlaces de campeonato, instancias finales de copas y clásicos rivales. Y para un hincha xeneise – como el suscriptor – ¿qué partido más importante que el “Superclásico” frente a River Plate? Ninguno (Ay que dormidito que esta Román hoy, che. ¡Vamos carajo que hay que ganar!)
Allí es cuando este sufrimiento asciende a su cumbre. Uno podría recostarse en la acostumbrada paternidad para sentirse un poco más tranquilo que el rival, pero no. No es así. Uno termina sufriendo como un condenado. Faltando una semana para el match, uno ya empieza a sumar temperatura (Y encima yo me vengo a sentar en este bar lleno de gallinas. ¿Quién carajo me mando?) y llega al partido pretendiendo sentarse tranquilo y relajado a disfrutar del espectáculo, esperando que "sus" muchachos hagan un buen papel. Trantando de convencerse que esto no es la muerte de nadie y que se puede ganar y perder, con iguales posibilidades. Pero no, empieza el partido y ya, con el primer lateral cedido, las piernas se empiezan a mover, la mesa empieza a sentir los golpes de puño y "Gerlo, muerto, ¡¡¡¡sos horrible!!!!!".
Pasan los minutos y uno se putea a uno mismo por ser tan fanático y hacer depender a sus emociones de un juego, eso, simplemente un juego. Y por si fuera poco, ese juego no depende de uno, de su destreza, talento y pericia. Depende de once tipos que ni saben de mi sufrimiento, mis uñas y mis nervios (Ahi "ta", Battaglia...¡¡¡¡goooooooooooooooooollllll!!!!!! Vamos carajo ahora, vamos que los matamos. Termino abrazado con el viejo de la mesa de al lago, con el mozo que largo la bandeja a la mierda. "Ole ole, ole ole ola, que las gallinas no nos ganan nunca mas").
Y es así siempre. Cada domingo...y es una linda forma de complicarse la vida.
Crisis cardíacas, taquicardias, uñas masacradas, caída del cabello, etc., se dan lugar como consecuencia del balompié. ¿Y que necesidad hay? Ninguna (Pero fue full Bassi, fue full...¡¡¡la reputa que te parió!!!).
Esta crispación nerviosa tiene su pico periódicamente en partidos importantes: desenlaces de campeonato, instancias finales de copas y clásicos rivales. Y para un hincha xeneise – como el suscriptor – ¿qué partido más importante que el “Superclásico” frente a River Plate? Ninguno (Ay que dormidito que esta Román hoy, che. ¡Vamos carajo que hay que ganar!)
Allí es cuando este sufrimiento asciende a su cumbre. Uno podría recostarse en la acostumbrada paternidad para sentirse un poco más tranquilo que el rival, pero no. No es así. Uno termina sufriendo como un condenado. Faltando una semana para el match, uno ya empieza a sumar temperatura (Y encima yo me vengo a sentar en este bar lleno de gallinas. ¿Quién carajo me mando?) y llega al partido pretendiendo sentarse tranquilo y relajado a disfrutar del espectáculo, esperando que "sus" muchachos hagan un buen papel. Trantando de convencerse que esto no es la muerte de nadie y que se puede ganar y perder, con iguales posibilidades. Pero no, empieza el partido y ya, con el primer lateral cedido, las piernas se empiezan a mover, la mesa empieza a sentir los golpes de puño y "Gerlo, muerto, ¡¡¡¡sos horrible!!!!!".
Pasan los minutos y uno se putea a uno mismo por ser tan fanático y hacer depender a sus emociones de un juego, eso, simplemente un juego. Y por si fuera poco, ese juego no depende de uno, de su destreza, talento y pericia. Depende de once tipos que ni saben de mi sufrimiento, mis uñas y mis nervios (Ahi "ta", Battaglia...¡¡¡¡goooooooooooooooooollllll!!!!!! Vamos carajo ahora, vamos que los matamos. Termino abrazado con el viejo de la mesa de al lago, con el mozo que largo la bandeja a la mierda. "Ole ole, ole ole ola, que las gallinas no nos ganan nunca mas").
Y es así siempre. Cada domingo...y es una linda forma de complicarse la vida.
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viernes, 2 de mayo de 2008
Almagro melancolía
La pared repleta de estantes hasta el techo – alto, muy alto – no impedía, de cualquier manera, que se puedan ver las paredes celestes, húmedas, descascaradas e imperfectas (¿Cómo estarán las paredes del Almacén de Ramos Generales de Don Enrique en Espartillar, Provincia de Buenos Aires?). Varias botellas viejas, sucias, de ginebra Bolls y otras bebidas daban la imagen perfecta (como las que me regaló el abuelo, no?).
Sobre el mostrador, una caja registradora por lo menos cincuentenaria (también tenía una, mucho mas cuidada). Un par de guitarras criollas y el cantante de voz grave. “Uno”, “Azulejo” y otros se fueron dando a medida que se consumía el vaso de fernet (Siempre con su radio vieja escuchando los tangos que sonaban desde LU2, Radio Bahía Blanca, mientras detrás, la abuela hacía la comida).
Esquina melancolía en Almagro para la parada en la noche que algún bohemio del grupo pensó apropiado.
Algunos personajes acompañaban la pequeña sala: el barman de pelos heavies - la conexión con el presente, supongo-, las parejitas que movían los labios al compás del juglar de turno y las mesas completas de botellas – nuevas y vacías – en un ambiente turbio por el humo del cigarrillo permitido (Supongo que hoy estará cargado de tierra, cubiertos en sus muebles con sábanas blancas y telas de arañas por cada rincón del salón).
Entre copla y copla, el replique de los asistentes era incesante, aunque veíase interrumpido rápidamente en cuanto aquella voz marcaba el comienzo de una nueva melodía.
Fue una sensación instantánea. Casi como tropezarse con uno mismo. Con la infancia perdida y los recuerdos felices. Almagro y su viejo bar, repleto de botellas rancias, me hizo confundir por un momento y esperar que detrás de aquella barra raída aparezca el abuelo Enrique, enfundando en su gamulan enorme, su gorra gris, bigotes gruesos y porte inmenso.
Sobre el mostrador, una caja registradora por lo menos cincuentenaria (también tenía una, mucho mas cuidada). Un par de guitarras criollas y el cantante de voz grave. “Uno”, “Azulejo” y otros se fueron dando a medida que se consumía el vaso de fernet (Siempre con su radio vieja escuchando los tangos que sonaban desde LU2, Radio Bahía Blanca, mientras detrás, la abuela hacía la comida).
Esquina melancolía en Almagro para la parada en la noche que algún bohemio del grupo pensó apropiado.
Algunos personajes acompañaban la pequeña sala: el barman de pelos heavies - la conexión con el presente, supongo-, las parejitas que movían los labios al compás del juglar de turno y las mesas completas de botellas – nuevas y vacías – en un ambiente turbio por el humo del cigarrillo permitido (Supongo que hoy estará cargado de tierra, cubiertos en sus muebles con sábanas blancas y telas de arañas por cada rincón del salón).
Entre copla y copla, el replique de los asistentes era incesante, aunque veíase interrumpido rápidamente en cuanto aquella voz marcaba el comienzo de una nueva melodía.
Fue una sensación instantánea. Casi como tropezarse con uno mismo. Con la infancia perdida y los recuerdos felices. Almagro y su viejo bar, repleto de botellas rancias, me hizo confundir por un momento y esperar que detrás de aquella barra raída aparezca el abuelo Enrique, enfundando en su gamulan enorme, su gorra gris, bigotes gruesos y porte inmenso.
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lunes, 28 de abril de 2008
Sacrificio
El baño era pequeño, oscuro, sucio y mojado. Sus azulejos eran de un azul ocre del cual chorreaba la humedad condensada. La única luz estaba oculta tras el durloc de la deficiente separación de cubículos. El piso, regado de un dudoso líquido, también mostraba el deterioro de una construcción golpeada en su revoque. La música retumbaba las paredes, y el grito de los ocasionales ebrios lo incomodaban en su encierro. El humo propio del cigarro y la noche se mezclaban con el calor de aquel recinto enclaustrado.
Salió. Disimuló un poco su transpiración. Saludo a lo lejos un par de conocidos. Se sintió observado al principio, aunque logró pensar lo contrario una vez mimetizado en la muchedumbre. Buscó a su amigo. Lo encontró un poco más allá de la primera columna. Estaba charlando con un par de pichones - como le gusta decir -, siempre con la cerveza en la mano. Se le paró adelante haciéndolo retroceder unos centímetros. Le acercó la boca al oído y le dijo:
“Haber cagado en ese baño y no haberme ido a casa demuestra, sin lugar a dudas, lo mucho que te quiero. Feliz cumpleaños, Pajero”. El otro se rió primero, y lo abrazó después.
Salió. Disimuló un poco su transpiración. Saludo a lo lejos un par de conocidos. Se sintió observado al principio, aunque logró pensar lo contrario una vez mimetizado en la muchedumbre. Buscó a su amigo. Lo encontró un poco más allá de la primera columna. Estaba charlando con un par de pichones - como le gusta decir -, siempre con la cerveza en la mano. Se le paró adelante haciéndolo retroceder unos centímetros. Le acercó la boca al oído y le dijo:
“Haber cagado en ese baño y no haberme ido a casa demuestra, sin lugar a dudas, lo mucho que te quiero. Feliz cumpleaños, Pajero”. El otro se rió primero, y lo abrazó después.
viernes, 18 de abril de 2008
Monada

(Foto de los integrantes de la barra brava de River prohibidos de acceso al Monumental).
Deberíamos rever ese concepto que dice que los hinchas riverplatenses son todos rubiecitos y los xeneises morenitos, no?
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jueves, 17 de abril de 2008
El fútbol es un resultado
A raíz de las muchas opiniones vertidas últimamente respecto del desempeño del Club Atlético River Plate desde la asunción a la dirección técnica del Sr. Simeone, he de decir – a pesar de mi conocido fanatismo por el conjunto xeneise – que no puedo dejar de resaltar su andanada triunfadora.
Puede optar por criticar a quienes del mismo cuadro riverplatense ahora resaltan la punta del campeonato cuando se hacen llamar a si mismos defensores del fútbol vistoso o paladar negro. No sería la primera vez que critique la hipocresía, en cualquiera de sus formas.
Prefiero defender lo hecho hasta aquí por el otrora aguerrido mediocampista de la selección nacional toda vez que comparto con su dirección técnica la idea principal – a mi modo de ver – detrás del querido deporte del balompié: el fútbol es un resultado.
“¡No!” exclamaran muchos defensores de las letras y el idilio futbolístico, quienes comenzaran a esgrimir por su locuaz y verborrágico estilo las palabras aprendidas de sus maestros falsarios. Evocaran a Holanda del 74, parafrasearan al flaco Menotti, e intentaran citar a Cappa, Córdoba o tantos otros.
Simplemente a ellos podré decirles que desde el fondo de mi corazón desearía que las cosas fueran como ellos dicen. Un mundo maravilloso donde la belleza es mejor que la eficacia y lo hermoso es el ideal a seguir. Pero no. Y creo que ni para ellos eso es posible. Y verán porque…
No se como vive todo el mundo la pasión del fútbol, pero me arriesgo a decir que aquel que lo vive con el interés propio de la actividad, experimenta los partidos con la emoción conveniente al que arriesga algo. Así como no se le puede pedir una sonrisa a al salir el nueve a quien apostó al doble cero en la ruleta, no puede pretenderse de quien alienta a su equipo que piense líricamente en la belleza del juego antes que en la consecución de los objetivos de su conjunto.
Durante los noventa minutos, el hincha vive el partido con sufrimiento. No dispone de uñas prolijas en virtud de la compulsión nerviosa. Tiene inconvenientes con su vecino porque no puede evitar gritar un gol sobre la hora, jugándose el partido en horario de siesta dominical. Termina abrazado a cualquier desconocido de dudosa suerte en la tribuna eufórica de gol. Hay muchos ejemplos.
Por todo esto, el fútbol es un resultado. Se debe ganar. Si o si. Esa necesidad se debe como correlato a lo sufrido y pendiente del hincha tras el alambre. Como justificativo para su inversión pasional. Como aliciente a las pérdidas físicas experimentadas a lo largo de la hora y media de emoción futbolera. Como retribución si se quiere.
Obviamente que jugando lindo hay mas oportunidades en la conquista, pero eso no siempre es así. El mencionado Menotti se ha cansado de fracasar en los últimos treinta años al no revisar su programa de objetivos.
No se pretende justificar a ciertas prácticas antideportivas como se ha visto en alguna ocasión detrás de un alfiler de gancho o un bidón de laxante, pero si se quiere resaltar como con la filosofía vista se puede hacer feliz a mucha gente. Y eso es lo que vale.
Lo ha hecho el Sr. Bianchi conmigo. Lo hace el Sr. Simeone para otros.
Puede optar por criticar a quienes del mismo cuadro riverplatense ahora resaltan la punta del campeonato cuando se hacen llamar a si mismos defensores del fútbol vistoso o paladar negro. No sería la primera vez que critique la hipocresía, en cualquiera de sus formas.
Prefiero defender lo hecho hasta aquí por el otrora aguerrido mediocampista de la selección nacional toda vez que comparto con su dirección técnica la idea principal – a mi modo de ver – detrás del querido deporte del balompié: el fútbol es un resultado.
“¡No!” exclamaran muchos defensores de las letras y el idilio futbolístico, quienes comenzaran a esgrimir por su locuaz y verborrágico estilo las palabras aprendidas de sus maestros falsarios. Evocaran a Holanda del 74, parafrasearan al flaco Menotti, e intentaran citar a Cappa, Córdoba o tantos otros.
Simplemente a ellos podré decirles que desde el fondo de mi corazón desearía que las cosas fueran como ellos dicen. Un mundo maravilloso donde la belleza es mejor que la eficacia y lo hermoso es el ideal a seguir. Pero no. Y creo que ni para ellos eso es posible. Y verán porque…
No se como vive todo el mundo la pasión del fútbol, pero me arriesgo a decir que aquel que lo vive con el interés propio de la actividad, experimenta los partidos con la emoción conveniente al que arriesga algo. Así como no se le puede pedir una sonrisa a al salir el nueve a quien apostó al doble cero en la ruleta, no puede pretenderse de quien alienta a su equipo que piense líricamente en la belleza del juego antes que en la consecución de los objetivos de su conjunto.
Durante los noventa minutos, el hincha vive el partido con sufrimiento. No dispone de uñas prolijas en virtud de la compulsión nerviosa. Tiene inconvenientes con su vecino porque no puede evitar gritar un gol sobre la hora, jugándose el partido en horario de siesta dominical. Termina abrazado a cualquier desconocido de dudosa suerte en la tribuna eufórica de gol. Hay muchos ejemplos.
Por todo esto, el fútbol es un resultado. Se debe ganar. Si o si. Esa necesidad se debe como correlato a lo sufrido y pendiente del hincha tras el alambre. Como justificativo para su inversión pasional. Como aliciente a las pérdidas físicas experimentadas a lo largo de la hora y media de emoción futbolera. Como retribución si se quiere.
Obviamente que jugando lindo hay mas oportunidades en la conquista, pero eso no siempre es así. El mencionado Menotti se ha cansado de fracasar en los últimos treinta años al no revisar su programa de objetivos.
No se pretende justificar a ciertas prácticas antideportivas como se ha visto en alguna ocasión detrás de un alfiler de gancho o un bidón de laxante, pero si se quiere resaltar como con la filosofía vista se puede hacer feliz a mucha gente. Y eso es lo que vale.
Lo ha hecho el Sr. Bianchi conmigo. Lo hace el Sr. Simeone para otros.
Anestesiado
Según apareció publicado en Infobae digital, un vecino de la localidad rusa de Vólogda ingresó en el hospital de dicha ciudad con un cuchillo de cocina clavado en la espalda. El instrumento tenía aproximadamente 15 centímetros de longitud, habiendo transpasado tejidos blandos, rozando incluso levemente la pared pulmonar.
Al parecer, el responsable del hecho fue un vigilante de seguridad y compañero de trabajo de la víctima quien le había clavado el cuchillo. El herido contó que habían pasado la tarde bebiendo en la garita de vigilancia y en algún momento llegaron "a las manos".
Lo curioso del hecho fue que, al día siguiente y amanecido con resaca, la víctima volvió a su hogar y se acostó a dormir la siesta, reparando su mujer varias horas después que un objeto extraño sobresalía de la espalda de su marido.
El hombre en cuestión, Yuri Lialin, manifestó que había sentido algo incomodo al acostarse, pero que no había reparado que era un cuchillo.
A partir de esto, no creo que ninguna historia de borrachos pueda sorprenderme.
Al parecer, el responsable del hecho fue un vigilante de seguridad y compañero de trabajo de la víctima quien le había clavado el cuchillo. El herido contó que habían pasado la tarde bebiendo en la garita de vigilancia y en algún momento llegaron "a las manos".
Lo curioso del hecho fue que, al día siguiente y amanecido con resaca, la víctima volvió a su hogar y se acostó a dormir la siesta, reparando su mujer varias horas después que un objeto extraño sobresalía de la espalda de su marido.
El hombre en cuestión, Yuri Lialin, manifestó que había sentido algo incomodo al acostarse, pero que no había reparado que era un cuchillo.
A partir de esto, no creo que ninguna historia de borrachos pueda sorprenderme.
jueves, 10 de abril de 2008
El Alamo: adiós a un mito
Van a tirar abajo un pedazo de mi adolescencia. De la de mis hermanos. De los padres de mis amigos. De sus tíos. De gente grande y más reciente también.
“El Alamo” cierra sus puertas para nunca mas darle la bienvenida en temporada estival a una nueva generación de precoces jaraneros.
Atrás quedarán aquellas noches de licencia en el boliche de la playa. Salir de su oscuridad y chocarse con el sol de frente, sobre el cielo azul y el mar celeste. Atrás quedará el recuerdo del rebusque en la arena fría junto a la compañera de turno.
Atrás quedaran sus rincones oscuros. Su barra repleta. Sus baños húmedos y los reservados duros. Atrás queda su techo de paja y su pista guerrera. La boca baldeada con cerveza de botella. Amigos, historias, memorias. Todas se caen con sus paredes de cemento.
Atrás quedo yo, abrazándome al recuerdo de aquellos años y sus buenos momentos.
“El Alamo” cierra sus puertas para nunca mas darle la bienvenida en temporada estival a una nueva generación de precoces jaraneros.
Atrás quedarán aquellas noches de licencia en el boliche de la playa. Salir de su oscuridad y chocarse con el sol de frente, sobre el cielo azul y el mar celeste. Atrás quedará el recuerdo del rebusque en la arena fría junto a la compañera de turno.
Atrás quedaran sus rincones oscuros. Su barra repleta. Sus baños húmedos y los reservados duros. Atrás queda su techo de paja y su pista guerrera. La boca baldeada con cerveza de botella. Amigos, historias, memorias. Todas se caen con sus paredes de cemento.
Atrás quedo yo, abrazándome al recuerdo de aquellos años y sus buenos momentos.
jueves, 3 de abril de 2008
El Ruso: mujeres desnudas por él
Las chicas lo miran a él. Siempre lo miran a él. El grupo es grande y con variedad, pero ellas insisten con él.
Rubio, estatura normal, ojos claros, cara angulosa y barba de un par de días. Todo dicho para ellas. Cada vez que alguien un paneo por la pista, alguna lo esta mirando. Y él hace como que no le importa (está acostumbrado).
Pero al resto si. La banda se pone loca, y hasta alguno hace un chiste con tajearle la cara. Tienen que salir con pico y pala a la periferia para rescatar un empate sobre la hora.
Él ahora baila con la rubiecita del grupo. Gran cuello, hermosa espalda y mejor final. La da vuelta, la hace girar. Ella se marea un poco pero se ríe. Y él controla la situación. Alguno del grupo quiere sacar a bailar a alguna amiga de la blonda pero no…están las cuatro, contra la barra, mirando a la pareja como baila. En realidad lo miran a él. Y en las caras se le puede leer un “¿no es divino?”. Están contentas por su amiga, pero también deseosas que la largue de una vez y saque a alguna de ellas.
Se escucha de fondo: “¡Ruso, la puta que te parió! ¡Vamos a trajearle la cara al hijo de putas este!”. Alguno se ríe. Otros no.
El Ruso se aburre de la rubia, la suelta y va para la barra a buscar una cerveza. Cinco minutos de sana competencia en la pista. Codazos, empujones, tiros, puteadas. Sudor. Vuelve el Ruso…vuelve la guerra de trincheras en la periferia, piensan todos, buscando las sobras del Ruso.
Él se acerca de nuevo al grupo de chicas. La Rubita deja su vaso en la barra como para poder agarrar la mano que seguramente él le iba a tender. Las otras pusieron cara de “que suerte…”. Pero no…se acerca a la más alta. La mas linda del grupo (si, mas que la rubia), quien le dice que si sin dudarlo, sin darse cuenta que la blonda la miraba con cara de sorpresa.
Momento de cumbias y reggeatones…el Ruso usa las tácticas de siempre, hasta que consigue que sea ella quien lo abrace desde atrás. Todo dicho. De eso al beso quedan escasos segundos.
Ahora si la banda, viendo que la esperanza de ellas se esfumó, gana terreno de juego y empieza a sacar al resto del grupo, menos a la rubia que sigue mirando con odio a su amiga. Algunos ganan. Otros no. Se escucha por ahí un “¡¡¡Buena, Ruso!!!” de alguno.
Mientras se escapa la noche por la salida de emergencia, ellas avisan que se van. Todas juntas obviamente. La Banda se reúne en la barra y esperan que el Ruso vuelva a abrir caminos en la pista.
Rubio, estatura normal, ojos claros, cara angulosa y barba de un par de días. Todo dicho para ellas. Cada vez que alguien un paneo por la pista, alguna lo esta mirando. Y él hace como que no le importa (está acostumbrado).
Pero al resto si. La banda se pone loca, y hasta alguno hace un chiste con tajearle la cara. Tienen que salir con pico y pala a la periferia para rescatar un empate sobre la hora.
Él ahora baila con la rubiecita del grupo. Gran cuello, hermosa espalda y mejor final. La da vuelta, la hace girar. Ella se marea un poco pero se ríe. Y él controla la situación. Alguno del grupo quiere sacar a bailar a alguna amiga de la blonda pero no…están las cuatro, contra la barra, mirando a la pareja como baila. En realidad lo miran a él. Y en las caras se le puede leer un “¿no es divino?”. Están contentas por su amiga, pero también deseosas que la largue de una vez y saque a alguna de ellas.
Se escucha de fondo: “¡Ruso, la puta que te parió! ¡Vamos a trajearle la cara al hijo de putas este!”. Alguno se ríe. Otros no.
El Ruso se aburre de la rubia, la suelta y va para la barra a buscar una cerveza. Cinco minutos de sana competencia en la pista. Codazos, empujones, tiros, puteadas. Sudor. Vuelve el Ruso…vuelve la guerra de trincheras en la periferia, piensan todos, buscando las sobras del Ruso.
Él se acerca de nuevo al grupo de chicas. La Rubita deja su vaso en la barra como para poder agarrar la mano que seguramente él le iba a tender. Las otras pusieron cara de “que suerte…”. Pero no…se acerca a la más alta. La mas linda del grupo (si, mas que la rubia), quien le dice que si sin dudarlo, sin darse cuenta que la blonda la miraba con cara de sorpresa.
Momento de cumbias y reggeatones…el Ruso usa las tácticas de siempre, hasta que consigue que sea ella quien lo abrace desde atrás. Todo dicho. De eso al beso quedan escasos segundos.
Ahora si la banda, viendo que la esperanza de ellas se esfumó, gana terreno de juego y empieza a sacar al resto del grupo, menos a la rubia que sigue mirando con odio a su amiga. Algunos ganan. Otros no. Se escucha por ahí un “¡¡¡Buena, Ruso!!!” de alguno.
Mientras se escapa la noche por la salida de emergencia, ellas avisan que se van. Todas juntas obviamente. La Banda se reúne en la barra y esperan que el Ruso vuelva a abrir caminos en la pista.
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lunes, 31 de marzo de 2008
Cripta
Vas y miras. Volves y otra vez. Tenes tiempo de pensar. En nada. Y lo haces.
Miras por la ventana y llueve. De arriba a abajo y adentro tuyo también.
Queres volver atras y, lógico, no podes. Tenes algo en la mano que no lo podes jugar.
Parece que el tiempo es para siempre y se va a acabar. Solo vos y tu tiempo para pensar.
A partir de ahí no hay vuelta atras. Ya lo dijiste. Pero puede ser que ande. No sabes.
Esperas algun recreo pero no va a haber. Lo sabes. Queres salir a jugar. Y volver. Sin recordar.
La llegada esta ahí, pero todos siguen corriendo. Salvo vos. Y no queres ser el primero. No otra vez. No esta vez.
Miras por la ventana y llueve. De arriba a abajo y adentro tuyo también.
Queres volver atras y, lógico, no podes. Tenes algo en la mano que no lo podes jugar.
Parece que el tiempo es para siempre y se va a acabar. Solo vos y tu tiempo para pensar.
A partir de ahí no hay vuelta atras. Ya lo dijiste. Pero puede ser que ande. No sabes.
Esperas algun recreo pero no va a haber. Lo sabes. Queres salir a jugar. Y volver. Sin recordar.
La llegada esta ahí, pero todos siguen corriendo. Salvo vos. Y no queres ser el primero. No otra vez. No esta vez.
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domingo, 30 de marzo de 2008
Testigo
Zulma (tenía toda la cara) tomó el pocillo de café y me miró. Lo hizo inquisitivamente. De vuelta el pocillo. De nuevo yo. “Son treinta mangos a la basura”, pensé. “Sos una persona muy indecisa; te cuesta tomar decisiones”, me dijo con su cocoliche árabe – español. “¿Entiendes?”, remató – no era una pregunta tanto como una imposición - como lo haría a lo largo de varios pasajes de nuestra conversación de diez minutos. “Eres una persona emocionalmente inestable a la que le cuesta decidirse, ¿no es así?”, esta vez si me preguntó. “No, la verdad es que no, todo lo contrario”, contradije. “No suelo tomarme mucho tiempo para para tomar mis decisiones, las cuales no tardo en poner en práctica a la brevedad, bien o mal”. Uno abajo Zulma.
“Has tenido una experiencia muy fuerte – retomó - con un familiar en una casa de montaña y ese es tu sueño. Y lo conseguirás. Tendrás una casa parecida”. Volví a contradecirla. Dos a cero desde el vestuario para la vidente.
Después de ese arranque, no se puede esperar mucho más de una persona que te lee la borra del café en un restaurante de comida árabe. Aceptamos con mi vieja la propuesta tal lo indicaba la carta, un poco tentados por una curiosidad alimentada por un ambiente oriental.
En resumidas cuentas, aparentemente, y de acuerdo al capricho de algunas figuras aparecidas en el fondo de una tacita con “café oriental”, mi vida se verá modificada en los próximos meses de la siguiente forma:
(i) Comenzaré a viajar con frecuencia hacia el sur (primero era el exterior, después una zona con mucho agua, hasta que le dije era de la costa de Chubut), a raíz de una propuesta de trabajo – la que estoy esperando según dijo – originada por gente joven.
(ii) Ese amigo por el cual siento dolor, sabe de su error y esta pensando en disculparse a través de un tercero. Allí, según Zulma, no debo anteponer mi acostumbrado orgullo.
(iii) Tengo dudas – nuevo error - ante mi inminente proyecto afectivo. De acuerdo al concejo de la adivina, debo confiar en ella, quien es una buena chica, aunque conviene educarla en mis intereses.
(iv) Alguna vieja conocida se acercará a saber como estoy, “sin propósitos de lucro o afines”.
Sinceramente, no me convenció demasiado el rictus vidente. Sin embargo, “Las brujas no existen, pero que las hay, las hay” dice el dicho y, sin ir mas lejos, otra bruja – galesa esta – me leyó en varias ocasiones las hebras del te – si, si, las hebras del te, aunque cueste creer – y no erró mucho en adivinar diversos fenómenos de mi vida: mi veloz carrera universitaria, mi actual novia, varias de mis experiencias laborales, etc.
Quedan aquí, por tanto, estas líneas de testigo, veedoras de una realidad que, por un rato, descansó en el fondo de una sucia tasa de café. Veremos…
“Has tenido una experiencia muy fuerte – retomó - con un familiar en una casa de montaña y ese es tu sueño. Y lo conseguirás. Tendrás una casa parecida”. Volví a contradecirla. Dos a cero desde el vestuario para la vidente.
Después de ese arranque, no se puede esperar mucho más de una persona que te lee la borra del café en un restaurante de comida árabe. Aceptamos con mi vieja la propuesta tal lo indicaba la carta, un poco tentados por una curiosidad alimentada por un ambiente oriental.
En resumidas cuentas, aparentemente, y de acuerdo al capricho de algunas figuras aparecidas en el fondo de una tacita con “café oriental”, mi vida se verá modificada en los próximos meses de la siguiente forma:
(i) Comenzaré a viajar con frecuencia hacia el sur (primero era el exterior, después una zona con mucho agua, hasta que le dije era de la costa de Chubut), a raíz de una propuesta de trabajo – la que estoy esperando según dijo – originada por gente joven.
(ii) Ese amigo por el cual siento dolor, sabe de su error y esta pensando en disculparse a través de un tercero. Allí, según Zulma, no debo anteponer mi acostumbrado orgullo.
(iii) Tengo dudas – nuevo error - ante mi inminente proyecto afectivo. De acuerdo al concejo de la adivina, debo confiar en ella, quien es una buena chica, aunque conviene educarla en mis intereses.
(iv) Alguna vieja conocida se acercará a saber como estoy, “sin propósitos de lucro o afines”.
Sinceramente, no me convenció demasiado el rictus vidente. Sin embargo, “Las brujas no existen, pero que las hay, las hay” dice el dicho y, sin ir mas lejos, otra bruja – galesa esta – me leyó en varias ocasiones las hebras del te – si, si, las hebras del te, aunque cueste creer – y no erró mucho en adivinar diversos fenómenos de mi vida: mi veloz carrera universitaria, mi actual novia, varias de mis experiencias laborales, etc.
Quedan aquí, por tanto, estas líneas de testigo, veedoras de una realidad que, por un rato, descansó en el fondo de una sucia tasa de café. Veremos…
jueves, 20 de marzo de 2008
Los mismos errores
La puerta del ascensor se cerró con violencia y The Offspring sonaba bastante fuerte en sus auriculares. Pensó que debía irse de esa habitación para poder calmar sus nervios en la calle, solo, acompañado por su música. “Así es, amiga mía: las cosas son en ambos sentidos y sino no son para ningún lado”. Caminó hasta un cyber y empezó a buscar pasajes para Resistencia. Sabía que era una conducta extrema pero por lo menos quería tener los datos en las gateras.
Volvió al departamento y la encontró con la misma actitud desafiante. “Tendría que haber confirmado los pasajes”, pensó. Volvieron a discutir, ahora con más violencia. Se acordó de la misma escena hace cuatro años cuando pelearon después de haber visto “Alguien tiene que ceder” en el cine. No podía creer la obstinación de ella y la violencia de él. Nadie podía llevarlo hasta semejante punto de ira como ella. Lo mismo sucedía del otro rincón del cuadrilátero.
Se saltearon el almuerzo. La hermana tuvo que hacerse unos sándwiches de Criollitas y queso, ya que no tenía mano para la cocina. Ellos, permanecieron en el living, a veces discutiendo, otras en silencio. Parecía que pasaban horas entre diálogo y diálogo, pero solo eran minutos cargados de tensión.
Se hizo la noche – la hermana volvió a comer lo mismo – y él decidió irse solo a tomar una cerveza. No volvió a dormir. Regresó al mediodía del otro día. Tocó timbre y nadie lo atendió. Fue a la Terminal y tomó el primer colectivo que salía para el Chaco. Llegó a su departamento, tiró todas las flores secas y adornos que había colocado ella y colgó unos carteles viejos de publicidades de cerveza. Ella nunca más lo llamó. Él tampoco. Las cosas ya no iban para ningún lado.
(NdA: inspirado en la letra del tema "Denial, Revisited", The Offspring)
Volvió al departamento y la encontró con la misma actitud desafiante. “Tendría que haber confirmado los pasajes”, pensó. Volvieron a discutir, ahora con más violencia. Se acordó de la misma escena hace cuatro años cuando pelearon después de haber visto “Alguien tiene que ceder” en el cine. No podía creer la obstinación de ella y la violencia de él. Nadie podía llevarlo hasta semejante punto de ira como ella. Lo mismo sucedía del otro rincón del cuadrilátero.
Se saltearon el almuerzo. La hermana tuvo que hacerse unos sándwiches de Criollitas y queso, ya que no tenía mano para la cocina. Ellos, permanecieron en el living, a veces discutiendo, otras en silencio. Parecía que pasaban horas entre diálogo y diálogo, pero solo eran minutos cargados de tensión.
Se hizo la noche – la hermana volvió a comer lo mismo – y él decidió irse solo a tomar una cerveza. No volvió a dormir. Regresó al mediodía del otro día. Tocó timbre y nadie lo atendió. Fue a la Terminal y tomó el primer colectivo que salía para el Chaco. Llegó a su departamento, tiró todas las flores secas y adornos que había colocado ella y colgó unos carteles viejos de publicidades de cerveza. Ella nunca más lo llamó. Él tampoco. Las cosas ya no iban para ningún lado.
(NdA: inspirado en la letra del tema "Denial, Revisited", The Offspring)
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lunes, 17 de marzo de 2008
Lunes de un hombre gris
El hombre del trajecito gris encara la mañana. Corbata azul con pintas blancas. Las ojeras y su rostro pálido le hacen juego. Zapatos sin lustrar, algo gastados y el maletín que le regalaron en una conferencia de seguros marítimos. El lunes siempre lo trata mal, y hoy no es la excepción. El primer día de la semana laboral tiene mezcla de bronca y agotamiento (como los domingos de tristeza y decaimiento), con algo de resignación.
“Por lo menos no esta lloviendo”, se reconforta, mientras intenta que el 17 no le golpee la nuca con el espejo retrovisor. No comprende como, a las 8.50 de la mañana, ya haya olor a Falafel en el puesto de Maipu y Lavalle. Reconoce algunos pungas y los esquiva. Choca con dos o tres personas sin darse cuenta, ni al hacerlo ni después. La peatonal ahora tiene la imagen urbana del despertar violento. Todos corren, con caras pálidas y ojeras tristes. Todos miran para abajo. Nadie sonríe. Tampoco se miran.
El lunes tiene algo de violento y agotador, vuelve a pensar. Tiene ganas de volverse a su casa. No hay fin de semana que lo encuentre renovado. El hombre del trajecito gris termina programando planes que lo agotan más. Pero, piensa, que eso es lo único que lo hace sentir que todavía esta vivo y separado de su atuendo de lunes y su interminable monotonía.
Camina dos cuadras más, llega a 9 de Julio y Buenos Aires ya ruge al ritmo de la furia vehicular. Cruza Cerrito. Saluda al portero. Tercer piso ascensor. Gruñe – saluda al entrar. Se sienta frente al monitor y abre la página de La Nación, como siempre, pensando en lo que falta para el fin de semana.
“Por lo menos no esta lloviendo”, se reconforta, mientras intenta que el 17 no le golpee la nuca con el espejo retrovisor. No comprende como, a las 8.50 de la mañana, ya haya olor a Falafel en el puesto de Maipu y Lavalle. Reconoce algunos pungas y los esquiva. Choca con dos o tres personas sin darse cuenta, ni al hacerlo ni después. La peatonal ahora tiene la imagen urbana del despertar violento. Todos corren, con caras pálidas y ojeras tristes. Todos miran para abajo. Nadie sonríe. Tampoco se miran.
El lunes tiene algo de violento y agotador, vuelve a pensar. Tiene ganas de volverse a su casa. No hay fin de semana que lo encuentre renovado. El hombre del trajecito gris termina programando planes que lo agotan más. Pero, piensa, que eso es lo único que lo hace sentir que todavía esta vivo y separado de su atuendo de lunes y su interminable monotonía.
Camina dos cuadras más, llega a 9 de Julio y Buenos Aires ya ruge al ritmo de la furia vehicular. Cruza Cerrito. Saluda al portero. Tercer piso ascensor. Gruñe – saluda al entrar. Se sienta frente al monitor y abre la página de La Nación, como siempre, pensando en lo que falta para el fin de semana.
domingo, 16 de marzo de 2008
El Salto
El año pasado gané una pelota de fútbol en un casamiento. La novia había arrojado el ramo, de espaldas a sus amigas, para que alguna de esas chicas solteras tenga la esperanza de imitarla algún día. Luego, el novio, para darle un toque original al momento, hizo lo propio con un balón de "fobal". Nike. Blanco. Brillante. Con la famosa pipeta en negro. Hermoso. En aquella oportunidad, tuve un momento de gran lucidez para mi condición en esos momentos. "Mido 1,92 mts", pensé. "no hay chance que no sea mío". Los jóvenes asistentes al evento, se agruparon como monos, a unos tres o cuatro metros de la espalda del novio. Se empujaban, sudados, apretados. Sonrientes pero codiciosos. Parecía que la única forma de ganar el esférico balón era meterse en el medio, dar algunos codazos, poner el culo duro y tratar de saltar mas que los demás.
Contrariamente al ideal para vencer, me alejé un poco de la manada hormonal. En verdad, no parecía tener mayores chances, parado un poco al costado, ligeramente adelantado de todos ellos y con las manos en el bolsillo. Incluso creo haber puesto cara de superación del tipo "no vale la pena el esfuerzo". Alguna sonrisa de costado, como para "acompañar" el momento.
Marianito miró para atrás, preguntó si estaban listos y comenzó a arrojar el balón...
Las manos salieron de ms bolsillos. Un paso (con la derecha), otro paso (con la izquierda), salto vertical con la mano extendida en alto. Basquétbolisticamente, calculo que la imagen pudo haberse comparado con un alley-up ...
Cuando caí al piso, asegurando la pelota con ambas manos, miré a los atónitos festejantes. Asombro. Bronca. Alguna puteada. Me di vuelta, sonriente, y me fui hasta mi mesa, escuchando alguno que pedía que se anule mi recepción y se repitiera el juego.
Cuando vino Marianito a comentarme del enojo de sus amigos, me reí un poco aunque comprendí que mi maniobra no había sido del todo justa para con ellos: nunca les di la chance de competir. "Mala leche", me justifique ante ellos. "Calculo que no volveré a hacerlo de nuevo", traté de mediar.
Ayer se casó el Poli. La novia tiró el ramo, como siempre, y él trató de ser original como Marianito. Nada mas que esta vez era un Johnny Walker, etiqueta roja (la caja vacía obvio)...
Calculo que cuando empiece el frío de otoño, lo sacaré de su preciosa envoltura para convidarle unos hielos, tanto al gran Juancito Caminador, como a esa idea de haber estado otra vez un segundo adelante de toda la monada transpirada.
Contrariamente al ideal para vencer, me alejé un poco de la manada hormonal. En verdad, no parecía tener mayores chances, parado un poco al costado, ligeramente adelantado de todos ellos y con las manos en el bolsillo. Incluso creo haber puesto cara de superación del tipo "no vale la pena el esfuerzo". Alguna sonrisa de costado, como para "acompañar" el momento.
Marianito miró para atrás, preguntó si estaban listos y comenzó a arrojar el balón...
Las manos salieron de ms bolsillos. Un paso (con la derecha), otro paso (con la izquierda), salto vertical con la mano extendida en alto. Basquétbolisticamente, calculo que la imagen pudo haberse comparado con un alley-up ...
Cuando caí al piso, asegurando la pelota con ambas manos, miré a los atónitos festejantes. Asombro. Bronca. Alguna puteada. Me di vuelta, sonriente, y me fui hasta mi mesa, escuchando alguno que pedía que se anule mi recepción y se repitiera el juego.
Cuando vino Marianito a comentarme del enojo de sus amigos, me reí un poco aunque comprendí que mi maniobra no había sido del todo justa para con ellos: nunca les di la chance de competir. "Mala leche", me justifique ante ellos. "Calculo que no volveré a hacerlo de nuevo", traté de mediar.
Ayer se casó el Poli. La novia tiró el ramo, como siempre, y él trató de ser original como Marianito. Nada mas que esta vez era un Johnny Walker, etiqueta roja (la caja vacía obvio)...
Calculo que cuando empiece el frío de otoño, lo sacaré de su preciosa envoltura para convidarle unos hielos, tanto al gran Juancito Caminador, como a esa idea de haber estado otra vez un segundo adelante de toda la monada transpirada.
martes, 11 de marzo de 2008
viernes, 7 de marzo de 2008
La Volcada
“¡¡¡La concha tuya, Galenso de mierda!!!”. Todavía tengo en el centro de la frente la cara del gordo sudado, viejo, con la camisa celeste abierta, parado - pero casi en cuclillas - con el mate en una mano y apuntándome con una factura rancia.
Los sábados jugábamos el torneo de basket del Valle del Río Chubut. En la ocasión, el rival de turno era el Club Brown de la ciudad de Puerto Madryn. No voy a decir que era el clásico, porque no era así. Pero salían buenos partidos, sobre todo en la cancha de Brown – chiquita, con pisos de parket y pocas gradas de cemento -, con partidos cerrados y con final abierto.
Había jugado al basket desde los 6 años, con lo cual eran 11 años de vernos las caras con los equipos de la zona. Sin embargo, este era uno de los últimos partidos que jugaba en el club. Me esperaba Buenos Aires para estudiar y eso se llevaría toda la atención.
Entrando en calor, sabía que iba a ser una tarde especial. No porque era uno de los últimos partidos. No porque la numero 9 – como siempre - del Independiente de Trelew se estaba despidiendo para siempre de mi sino, simplemente, porque ya había crecido lo suficiente como para “volcar” la pelota en el aro (para los desentendidos, hundir la pelota en el canasto de enceste), cosa que deseaba desde chico y jamás había intentado.
“A ver, Galenso (dicese de los rubios en mis tierras), la volcás?”, me preguntaron. “Psssss”, respondí. Cinco o seis pasos, salto y dejaba el balón en el canasto con una mano. Cinco o seis o seis pasos, y la dejaba con dos. Así dos o tres veces más. Era inminente que ese día iba a poder cumplir el sueño desde que el gran Michael Jordan había "caminado" en el aire para ganar el concurso de volcadas por aquel juego de las estrellas de la NBA en 1988.
El partido fue cerrado. Como siempre. Palo y palo hasta el final. Y la verdad es que esa tarde había tenido un gran juego (no era de lo mejor en la zona aunque si me las arreglé para integrar en un par de ocasiones el seleccionado del Valle del Chubut). No recuerdo cuales fueron mis números ese día pero si que estaba lo suficientemente confiado en que podíamos ganar el partido.
Treinta segundos por jugar. Pase sobre la línea al Cabezón Duarte que nos deja a un punto. 79 a 80. Sale el base de Brown – el 6, no me puedo acordar el nombre pero creo que voy a tener 70 años y voy a seguir teniendo su cara de playmobil castaño en la memoria -, y quiere tranquilizar el partido. Lo apretan para que largue el balón y lo hace, pero con la desgracia – para él – que se la da al grandote de Brown, quien quiere botarla y la misma rebota en su pie derecho. Faltan 20 segundos. Agarra la pelota el "Paga" y me ve ya en la mitad de la cancha, solo, hacia el aro. “Es el momento” pensé. 17 segundos. Me lanza el pase, el cual tomo ya a la altura del área de triple… piqué la pelota una vez…un paso – el derecho, como lo indican los fundamentos -… dos –el izquierdo para que después se eleve el derecho en el salto - …y salto. Pienso: “la aseguro con las dos manos”. 13 segundos. Eso hago. Cuando la pelota alcanzó la altura del aro, intento meterla dentro del canasto. La dejo ahí y me cuelgo del mismo como para darle un contenido emotivo al momento. ¡¡¡Se va a la bosta!!! ¡¡¡Hago mierda el aro y ganamos el partido con una volcada mía!!!
Y es ahí, cuando suelto el aro, que el muy turro pega un tirón volviendo a su posición original y le pega con la parte de atrás a la pelota que todavía estaba por allí. ¡¡¡A la mierda la pelota!!! ¡¡¡¡Nooooo, la puta que lo parió!!!! ¡¡Me quiero matar!! Cuando caigo al piso, trato de buscar el balón, el cual ya estaba en manos del playmobil. 8 segundos. Vuelvo hacia la mitad de la cancha, y los de Brown se pasaban la pelota para evitar nuestra falta. Fue ahí…ahí justamente que miré hacia la tribuna y lo vi al gordo, cagándome la vida, insultándome como si hubiese perdido la final del mundo. Mire de vuelta hacia el campo y la chicharra marcaba el final. Habíamos perdido y había sido mi culpa. Miré de vuelta al gordo chivado quien seguía recordando a mi familia. Lo putié, si, lo putié. Delante de todos. Pero ni siquiera haberme subido a las gradas y boxearlo a él, su mujer, y al boludo del hijo – compañero de equipo – podría haberme sacado la bronca de haber perdido la chance de haber volcado la pelota.
No recuerdo si fue mi último partido o no. No tengo en la memoria uno posterior. Si lo hubo, lo borré completamente. Solo guardo para mí que el último intento para hacer lo que soñé desde los 6 años en este deporte, se fue tras el rebate de un cesto de basket y el grito colérico de un gordo que no tenía nada mejor para hacer un sábado por la tarde.
Los sábados jugábamos el torneo de basket del Valle del Río Chubut. En la ocasión, el rival de turno era el Club Brown de la ciudad de Puerto Madryn. No voy a decir que era el clásico, porque no era así. Pero salían buenos partidos, sobre todo en la cancha de Brown – chiquita, con pisos de parket y pocas gradas de cemento -, con partidos cerrados y con final abierto.
Había jugado al basket desde los 6 años, con lo cual eran 11 años de vernos las caras con los equipos de la zona. Sin embargo, este era uno de los últimos partidos que jugaba en el club. Me esperaba Buenos Aires para estudiar y eso se llevaría toda la atención.
Entrando en calor, sabía que iba a ser una tarde especial. No porque era uno de los últimos partidos. No porque la numero 9 – como siempre - del Independiente de Trelew se estaba despidiendo para siempre de mi sino, simplemente, porque ya había crecido lo suficiente como para “volcar” la pelota en el aro (para los desentendidos, hundir la pelota en el canasto de enceste), cosa que deseaba desde chico y jamás había intentado.
“A ver, Galenso (dicese de los rubios en mis tierras), la volcás?”, me preguntaron. “Psssss”, respondí. Cinco o seis pasos, salto y dejaba el balón en el canasto con una mano. Cinco o seis o seis pasos, y la dejaba con dos. Así dos o tres veces más. Era inminente que ese día iba a poder cumplir el sueño desde que el gran Michael Jordan había "caminado" en el aire para ganar el concurso de volcadas por aquel juego de las estrellas de la NBA en 1988.
El partido fue cerrado. Como siempre. Palo y palo hasta el final. Y la verdad es que esa tarde había tenido un gran juego (no era de lo mejor en la zona aunque si me las arreglé para integrar en un par de ocasiones el seleccionado del Valle del Chubut). No recuerdo cuales fueron mis números ese día pero si que estaba lo suficientemente confiado en que podíamos ganar el partido.
Treinta segundos por jugar. Pase sobre la línea al Cabezón Duarte que nos deja a un punto. 79 a 80. Sale el base de Brown – el 6, no me puedo acordar el nombre pero creo que voy a tener 70 años y voy a seguir teniendo su cara de playmobil castaño en la memoria -, y quiere tranquilizar el partido. Lo apretan para que largue el balón y lo hace, pero con la desgracia – para él – que se la da al grandote de Brown, quien quiere botarla y la misma rebota en su pie derecho. Faltan 20 segundos. Agarra la pelota el "Paga" y me ve ya en la mitad de la cancha, solo, hacia el aro. “Es el momento” pensé. 17 segundos. Me lanza el pase, el cual tomo ya a la altura del área de triple… piqué la pelota una vez…un paso – el derecho, como lo indican los fundamentos -… dos –el izquierdo para que después se eleve el derecho en el salto - …y salto. Pienso: “la aseguro con las dos manos”. 13 segundos. Eso hago. Cuando la pelota alcanzó la altura del aro, intento meterla dentro del canasto. La dejo ahí y me cuelgo del mismo como para darle un contenido emotivo al momento. ¡¡¡Se va a la bosta!!! ¡¡¡Hago mierda el aro y ganamos el partido con una volcada mía!!!
Y es ahí, cuando suelto el aro, que el muy turro pega un tirón volviendo a su posición original y le pega con la parte de atrás a la pelota que todavía estaba por allí. ¡¡¡A la mierda la pelota!!! ¡¡¡¡Nooooo, la puta que lo parió!!!! ¡¡Me quiero matar!! Cuando caigo al piso, trato de buscar el balón, el cual ya estaba en manos del playmobil. 8 segundos. Vuelvo hacia la mitad de la cancha, y los de Brown se pasaban la pelota para evitar nuestra falta. Fue ahí…ahí justamente que miré hacia la tribuna y lo vi al gordo, cagándome la vida, insultándome como si hubiese perdido la final del mundo. Mire de vuelta hacia el campo y la chicharra marcaba el final. Habíamos perdido y había sido mi culpa. Miré de vuelta al gordo chivado quien seguía recordando a mi familia. Lo putié, si, lo putié. Delante de todos. Pero ni siquiera haberme subido a las gradas y boxearlo a él, su mujer, y al boludo del hijo – compañero de equipo – podría haberme sacado la bronca de haber perdido la chance de haber volcado la pelota.
No recuerdo si fue mi último partido o no. No tengo en la memoria uno posterior. Si lo hubo, lo borré completamente. Solo guardo para mí que el último intento para hacer lo que soñé desde los 6 años en este deporte, se fue tras el rebate de un cesto de basket y el grito colérico de un gordo que no tenía nada mejor para hacer un sábado por la tarde.
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miércoles, 5 de marzo de 2008
Subte
Suelo dejar ideas en el celular cuando se me ocurre algo para escribir en el blog. Escuché esto que había grabado dentro del subte, algún día de semana de mil grados y me pareció gracioso:
“Caminando como ovejas, transpirados, deprimidos…¿Como viene la mano acá?...con olor…la puta madre, le erré a la salida…vuelvo…jejeje…bueno, subte, oscuridad, calor…olor…¡Pará, la puta que te parió flaco!…pelotudo…gente con cara de nada…sola…sigo sin enganchar como mierda salir de acá. ¿Para que carajo tome el subte, Dios? …No me voy más…Bueno, olor, ya lo dije. Calor…también”.
Por lo menos, después, cuando la escalera mecánica me estaba escupiendo al infierno de Diagonal Norte, una brisa de aire (y ese especie de túnel a la superficie tipo manga de fútbol) dio en la tecla con la ignota bandita que sonaba muy bien en el ipod.
“Caminando como ovejas, transpirados, deprimidos…¿Como viene la mano acá?...con olor…la puta madre, le erré a la salida…vuelvo…jejeje…bueno, subte, oscuridad, calor…olor…¡Pará, la puta que te parió flaco!…pelotudo…gente con cara de nada…sola…sigo sin enganchar como mierda salir de acá. ¿Para que carajo tome el subte, Dios? …No me voy más…Bueno, olor, ya lo dije. Calor…también”.
Por lo menos, después, cuando la escalera mecánica me estaba escupiendo al infierno de Diagonal Norte, una brisa de aire (y ese especie de túnel a la superficie tipo manga de fútbol) dio en la tecla con la ignota bandita que sonaba muy bien en el ipod.
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jueves, 28 de febrero de 2008
Digan lo que digan (Feliz Cumpleaños)
Estabas contento por que cumpliste años. Seguramente eso fue lo que pasó. Llegaron varios de tus mejores amigos y tu novia desde lejos a festejar con vos ese gran momento. Sentís que el cumpleaños propio es un termómetro de afecto, y te llamó mucha gente, además de esos buenos amigos que te visitaron. Estabas feliz. Yo estoy seguro que eso fue lo que te pasó. La emoción que te provocó, primero, ir a jugar al campeonato de los sábados – y ganar, con una buena tarea tuya – indudablemente afectó en cierto sentido…tus sentidos. Claro está, además, que el gran asado con las mejores carnes que les preparaste – aunque hayan faltado dos o tres de tus amigos por haberse ido de la ciudad – te causó tal agitación que no advertiste el desvío. Es muy posible, también, que haber descorchado esos excelentes vinos y aquellos burbujeantes champagnes – sobre todo aquel Barón B que te regalaron cuando te recibiste allá por el comienzo del 2003 – te haya mareado de felicidad. El haber podido alzar en repetidas ocasiones las copas llenas de saludos y condecoraciones te cargo de gozo. De hecho, estoy convencido que esa emoción fue la que te dificultó hablar con propiedad y encontrar las palabras justas para expresar tu júbilo, contagiando tu habitual locuacidad. Estoy seguro. Si. Estoy seguro que fue todo eso lo que te llevó a tomar prestada la bicicleta de la Checha para dar una vuelta por “Campos de Álvarez” y terminar dentro de una zanga de barro. No tengo dudas que la dicha había cegado tus pupilas. Digan lo que digan…
Banda de Sonido
Estoy trabajando en la oficina. Tengo una gran vista de Puerto Madero. El tema es que estaba muy nublado. Nubladísimo. Me pareció una gran mañana para escuchar Zeppelin: I, II, III y IV. Confirmé la idea cuando empezó a llover a cantaros, allá por el inicio del disco “II” y “Whole Lotta Love” sonando. Gran canción para acompañar una lluvia furiosa.
El tema es que ahora empezó a sonar “Stairway to Heaven” y a la lluvia se le sumaron relámpagos y truenos. Me gusta pensar que puse la banda de sonido perfecta para esta mañana gris, oscura y rabiosa.
El tema es que ahora empezó a sonar “Stairway to Heaven” y a la lluvia se le sumaron relámpagos y truenos. Me gusta pensar que puse la banda de sonido perfecta para esta mañana gris, oscura y rabiosa.
(NdA a tres horas de la redacción original: aparentemente este chubasco ha traído más de un dolor de cabeza para mucha gente. Dudo en dejar el texto o no. Lo dejo. Espero que se entienda que expresa sencillamente que una mañana lluviosa puede ser un buen momento si no te trae problemas y tenes una buena banda acompañándote)
viernes, 22 de febrero de 2008
Cámara Apagada
- Fue así, Felix. Como te lo digo. Primero bajó el viejo del sexto. ¿Ese que usa siempre un sombrero, viste? Habrán sido las ocho y pico de la mañana. Más o menos te digo. Justo había sacado el agua del mate, así que calculo que eran las ocho y pico. Ocho y cuarto ponele. Y bueno, vino el viejo este y me lo dijo. Vino con su cara de amargado, igual que cuando me paga las expensas y me jode con que le limpie el “palier”. Me dio un poco de risa verlo, ¿viste? Pantalón corto y remera blanca. Zapatillas de tenis como si el viejo de mierda ese jugara a algo. Y soquetitos también blancos. Hubiese dicho que era un copo de nieve el viejo pero no. Sabes porque no? ¡Porque tenia puesto el sombrero escocés hediondo ese que usa!. Jo jo - se rió fuerte y ampuloso Horacio, con la franela en la mano y la ropa algo sucia -. Venía con el perro ese que me mea todo el árbol que esta en la entrada del garaje del edificio.
- ¿Y que te dijo?
- Je je je. Bueno, ahí viene lo divertido. Me dijo “Hay un hombre drogado en el ascensor”. Je je je. - “¿Como?” le pregunte.
- “Si”, me dijo, “Hay un hombre drogado en el ascensor”. Como me pareció raro le pregunté como sabia que estaba drogado. “Porque esta recostado contra el espejo y lo babea con una saliva blanca y espesa. Además, tiene olor”, remató.
- ¡¡¡¡Nuuuuu!!!!
- Si, como te lo digo. Así me dijo. Y bueno, le dije que iba a revisar y el viejo este se fue. Mientras iba para el ascensor, pispié con el rabillo del ojo y lo vi al perro del orto ese salir derecho para el arbolito. Y, claro, empezó a mear. Ya lo voy a agarrar al turro ese. Algo le voy a poner ahí. ¡Otra que botellita de agua!. Mirá, agarró un pedacito de "Dogui" y ...
- ¿Y fuiste a ver al ascensor?
- Bueno, si. Fui.
- ¿Y?
- ¡¡¡Y ahí estabas vos, papá!!!
- ¡¡¡No!!!
- ¡¡¡Si, querido!!! Duro como un turrón de cancha. Ja ja . Estabas parado, apoyado contra el vidrio y dormido. No vi ninguna baba, pero estabas muerto. Muerto, eh. No me preocupé por que era obvio.
- ¿Que cosa?
- El pedo que tenías. Se te sentía el olor a fernet desde lejos. Y además tenías un lamparón oscuro sobre la camisa blanca, típica mancha de fernet.
- ¡¡¡Que papelón!!!
- Dios sabe desde que hora habrás estado "apoliyando" en el ascensor. La cuestión es que te toque el hombro y te dije “Eh, Felix, despertate”. Medio que reaccionaste pero con una cara de no tener la más puta idea de donde estabas. Me dijiste que si y te marqué el número de tu piso. Bueno ahí cerré la puerta y me fui de vuelta a tomar mate.
- Uy, que papelón. Bueno, Horacio, perdoname. La verdad es que no se que me pasó. La verdad es que…
- Pero no termino ahí, eh.
- ¿Como?
- Si. No termino ahí.
- La puta madre. No me acuerdo de nada.
- Je je. Si. Como el mate ya estaba medio lavado me fui a cambiar la yerba.
- ¿Y que paso?
- Bueno, cuando volví, sale del ascensor la minita del quinto del ascensor y se me viene con cara de espantada.
- No me digas mas nada. ¿La morocha?
- Já já já. Si, esa. La que tiene el novio polista ese. Muy chetita para mi gusto.
- No, Horacio, es un bomboncito. ¡Es un minón! ¿Vos le viste la cola? ¿Redonda y generosa?¿Le viste los ojos? Y ni te hablo de la boca porque es al pedo darse manija...
- Si, bueno, espera.
- ¿Que? Viene y me dice: “Hay un degenerado en el ascensor”. “¿Como?”, le pregunto. Si, me dice. “Me subí al ascensor, me miro y me balbuceo una guarangada. Es el flaco del piso de arriba".
- ¡¡Que papelón!!.
- Ja ja . No me dijo que le dijiste pero bueno, me fui al ascensor de vuelta sabiendo que eras vos y cuando abrí a la puerta, abriste los ojos y pusiste una cara de libidinoso tremennnnda!!! Je Je. Me preguntaste si la morocha había preguntado por vos y algo que no te entendí de la “Pichulita”. No se cuanto de la pichulita, alargando las ies. La pichuliiiiiiiita esto y la pichuliiiiiiiiiiiita lo otro.
- Me quiero morir.
- Si, un pedo para cuatro. Bueno, como habías abierto los ojos y me habías hablado, te expliqué que estabas borracho y que te tenías que ir a tu casa. Me miraste, me abrasaste, me diste un beso en el cachete y me dijiste “Horazzzzito, te quiero mucho. No te hagas problemassss que sha me voy”. Y bueno, te cerré la puerta y te mandé a tu piso.
- Horacio, no se como pedirte disculpas. La puta madre.
- Y si, yo se que vos tenes una buena imagen en el edificio. Un pibe del interior, estudiante de abogacía, siempre prolijo, bien peinado, educado, pero bueno. Te agarraste un pedo bárbaro. ¿Quién no se lo ha agarrado, no? Que va´a ser…
- La puta madre, tendré que pedirle disculpas a esta gente. Al del sexto y a la morocha. A ella sobre todo...
- Y al dueño de la imprenta que vive en el décimo.
- ¿Como?
- Si, el de la imprenta de acá la vuelta. Flaquito con cara de nada. Lo ayudo siempre con las bolsas del super y no me tira ni una moneda. Canuto. Si, ese.
- No te lo puedo creer.
- Si, al ratito que subiste, vino este y me dijo que el ascensor estaba todo meado.
- Me estas jodiendo...
- ¡No!
- No te lo creo.
- Quedate tranquilo que no lo measte al tipo en si, pero me dijo que entró al ascensor y había un charco en el piso. Y que había olor.
- …
- Bueno, ahí si, me metí al ascensor con vos y te lleve a la puerta de tu casa. Te mire y me dijiste que toque timbre. Y bueno, estuvimos como cinco minutos tocando timbre. Vos me hacías caras como que estaba bien e incluso me dijiste “ya abren”. En eso te miré la camisa y me dijiste “El ferné no mancha, Horassssssito, decora”. Bueno, cuando me hinché las bolas de tocar el timbre te pregunte “¿Pero vos no vivías solo?”. “Si, obvio”, me dijiste. Casi te mato. “¿y dónde tenes las llaves de tu casa, la puta que te parió?”. “En el auto”, me dijiste. Te putie, si, te putie.
- Perdoname Horacio.
- Y bueno, fuimos hasta el auto, subimos y te tiré en la cama. Caíste como bolsa de papa, hermano. Ya era de día.
- No se como pedirte disculpas o como devolverte el favor.
- No pasa nada Felix. Comprame unas medialunas un día de estos y chau.
- No se que decirte. Se me apagó la cámara.
(Relato tomado en base a una historia verídica de nuestro gran amigo Mendocino, a quien extrañamos como se lo hace con los hermanos del alma: a tu salud, Petiso).
- ¿Y que te dijo?
- Je je je. Bueno, ahí viene lo divertido. Me dijo “Hay un hombre drogado en el ascensor”. Je je je. - “¿Como?” le pregunte.
- “Si”, me dijo, “Hay un hombre drogado en el ascensor”. Como me pareció raro le pregunté como sabia que estaba drogado. “Porque esta recostado contra el espejo y lo babea con una saliva blanca y espesa. Además, tiene olor”, remató.
- ¡¡¡¡Nuuuuu!!!!
- Si, como te lo digo. Así me dijo. Y bueno, le dije que iba a revisar y el viejo este se fue. Mientras iba para el ascensor, pispié con el rabillo del ojo y lo vi al perro del orto ese salir derecho para el arbolito. Y, claro, empezó a mear. Ya lo voy a agarrar al turro ese. Algo le voy a poner ahí. ¡Otra que botellita de agua!. Mirá, agarró un pedacito de "Dogui" y ...
- ¿Y fuiste a ver al ascensor?
- Bueno, si. Fui.
- ¿Y?
- ¡¡¡Y ahí estabas vos, papá!!!
- ¡¡¡No!!!
- ¡¡¡Si, querido!!! Duro como un turrón de cancha. Ja ja . Estabas parado, apoyado contra el vidrio y dormido. No vi ninguna baba, pero estabas muerto. Muerto, eh. No me preocupé por que era obvio.
- ¿Que cosa?
- El pedo que tenías. Se te sentía el olor a fernet desde lejos. Y además tenías un lamparón oscuro sobre la camisa blanca, típica mancha de fernet.
- ¡¡¡Que papelón!!!
- Dios sabe desde que hora habrás estado "apoliyando" en el ascensor. La cuestión es que te toque el hombro y te dije “Eh, Felix, despertate”. Medio que reaccionaste pero con una cara de no tener la más puta idea de donde estabas. Me dijiste que si y te marqué el número de tu piso. Bueno ahí cerré la puerta y me fui de vuelta a tomar mate.
- Uy, que papelón. Bueno, Horacio, perdoname. La verdad es que no se que me pasó. La verdad es que…
- Pero no termino ahí, eh.
- ¿Como?
- Si. No termino ahí.
- La puta madre. No me acuerdo de nada.
- Je je. Si. Como el mate ya estaba medio lavado me fui a cambiar la yerba.
- ¿Y que paso?
- Bueno, cuando volví, sale del ascensor la minita del quinto del ascensor y se me viene con cara de espantada.
- No me digas mas nada. ¿La morocha?
- Já já já. Si, esa. La que tiene el novio polista ese. Muy chetita para mi gusto.
- No, Horacio, es un bomboncito. ¡Es un minón! ¿Vos le viste la cola? ¿Redonda y generosa?¿Le viste los ojos? Y ni te hablo de la boca porque es al pedo darse manija...
- Si, bueno, espera.
- ¿Que? Viene y me dice: “Hay un degenerado en el ascensor”. “¿Como?”, le pregunto. Si, me dice. “Me subí al ascensor, me miro y me balbuceo una guarangada. Es el flaco del piso de arriba".
- ¡¡Que papelón!!.
- Ja ja . No me dijo que le dijiste pero bueno, me fui al ascensor de vuelta sabiendo que eras vos y cuando abrí a la puerta, abriste los ojos y pusiste una cara de libidinoso tremennnnda!!! Je Je. Me preguntaste si la morocha había preguntado por vos y algo que no te entendí de la “Pichulita”. No se cuanto de la pichulita, alargando las ies. La pichuliiiiiiiita esto y la pichuliiiiiiiiiiiita lo otro.
- Me quiero morir.
- Si, un pedo para cuatro. Bueno, como habías abierto los ojos y me habías hablado, te expliqué que estabas borracho y que te tenías que ir a tu casa. Me miraste, me abrasaste, me diste un beso en el cachete y me dijiste “Horazzzzito, te quiero mucho. No te hagas problemassss que sha me voy”. Y bueno, te cerré la puerta y te mandé a tu piso.
- Horacio, no se como pedirte disculpas. La puta madre.
- Y si, yo se que vos tenes una buena imagen en el edificio. Un pibe del interior, estudiante de abogacía, siempre prolijo, bien peinado, educado, pero bueno. Te agarraste un pedo bárbaro. ¿Quién no se lo ha agarrado, no? Que va´a ser…
- La puta madre, tendré que pedirle disculpas a esta gente. Al del sexto y a la morocha. A ella sobre todo...
- Y al dueño de la imprenta que vive en el décimo.
- ¿Como?
- Si, el de la imprenta de acá la vuelta. Flaquito con cara de nada. Lo ayudo siempre con las bolsas del super y no me tira ni una moneda. Canuto. Si, ese.
- No te lo puedo creer.
- Si, al ratito que subiste, vino este y me dijo que el ascensor estaba todo meado.
- Me estas jodiendo...
- ¡No!
- No te lo creo.
- Quedate tranquilo que no lo measte al tipo en si, pero me dijo que entró al ascensor y había un charco en el piso. Y que había olor.
- …
- Bueno, ahí si, me metí al ascensor con vos y te lleve a la puerta de tu casa. Te mire y me dijiste que toque timbre. Y bueno, estuvimos como cinco minutos tocando timbre. Vos me hacías caras como que estaba bien e incluso me dijiste “ya abren”. En eso te miré la camisa y me dijiste “El ferné no mancha, Horassssssito, decora”. Bueno, cuando me hinché las bolas de tocar el timbre te pregunte “¿Pero vos no vivías solo?”. “Si, obvio”, me dijiste. Casi te mato. “¿y dónde tenes las llaves de tu casa, la puta que te parió?”. “En el auto”, me dijiste. Te putie, si, te putie.
- Perdoname Horacio.
- Y bueno, fuimos hasta el auto, subimos y te tiré en la cama. Caíste como bolsa de papa, hermano. Ya era de día.
- No se como pedirte disculpas o como devolverte el favor.
- No pasa nada Felix. Comprame unas medialunas un día de estos y chau.
- No se que decirte. Se me apagó la cámara.
(Relato tomado en base a una historia verídica de nuestro gran amigo Mendocino, a quien extrañamos como se lo hace con los hermanos del alma: a tu salud, Petiso).
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miércoles, 20 de febrero de 2008
La noche y los vientos
Supongo que hoy es una de esas noches en que no puedo dormir. No se porque pasa a veces. Hoy el insomnio me castiga por segunda vez consecutiva. Desde ayer el aire me parece molesto cuando otras noches su vejez arrulla mi mejor momento. Las sábanas me resultan pesadas y rugosas. No encuentro la posición. No me hago caso. No se. Encima Buenos Aires insiste con regarme de humedad.
Me recuerdo a mi mismo los momentos del día en los que desee estar en la cama. Ahora me revuelvo incomodo en ella, tratando de encontrar el camino al sueño.
Juro que soy mejor escritor cuando no tengo un teclado a mano. Pienso los mejores textos, las mejores poesías. Y me engaño pensando que luego las recordaré. Haberme levantado a escribir esto es una prueba de que ya no confío en mi memoria.
En cuatro días cumplo años. Veintiocho. Escuche por ahí que es el comienzo de mi vida adulta. Puede ser. No se. Por de pronto, no hay nada que quiera más que ella este conmigo.
Duermo solo en una cama para dos. Supongo que no hay otra cosa que te haga sentir más solo que eso. Sobre todo cuando el costado izquierdo ya tiene nombre y apellido, pero no el comienzo de la estadía. Quizás sea eso lo que no me deja dormir. Quizás no sea nada.
Los vientos del sur me siguen llamando y yo los sigo escuchando con la vista en otro lado. Pero los escucho. A veces me gustaría ver el futuro para dejar de planear las cosas o por lo menos dejar de preocuparme por ellas. Saber como será la vida de uno y dejar de preocuparse. Dejarse llevar. Eso. Dejarse llevar.
“Espero que todo nos salga bien. Ahora y cuando nos encuentres. Espero que nos esperes y nos recibas con lo necesario. No en exceso. De última, ya sabes lo que estoy buscando y ya sabes lo que te estoy pidiendo. Atrás deje a los amigos. A los que valen. A los que tengo. Por eso, recibime con tus vientos. Los que me saludan cuando vuelvo. Los que me esperan detrás del Puerto. El sol en las mesetas y la visita de los que quiero”.
Lo visto. Nada bueno resulta cuando tengo un teclado cerca. Vuelvo a la cama para ver si te encuentro.
Me recuerdo a mi mismo los momentos del día en los que desee estar en la cama. Ahora me revuelvo incomodo en ella, tratando de encontrar el camino al sueño.
Juro que soy mejor escritor cuando no tengo un teclado a mano. Pienso los mejores textos, las mejores poesías. Y me engaño pensando que luego las recordaré. Haberme levantado a escribir esto es una prueba de que ya no confío en mi memoria.
En cuatro días cumplo años. Veintiocho. Escuche por ahí que es el comienzo de mi vida adulta. Puede ser. No se. Por de pronto, no hay nada que quiera más que ella este conmigo.
Duermo solo en una cama para dos. Supongo que no hay otra cosa que te haga sentir más solo que eso. Sobre todo cuando el costado izquierdo ya tiene nombre y apellido, pero no el comienzo de la estadía. Quizás sea eso lo que no me deja dormir. Quizás no sea nada.
Los vientos del sur me siguen llamando y yo los sigo escuchando con la vista en otro lado. Pero los escucho. A veces me gustaría ver el futuro para dejar de planear las cosas o por lo menos dejar de preocuparme por ellas. Saber como será la vida de uno y dejar de preocuparse. Dejarse llevar. Eso. Dejarse llevar.
“Espero que todo nos salga bien. Ahora y cuando nos encuentres. Espero que nos esperes y nos recibas con lo necesario. No en exceso. De última, ya sabes lo que estoy buscando y ya sabes lo que te estoy pidiendo. Atrás deje a los amigos. A los que valen. A los que tengo. Por eso, recibime con tus vientos. Los que me saludan cuando vuelvo. Los que me esperan detrás del Puerto. El sol en las mesetas y la visita de los que quiero”.
Lo visto. Nada bueno resulta cuando tengo un teclado cerca. Vuelvo a la cama para ver si te encuentro.
viernes, 15 de febrero de 2008
Fiesta Loca
Mamadera...las "nochecitas" del Infinity.
Es como subirse a un barco uno solo con 1449 minas, no?
Es como subirse a un barco uno solo con 1449 minas, no?
lunes, 11 de febrero de 2008
De cuerpo entero
"En Chacabuco era de Boca y un día, con 15 años, un amigo del pueblo me llevó a probar y viví un mes y medio o dos en La Candela. Una tarde, Roberto Mouzo me regaló un tapón que le faltaba a uno de mis botines. Hasta que me echaron y volví a los 20, de la mano del Tucumano Hernández.Era enero del 74, y me llevaron otra vez. Pero el Tucumano fue adentro a hablar con no sé quién y sale al rato, diciéndome que directamente no me querían probar porque defensores tenían muchos y les faltaban delanteros. El dirigente Luis Bortnik nos dijo que lo lamentaba mucho. Y el Tucumano le anotó ni nombre en un papel: "Los que se van a lamentar son ustedes por el jugador que se están perdiendo", le dijo.Esa noche, deprimidos, estábamos cenando y el Tucumano me preguntó a qué otro club quería ir a probarme. Le dije "A River, para romperle el culo a esos putos de Boca". Esa noche me hice hincha de River". Daniel Passarella, enero 2006.
Podes cambiar de religión...
No hay inconveniente en que cambies la marca del auto...
Te podes casar, juntar y rejuntar cuantas veces quieras...
Podes incluso hacerte una operación para mutar tu sexo...
Incluso se ven a diario políticos que cambian de partido y no sucede nada.
Pero hacerte hincha de otro club a los 20 años...te pinta de cuerpo entero, hermano. De cuerpo entero.
Podes cambiar de religión...
No hay inconveniente en que cambies la marca del auto...
Te podes casar, juntar y rejuntar cuantas veces quieras...
Podes incluso hacerte una operación para mutar tu sexo...
Incluso se ven a diario políticos que cambian de partido y no sucede nada.
Pero hacerte hincha de otro club a los 20 años...te pinta de cuerpo entero, hermano. De cuerpo entero.
jueves, 7 de febrero de 2008
Habrá que inventar algo
No se como decirte esto que siento y me estalla en el pecho cada vez que pienso en vos. Es amor. Completamente. Pero decir “Te Amo” a diario, repetitivo y mecánico, no se ajusta a ese sentimiento. Habrá que inventar algo nuevo. Una palabra, un término, un ruido. Algo. Y solo usarla cuando los “te amo” no sean suficientes.
Cuando cada minuto lejos sea la muerte. Y cada minuto juntos, la vida misma.
Cuando después de varios años de estar juntos, la boca todavía se seque ante tu desnudez y los nervios se aprieten previos a tu llegada.
Cuando uno sepa que la vida es posible sin vos, pero que no sea vida.
Cuando, a pesar que para éste mundo seas parca, para mi seas la persona mas graciosa del mundo. Cuando sigas siendo mi mejor amiga sin siquiera querer serlo.
Cuando pasen los años y siga descubriendo lugares de cuerpo. Y que esos olores me sigan drogando hasta la estupidez.
Cuando sumes otras risas (la nerviosa, la que hace mostrando los dientes, o con la boca abierta, la que agregas un “uh”, la infantil, la dulce), y que cada una de ellas calce en el momento justo.
Si verte dormir es todavía mejor que hacerlo uno. O cuando piense que recién levantada sos más bella que arreglada.
O cuando en mis brazos sienta que me gustaría llevarte en el bolsillo de la camisa todo el día. O si das saltitos cuando caminas.
Hay que inventar algo para esa clase de momentos. Algo que no me haga sentir que me estoy quedando corto, como los gastados “Te amo”. Algo que me llene y te demuestre que seguís siendo mi elección, como hace cinco años. Como todos los días. A pesar de la distancia. A pesar de los errores. Algo que se sienta establece, seguro, confiable. Nuestro.
Como digo, habrá que inventar algo.
Cuando cada minuto lejos sea la muerte. Y cada minuto juntos, la vida misma.
Cuando después de varios años de estar juntos, la boca todavía se seque ante tu desnudez y los nervios se aprieten previos a tu llegada.
Cuando uno sepa que la vida es posible sin vos, pero que no sea vida.
Cuando, a pesar que para éste mundo seas parca, para mi seas la persona mas graciosa del mundo. Cuando sigas siendo mi mejor amiga sin siquiera querer serlo.
Cuando pasen los años y siga descubriendo lugares de cuerpo. Y que esos olores me sigan drogando hasta la estupidez.
Cuando sumes otras risas (la nerviosa, la que hace mostrando los dientes, o con la boca abierta, la que agregas un “uh”, la infantil, la dulce), y que cada una de ellas calce en el momento justo.
Si verte dormir es todavía mejor que hacerlo uno. O cuando piense que recién levantada sos más bella que arreglada.
O cuando en mis brazos sienta que me gustaría llevarte en el bolsillo de la camisa todo el día. O si das saltitos cuando caminas.
Hay que inventar algo para esa clase de momentos. Algo que no me haga sentir que me estoy quedando corto, como los gastados “Te amo”. Algo que me llene y te demuestre que seguís siendo mi elección, como hace cinco años. Como todos los días. A pesar de la distancia. A pesar de los errores. Algo que se sienta establece, seguro, confiable. Nuestro.
Como digo, habrá que inventar algo.
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miércoles, 6 de febrero de 2008
Triste mirada
Ella caminaba despacio. Como siempre. O por lo menos desde hace algunos años. El andador no le permitía hacer más que pasos de diez centímetros cada uno. La cabellera mustia, apretada con un rodete y el vestido a flores que en alguna ocasión fueron coloridas, terminaban de pintar la triste imagen. A su alrededor, Buenos Aires se debatía entre el ruido y el apuro. La señora no alcanzó llamar la atención con esa sonrisa maternal a la rubia en ciclistas y walkman puestos. Pensó la anciana que la fresca señorita iba a comprender que le hacía acordar a sus años en los cuales el viento era su motor, y los límites solo imaginables. No le prestó tampoco demasiada atención el hombre de traje oscuro, de robusto porte y andar seguro cuando la señora lo miró recordando los pretendientes que podrían emularlo. Si reparó en ella el muchacho de casi veinteaños que de un resoplido la espetó para que libere la calzada. “A ver señora…”. Al pasar, no tuvo ningún problema en manotearle del bolso un paquete de papel madera conteniendo la compra que había salido a hacer a la mercería de la esquina. Media hora después llegó a su casa. Se sentó en el living y, como todas las noches, se quedó esperando que la vengan a buscar desde aquel lugar donde habitan quienes la recuerdan.
La Ley del Embudo
Ayer estábamos tomando un fernet (desviación yendo para casa) con el Escocés. La noche estaba linda y encontramos una terraza que nos justificó el acostarnos tarde. Entre tema y tema, vimos una morocha de pelo enrulado y nariz perfecta. No operada, pero perfecta. Respingada, chiquitita. La distancia y la poca luz no permiten mayor detalle sobre su fisonomía, aunque desde lejos podía confirmarse su belleza. La señorita en cuestión se encontraba acompañada por un tipo. Morocho, pelos despeinados con gel. Camisa negra, brillante. Cara de nada. Absolutamente cara de nada. Sin embargo, al rato de nuestra llegada, el muchacho “le comió la boca”, acción a la que ella se acopló con singular gusto.“Mira el pelotudo ese la mina que se esta comiendo”, me dijo el Escocés. Asentí con la cabeza. Pude observar otras mesas que también advertían el espectáculo de la fogosa parejita, varias de ellas con ojos de cierta envidia masculina. Es la “Ley del Embudo”, pensé. “La mas linda con el más boludo”.
Pero ahí fue que advertí mi error. Basta. Basta con ello, viejo. Todo es envidia. Para cualquier tipo, el hombre que acompañe a una mina que esta buena va a ser un boludo. Inevitablemente. Porque el único flaco que no será un boludo junto a ella, será él mismo…aunque irremediablemente un boludo para el resto de los mortales masculinos, dejando irresoluto el conflicto en un verdadero círculo vicioso.
En definitiva, la mencionada norma no es más que el justificativo del hombre que cela la suerte de un colega y no puede soportar no ser él quien goce de las beldades de la divinidad femenina que en la ocasión embeleza su mirada.
Cuando salíamos del bar, pasé por al lado de la mesa de los tórtolos, quienes seguían castigándose, ahora más con arrumacos que con pasionales besos. Miré al flaco de camisa negra y pelo hediondo y pensé “Aplauso, medalla y beso para el boludo este”.
Pero ahí fue que advertí mi error. Basta. Basta con ello, viejo. Todo es envidia. Para cualquier tipo, el hombre que acompañe a una mina que esta buena va a ser un boludo. Inevitablemente. Porque el único flaco que no será un boludo junto a ella, será él mismo…aunque irremediablemente un boludo para el resto de los mortales masculinos, dejando irresoluto el conflicto en un verdadero círculo vicioso.
En definitiva, la mencionada norma no es más que el justificativo del hombre que cela la suerte de un colega y no puede soportar no ser él quien goce de las beldades de la divinidad femenina que en la ocasión embeleza su mirada.
Cuando salíamos del bar, pasé por al lado de la mesa de los tórtolos, quienes seguían castigándose, ahora más con arrumacos que con pasionales besos. Miré al flaco de camisa negra y pelo hediondo y pensé “Aplauso, medalla y beso para el boludo este”.
lunes, 4 de febrero de 2008
Contradicción
El Viernes fui a comer con dos amigos a un restaurante ubicado en el hipódromo de Palermo. Se podía ver gente de importante nivel adquisitivo: autos deportivos foraneos en el estacionamiento, buenas pilchas, mucho dinero...la "gente linda", como dicen.
Mientras esperaba mi mesa para poder probar las recomendadas costillas de cerdo pude ver en la barra, hablando por celular, al baterista de Ataque 77 tomando algo.
No pude evitar recordar este párrafo de uno de los últimos cortes de difusión de la banda:
Mientras esperaba mi mesa para poder probar las recomendadas costillas de cerdo pude ver en la barra, hablando por celular, al baterista de Ataque 77 tomando algo.
No pude evitar recordar este párrafo de uno de los últimos cortes de difusión de la banda:
“...Entonces veo a esa gente que tiene de sobra y siempre quiere mas
con sus autos se llevan el mundo por delante hablando por celular
y que teniendo asegurado el porvenir no paran de robar
a esos señores les quiero gritar
¿Que es lo que esta pasando por acá?...”.
con sus autos se llevan el mundo por delante hablando por celular
y que teniendo asegurado el porvenir no paran de robar
a esos señores les quiero gritar
¿Que es lo que esta pasando por acá?...”.
Imagino que una persona puede ir a comer adonde se le cante, pero que lo haga en aquellos lugares frecuentados justamente por aquellos a los que tanto critica me suena a hipocresía.
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viernes, 1 de febrero de 2008
Buenos Aires
Buenos Aires tiene los ojos ciegos. Oscurecidos por las noches de vigilia y combate. Tiene el rostro arrugado y húmedo de tanto ocultarse entre la niebla de sus callejones. Se esconde de las miradas curiosas que la miran cuando camina, o se mueve en algún recóndito rincón de sus guaridas violentas. La tensión por la muerte la llama y ella culposa sale a buscarla. Entre la niebla. En lo oscuro. En el sudor y en sus escondites. Se escapa de quienes la buscan. La persiguen con sus costumbres, con sus tradiciones, ritos y normas. Se quiere liberar. Lo busca. A veces lo hace. Otras solo se arrepiente. Buenos Aires ahora camina trémula por la mañana. Cansada. Asustada y pensativa. Sus callejones la han lastimado otra vez. Tardará en recuperarse. En caminar erguida nuevamente. Lo hará seguramente. Hasta que la noche y sus oscuros retiros vuelvan a llamarla con la voz infame de los que solo quieren lo prohibido.
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miércoles, 30 de enero de 2008
Brasil
Vuelto de mis vacaciones, algunas conclusiones del pueblo carioca:
1. Admiro la desinhibición de los negros: gordas y flacas usando tangas. “Bulteros” y “Maniseros”, feos y lindos, usando zungas. A nadie le importa. Nadie mira. Cada uno es feliz como es y no existe el complejo físico. Obvio, me compré una zunga...
2. No hay nadie mejor para servir cerveza como los brasileros. Siempre en el punto justo. Y tampoco se calienta. Tienen “termos”, donde va la botella, que mantiene la bebida en su punto justo. Ideal. Son testigo de mi constante ingesta "birriquitinera" los 5 kilos de mas que me traje del país del norte.
3. Otra: todos los bondis te paran en cualquier lado, si solo le levantas la mano. Anda a meterle la mano al 60 en una esquina que no corresponde: te lleva gratis hasta Tigre.
4. Sépanlo: jamás vamos a superar a los “grones” jugando al fútbol. Playa a la que vayas hay canchas y canchas de fútbol atiborradas de gente practicando el deporte (Copacabana en Río es un ejemplo) . Incluso presencié partidos en donde participaban mujeres que se la podrían pisar al defensor mas aguerrido del fútbol argentino.
5. Una estadística que me llenó de orgullo: A lo largo de los diez días que estuve en Buzios, observé 9 camisetas de Boca (dos de los cuales eran brasileros), 2 de River, 1 de Racing, 1 de San Lorenzo y 1 de Independiente. Otro dato del mismo tipo: fui al Maracaná y el ascensorista me dijo algo que la guía tradujo como “Te esta diciendo que a la Bombonera le tienen mucho miedo”.
En fin, no es ningún secreto que no me simpatizan los brasileros, pero la verdad debe decirse y en muchos aspectos (otros, además de los arriba señalados) su vida es más interesante que la nuestra.
1. Admiro la desinhibición de los negros: gordas y flacas usando tangas. “Bulteros” y “Maniseros”, feos y lindos, usando zungas. A nadie le importa. Nadie mira. Cada uno es feliz como es y no existe el complejo físico. Obvio, me compré una zunga...
2. No hay nadie mejor para servir cerveza como los brasileros. Siempre en el punto justo. Y tampoco se calienta. Tienen “termos”, donde va la botella, que mantiene la bebida en su punto justo. Ideal. Son testigo de mi constante ingesta "birriquitinera" los 5 kilos de mas que me traje del país del norte.
3. Otra: todos los bondis te paran en cualquier lado, si solo le levantas la mano. Anda a meterle la mano al 60 en una esquina que no corresponde: te lleva gratis hasta Tigre.
4. Sépanlo: jamás vamos a superar a los “grones” jugando al fútbol. Playa a la que vayas hay canchas y canchas de fútbol atiborradas de gente practicando el deporte (Copacabana en Río es un ejemplo) . Incluso presencié partidos en donde participaban mujeres que se la podrían pisar al defensor mas aguerrido del fútbol argentino.
5. Una estadística que me llenó de orgullo: A lo largo de los diez días que estuve en Buzios, observé 9 camisetas de Boca (dos de los cuales eran brasileros), 2 de River, 1 de Racing, 1 de San Lorenzo y 1 de Independiente. Otro dato del mismo tipo: fui al Maracaná y el ascensorista me dijo algo que la guía tradujo como “Te esta diciendo que a la Bombonera le tienen mucho miedo”.
En fin, no es ningún secreto que no me simpatizan los brasileros, pero la verdad debe decirse y en muchos aspectos (otros, además de los arriba señalados) su vida es más interesante que la nuestra.
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miércoles, 16 de enero de 2008
Distinto
Pienso ser una persona distinta.
Distinta al que gruñe, al que se putea.
Distinto del que se cansa, el que flaquea.
Diferente al que madruga o al que se aburre.
Otro del que se tensa, del que se encrespa.
No voy a pensar en el trabajo ni trabajar en pensar.
Voy a tomarme todo con calma, voy a tomarme todo:
Mis vacaciones, el sol, la luz, la energía y el mar.
Me voy a Brasil. Hasta la vuelta…
Y ahí veremos si sigo siendo el que gruñe, el que putea,
El que madruga, el que flaquea.
Distinta al que gruñe, al que se putea.
Distinto del que se cansa, el que flaquea.
Diferente al que madruga o al que se aburre.
Otro del que se tensa, del que se encrespa.
No voy a pensar en el trabajo ni trabajar en pensar.
Voy a tomarme todo con calma, voy a tomarme todo:
Mis vacaciones, el sol, la luz, la energía y el mar.
Me voy a Brasil. Hasta la vuelta…
Y ahí veremos si sigo siendo el que gruñe, el que putea,
El que madruga, el que flaquea.
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martes, 15 de enero de 2008
¿Quién es Fausto Rudel?
Fausto Rudel nació en la localidad de Arroyo Corto, Provincia de Buenos Aires, el día 6 de Febrero de 1960. Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Bahía Blanca, vive actualmente en la ciudad de Puán, donde se dedica a la administración agropecuaria. Allí, en la inmensidad de la pampa argentina, es donde este personaje escribe sus poemas y vive su pasatiempos.
Quizás por timidez o la carencia de acceso a Internet, es que este personaje acude a quien suscribe para que publique sus trabajos y exponga sus emociones.
Desde aquí -en parte porque lo disfrutamos, en parte porque es un familiar-, hacemos honor a dicho petitorio y ofrecemos el espacio pertinente para que el poeta alemán dé luz a sus antiguas y recientes creaciones.
Creo haber aclarado la cuestión.
Quizás por timidez o la carencia de acceso a Internet, es que este personaje acude a quien suscribe para que publique sus trabajos y exponga sus emociones.
Desde aquí -en parte porque lo disfrutamos, en parte porque es un familiar-, hacemos honor a dicho petitorio y ofrecemos el espacio pertinente para que el poeta alemán dé luz a sus antiguas y recientes creaciones.
Creo haber aclarado la cuestión.
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Las mañanas
Es inútil, lo he intentado. No puedo expresarlo,
En palabras por lo menos. No me es suficiente,
Decir alguna metáfora, que lo intente explicar.
Vanamente.
No tiene traducción, ni relato posible.
Puede describirse, pero no darle justicia.
Es amor, paz, pasión, felicidad, lujuria.
Tu piel parece más suave,
Y tus ojos no quieren despertar.
El olor de tus mañanas y la frescura de tu rostro.
Tus pelos algo violentos y la respiración apacible.
Si te toco, si te abrazo, tus sonidos son mayor tentación.
Me baño, me visto, desayuno y salgo a trabajar.
Un poco más de todo los días para volver a vivir,
Algunas horas más de vos, tu piel y ese sentimiento.
Fausto Rudel.
En palabras por lo menos. No me es suficiente,
Decir alguna metáfora, que lo intente explicar.
Vanamente.
No tiene traducción, ni relato posible.
Puede describirse, pero no darle justicia.
Es amor, paz, pasión, felicidad, lujuria.
Tu piel parece más suave,
Y tus ojos no quieren despertar.
El olor de tus mañanas y la frescura de tu rostro.
Tus pelos algo violentos y la respiración apacible.
Si te toco, si te abrazo, tus sonidos son mayor tentación.
Me baño, me visto, desayuno y salgo a trabajar.
Un poco más de todo los días para volver a vivir,
Algunas horas más de vos, tu piel y ese sentimiento.
Fausto Rudel.
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lunes, 14 de enero de 2008
viernes, 11 de enero de 2008
Tatuajes
Estuve leyendo algunas cosas sobre los tatuajes. En primer lugar, me llamó la atención la definición psicológica del mismo: “una manifestación masoquista de pertenecencia a un grupo”. Aparentemente, este propósito de inclusión sectorial se da incluso cuando el sujeto tatuado desconoce a que grupo quiere pertenecer.
En segundo lugar, pude dar cuenta de ciertas figuras históricas que decidieron adornar su piel con algún motivo. Por ejemplo, Jorge V, Rey de Inglaterra, Nicolás II, zar de Rusia o John F. Kennedy, Presidente de EUA, lo hicieron en su momento.
¿Quién hubiese imaginado que Thomas Alva Edison (si, si, el que inventó la bombilla de luz y el fonógrafo) tenía tatuado en su antebrazo izquierdo cinco puntos – como en los dados? Sabido es que, actualmente, ese es el tatuaje que comúnmente se hacen los presidiarios.
El mismísimo Winston Churchill, primer ministro británico y gran protagonista de la Segunda Guerra Mundial, tenía un ancla en uno de sus brazos, al mejor estilo Popeye.
Por último, me enteré que hoy en día no es tan difícil remover un diseño: para suprimir totalmente un tatuaje se utiliza un laser (los más adecuados son de Alejandrita, de Rubí o el ND-YAG, que actúan directamente sobre el pigmento sin producir lesiones en la piel). Aparentemente, basta con 3 o 4 sesiones para la desaparición total del dibujo. La sesión de tratamiento dura unos pocos minutos, siendo sus impactos algo molestos aunque no dolorosos.
La verdad es que se me han caído algunos mitos. ¿Alguien sabe donde puedo conseguir un buen diseño de la Cruz del Sur?
En segundo lugar, pude dar cuenta de ciertas figuras históricas que decidieron adornar su piel con algún motivo. Por ejemplo, Jorge V, Rey de Inglaterra, Nicolás II, zar de Rusia o John F. Kennedy, Presidente de EUA, lo hicieron en su momento.
¿Quién hubiese imaginado que Thomas Alva Edison (si, si, el que inventó la bombilla de luz y el fonógrafo) tenía tatuado en su antebrazo izquierdo cinco puntos – como en los dados? Sabido es que, actualmente, ese es el tatuaje que comúnmente se hacen los presidiarios.
El mismísimo Winston Churchill, primer ministro británico y gran protagonista de la Segunda Guerra Mundial, tenía un ancla en uno de sus brazos, al mejor estilo Popeye.
Por último, me enteré que hoy en día no es tan difícil remover un diseño: para suprimir totalmente un tatuaje se utiliza un laser (los más adecuados son de Alejandrita, de Rubí o el ND-YAG, que actúan directamente sobre el pigmento sin producir lesiones en la piel). Aparentemente, basta con 3 o 4 sesiones para la desaparición total del dibujo. La sesión de tratamiento dura unos pocos minutos, siendo sus impactos algo molestos aunque no dolorosos.
La verdad es que se me han caído algunos mitos. ¿Alguien sabe donde puedo conseguir un buen diseño de la Cruz del Sur?
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El Subte (...o una historia común)
Se sentó en el asiento más cercano a la puerta. Hacía calor – siempre hace calor en el subte – por lo que solo quería llegar a su casa y poder sacarse el uniforme del trabajo. Durante dos o tres paradas, Marcos solo se dedicó a mirar a la nada – como hace toda la gente que viaja en subte – y decidir que podría cenar.
En Tribunales se subió ella. Curiosamente, los asientos no estaban todos ocupados – después de 9 de Julio, a esa hora, generalmente es imposible conseguir uno – y se sentó frente a él. Josefina lucía una pollera de esas telas “finitas” – él jamás podría recordar el nombre preciso – color pastel – él diría “clarito” – y una remera blanca que, si bien no dejaba ver mucho, le marcaba la figura.
Rubia, de pelo ondulado y ojos de un verde casi transparente, fueron suficientes para que Marcos se olvide de su cena y deje de mirar a la nada. Le clavó sus ojos y pensó “increíble”.
Josefina tardó un poco más en notar a Marcos. Si bien, por una cuestión de seguridad, no era de mirar – sobre todo en transportes públicos – aquel castaño de pelo corto, traje y facciones duras que la estaba mirando, le llamó la atención.
Cuando Marcos advirtió que ella había dado cuenta de su indiscreción, notó que él estaba con la boca abierta y sin dejar de posar sus ojos sobre ella. Inmediatamente bajó la vista. “¡¡¡Que cagón que soy, por Dios!!!”. Ella advirtió la timidez de Marcos y agradeció en cierta forma que sea así. “Me gusta”, pensó.
De a ratos, Marcos levantaba la mirada para ir descubriendo de a poco sus detalles. Se le fueron revelando, en cuotas, sus piernas, sus manos…el pelo…sus ojos. Pensó que los dedos de sus pies le provocaban deseos de mordérselos. Los creyó la cosa más dulce del mundo. Se convenció finalmente que esa mujer iba a quedar en su mente por varios días.
Enfrente, Josefina también tímida, cada tanto le contestaba las miradas, procurando darle pie a una sonrisa o a algún gesto de accesibilidad. Marcos la hacía sentir tranquila. Tenía en los ojos el reflejo de una personalidad calmada, dulce, inteligente. Se dejó llevar por ese pensamiento.
En Pueyrredón, un par de chicas se pararon en el medio de ellos, y durante unos minutos, ambos sintieron una angustia que los sorprendió. “Se va a ir y no le di chance a que me hable” pensó Josefina. “¿Viste que sos un cagón? Ahora se te va a ir y no le dijiste nada”, pensó él.
En Agüero las chicas consiguieron asiento y al hacerlo, sus miradas se encontraron apuradas. Sin dudarlo, Marcos sonrió. Ella también, bajando la vista. Ahí notó sus dedos sin pintar. Se preocupó por el estado de su pelo – las mujeres siempre acusan a la humedad – y que no estaba maquillada.
Al ver la respuesta de ella, Marcos se sintió en un apuro. “¿Y ahora?”, pensó. “¿Qué carajo hago?”. La angustia se alojó instantáneamente entre su garganta y su pecho. Sus manos transpiraban. Pensó que tenía que decir algo. O hacer un gesto. Cualquier cosa. Pero inteligente. No podía comenzar la charla con aquella divinidad diciendo “¡Que linda que sos!” o algo que lo haga parecer un “chamuyero” – él no lo era -. Se empezó a ahogar en su propio apuro. Estaban en Palermo.
Josefina lo seguía mirando. Se dio cuenta que Marcos subía y bajaba la mirada, nervioso, buscando el siguiente paso. “Decime algo, cualquier cosa”, pensó. Estuvo a punto de preguntarle la hora como para que él se anime luego a algún comentario sobre el calor o lo que sea. Su idea no era irse del subte con él – no era ese tipo de chica -, pero si darle el teléfono o la dirección de mail del trabajo. Cuando estaba a punto de señalarle el reloj – a pesar que el cartel del vagón que indica la hora tiene uno digital de considerable tamaño – la invadió un pensamiento que la hizo retroceder: “¿Y si piensa que soy una atorranta? ¿Y si cree que me puede llevar a la cama así nomás y después no me toma en serio? ¿Y si solo, después, va a querer eso?”.
Cuando estaban saliendo de Olleros, el vagón casi quedó vacío. Solo cinco personas los acompañaban, lo que hizo animar a Marcos. “Quizás en la próxima parada esta gente baje y ante la soledad me anime con algún comentario”, se alentó. Después pensó que la soledad con un hombre desconocido la podría asustar, o peor aún, quizás ella se bajaba en la siguiente estación. Vivió aquel minuto hasta José Hernández con angustia. “¿Y si se baja?...me bajo yo también”, pensó él. “Después camino hasta Congreso, no me importa”. Pero después se imaginó hablándole sobre el hombro, ya caminando por Cabildo y no le gustó la idea que ella piense que la estaban siguiendo, acosando.
Se encontraban llegando a José Hernández y Josefina no amagaba con levantarse. Marcos sintió que era en ese momento o nunca. La boca se le secó inmediatamente y por un instante pensó que iba a tener valor. Tragó saliva y decidió que iba a decir algo sobre el calor – a esa altura ya no le importaba que el comentario fuera inteligente…le bastaba con que fuera un comentario -. Parados sobre la plataforma de la estación, y cuando estaba por abrir la boca, se escuchó el timbre de los altoparlantes decir “Metrovías informa que, por motivos de seguridad, se encuentra cerrada la estación Juramento. Todos los pasajeros deben abandonar la formación. Sepan disculpar las molestias”.
“Naaaaaa ¡La puta que te parió!” dijo Marcos para si. Cuando volvió su rostro, Josefina ya se había levantado y estaba por salir del vagón. Marcos se levantó apurado, lo que lo hizo tropezar con la gente que caminaba por el andén. Buscó con la vista a Josefina y la vio en la mitad de la escalera mecánica. Escuchó que en sus espaldas alguien decía “Parece que en Juramento hay un procedimiento de drogas”. Volvió a maldecir su suerte. “Soy un boludo”, se recriminó después. “Un cagón”, insistió.
Mientras ella terminaba de salir de la estación, ya incorporada sobre Cabildo, pensó “Hubiese bastado un Hola”. El optó por tranquilizarse con un “Después de todo…¿quién se levanta una mina en un subte?”.
En Tribunales se subió ella. Curiosamente, los asientos no estaban todos ocupados – después de 9 de Julio, a esa hora, generalmente es imposible conseguir uno – y se sentó frente a él. Josefina lucía una pollera de esas telas “finitas” – él jamás podría recordar el nombre preciso – color pastel – él diría “clarito” – y una remera blanca que, si bien no dejaba ver mucho, le marcaba la figura.
Rubia, de pelo ondulado y ojos de un verde casi transparente, fueron suficientes para que Marcos se olvide de su cena y deje de mirar a la nada. Le clavó sus ojos y pensó “increíble”.
Josefina tardó un poco más en notar a Marcos. Si bien, por una cuestión de seguridad, no era de mirar – sobre todo en transportes públicos – aquel castaño de pelo corto, traje y facciones duras que la estaba mirando, le llamó la atención.
Cuando Marcos advirtió que ella había dado cuenta de su indiscreción, notó que él estaba con la boca abierta y sin dejar de posar sus ojos sobre ella. Inmediatamente bajó la vista. “¡¡¡Que cagón que soy, por Dios!!!”. Ella advirtió la timidez de Marcos y agradeció en cierta forma que sea así. “Me gusta”, pensó.
De a ratos, Marcos levantaba la mirada para ir descubriendo de a poco sus detalles. Se le fueron revelando, en cuotas, sus piernas, sus manos…el pelo…sus ojos. Pensó que los dedos de sus pies le provocaban deseos de mordérselos. Los creyó la cosa más dulce del mundo. Se convenció finalmente que esa mujer iba a quedar en su mente por varios días.
Enfrente, Josefina también tímida, cada tanto le contestaba las miradas, procurando darle pie a una sonrisa o a algún gesto de accesibilidad. Marcos la hacía sentir tranquila. Tenía en los ojos el reflejo de una personalidad calmada, dulce, inteligente. Se dejó llevar por ese pensamiento.
En Pueyrredón, un par de chicas se pararon en el medio de ellos, y durante unos minutos, ambos sintieron una angustia que los sorprendió. “Se va a ir y no le di chance a que me hable” pensó Josefina. “¿Viste que sos un cagón? Ahora se te va a ir y no le dijiste nada”, pensó él.
En Agüero las chicas consiguieron asiento y al hacerlo, sus miradas se encontraron apuradas. Sin dudarlo, Marcos sonrió. Ella también, bajando la vista. Ahí notó sus dedos sin pintar. Se preocupó por el estado de su pelo – las mujeres siempre acusan a la humedad – y que no estaba maquillada.
Al ver la respuesta de ella, Marcos se sintió en un apuro. “¿Y ahora?”, pensó. “¿Qué carajo hago?”. La angustia se alojó instantáneamente entre su garganta y su pecho. Sus manos transpiraban. Pensó que tenía que decir algo. O hacer un gesto. Cualquier cosa. Pero inteligente. No podía comenzar la charla con aquella divinidad diciendo “¡Que linda que sos!” o algo que lo haga parecer un “chamuyero” – él no lo era -. Se empezó a ahogar en su propio apuro. Estaban en Palermo.
Josefina lo seguía mirando. Se dio cuenta que Marcos subía y bajaba la mirada, nervioso, buscando el siguiente paso. “Decime algo, cualquier cosa”, pensó. Estuvo a punto de preguntarle la hora como para que él se anime luego a algún comentario sobre el calor o lo que sea. Su idea no era irse del subte con él – no era ese tipo de chica -, pero si darle el teléfono o la dirección de mail del trabajo. Cuando estaba a punto de señalarle el reloj – a pesar que el cartel del vagón que indica la hora tiene uno digital de considerable tamaño – la invadió un pensamiento que la hizo retroceder: “¿Y si piensa que soy una atorranta? ¿Y si cree que me puede llevar a la cama así nomás y después no me toma en serio? ¿Y si solo, después, va a querer eso?”.
Cuando estaban saliendo de Olleros, el vagón casi quedó vacío. Solo cinco personas los acompañaban, lo que hizo animar a Marcos. “Quizás en la próxima parada esta gente baje y ante la soledad me anime con algún comentario”, se alentó. Después pensó que la soledad con un hombre desconocido la podría asustar, o peor aún, quizás ella se bajaba en la siguiente estación. Vivió aquel minuto hasta José Hernández con angustia. “¿Y si se baja?...me bajo yo también”, pensó él. “Después camino hasta Congreso, no me importa”. Pero después se imaginó hablándole sobre el hombro, ya caminando por Cabildo y no le gustó la idea que ella piense que la estaban siguiendo, acosando.
Se encontraban llegando a José Hernández y Josefina no amagaba con levantarse. Marcos sintió que era en ese momento o nunca. La boca se le secó inmediatamente y por un instante pensó que iba a tener valor. Tragó saliva y decidió que iba a decir algo sobre el calor – a esa altura ya no le importaba que el comentario fuera inteligente…le bastaba con que fuera un comentario -. Parados sobre la plataforma de la estación, y cuando estaba por abrir la boca, se escuchó el timbre de los altoparlantes decir “Metrovías informa que, por motivos de seguridad, se encuentra cerrada la estación Juramento. Todos los pasajeros deben abandonar la formación. Sepan disculpar las molestias”.
“Naaaaaa ¡La puta que te parió!” dijo Marcos para si. Cuando volvió su rostro, Josefina ya se había levantado y estaba por salir del vagón. Marcos se levantó apurado, lo que lo hizo tropezar con la gente que caminaba por el andén. Buscó con la vista a Josefina y la vio en la mitad de la escalera mecánica. Escuchó que en sus espaldas alguien decía “Parece que en Juramento hay un procedimiento de drogas”. Volvió a maldecir su suerte. “Soy un boludo”, se recriminó después. “Un cagón”, insistió.
Mientras ella terminaba de salir de la estación, ya incorporada sobre Cabildo, pensó “Hubiese bastado un Hola”. El optó por tranquilizarse con un “Después de todo…¿quién se levanta una mina en un subte?”.
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miércoles, 9 de enero de 2008
Crónicas de una muerte anunciada
Luego de haber dormido muy mal en el destartalado colectivo de “El Condor – La Estrella” – incluyendo la rotura del micro en medio de la nada a las cuatro de la mañana con espera posterior en la Terminal de Coronel Suarez para que nos pase a buscar otro bondi – llegué a Pigüe el lunes a la mañana.
Algo aturdido por el despertar repentino y cegado por el sol matutino, casi me llevé por delante a mi tío Alberto. Hombre de campo, con una dicción propia de dicha gente y expresiones del tipo “no-ziii”, viajamos directo a la casa velatoria, donde yacía el cuerpo de quien en vida fuera mi abuela Carolina, la madre de mi viejo.
Entrado en el salón, fui saludado con el pésame – como fue ocurriendo durante toda la mañana – por gente muy parecida – alemanes del Volga - pero desconocida para mi. “Te acompaño en el sentimiento”, me decían. “Muchas gracias” respondía yo sintiéndome ajeno a aquella salutación.
Entre esos saludos, encontré a mis tíos y primos, quienes se encontraban acongojados, como naturalmente se está en momentos de ese tipo.
Confieso que no me animé a ingresar a la sala donde yacía mi abuela. Opté por permanecer en la puerta y pedir por su alma. Recuerdo que me llamó la atención su estado. Esperaba descubrir – para se mi primera experiencia con una persona fallecida – un rostro más pálido y una cara más lúgubre. En varias ocasiones me encontré a mi mismo, mirando hacía su estómago para ver si podía advertir algún movimiento en el cuerpo de mi abuela que me confirme efectivamente que se encontraba durmiendo.
Un rato después llegó mi viejo al velatorio, procedente del sur. Lo recibí en la puerta del edificio, dándole un gran abrazo de consuelo. Luego de ello, lo dirigí hacia su encuentro con su madre, para que pueda hacer la despedida propia de un hijo.
Como durante toda la tarde, preferí seguir a mi viejo desde cerca - no encima-, lo suficiente como para advertir si su corazón deteriorado le jugaba una mala pasada. Soy, por otro lado, de los que piensan que en esas circunstancias no es conveniente sobre excitar a los que sufren su congoja. Ellos solos se acercarán a uno si necesitan consuelo. Es suficiente, pienso, con hacer notar presencia y disposición para el desahogo.
Seguramente por mi volumen físico, más que por mi relación con mi difunta abuela, fui sindicado para tomar una de las manijas del féretro cuando fue iniciado el cortejo hacía la Iglesia. Igualmente sucedió luego, cuando hubo que trasladar el cajón hacía el cementerio de Espartillar.
En ese camino, pasé por muchos lugares que dispararon los recuerdos de mi infancia y juventud: los veranos y vacaciones en casa de mis abuelos maternos, residentes de dicha localidad. La casa del abuelo Enrique, el almacén, la plaza, las piedras que componían las calles que servían de objeto para cargar mi gomera, la casa del “Rengo” Batista, el camino hacia el campo del abuelo, etc.
Una vez en el cementerio, pude pensar mis últimas palabras de despedida hacia mi abuela, una persona buena, sacrificada por su familia, de dicción graciosa por sus orígenes germanos y muy querida por su familia. Recordé en ese momento todos aquellos almuerzos y cenas que habíamos compartido: el menú generalmente era asado al horno con papas. Tuve un par de sonrisas por esos pensamientos.
Mientras descargaban con palas la tierra sobre el pozo, me pareció algo lindo arrojarle uno de los claveles de las coronas que encabezaban la procesión.
No pude dejar de identificarme durante toda la mañana con el tío Rogelio, quien como yo, es el hijo menor de su familia. Diría que mirar su llanto incontenible, por momentos profundo y desgarrador, fue más doliente aún que ver el cuerpo inerte de mi abuela. Pensé en mi familia, en mi madre, en la salud de mi viejo, mi cariño hacía ellos, el día que no estén y el dolor que voy a sentir. Ver a Rogelio alejado del pozo donde enterraban a su madre, llorando desconsolado como un borrego huérfano – a pesar de sus 57 años -, hizo que por primera vez en toda la mañana que sienta ganas de llorar.
Luego de ello, nos alejamos del cementerio y de la Espartillar querida. Volvimos a Pigüe donde compartimos un almuerzo con tíos y primos, en donde se recordó a la abuela y se trató de dar consuelo mutuo.
Mi viejo volvió al sur a media tarde y yo esperé un par de horas más en casa de mi tía Angélica para tomar el raído colectivo del “Condor - La Estrella”. Una mesa en la vereda, cada uno con su silla, tomando cerveza y comiendo picada, mirando a los autos y transeúntes pasar, charlando de todo un poco, fue una buena manera de compartir un buen momento con familiares algo perdidos.
Ya en el maldito “bondi” me alejé de Pigüe en busca de la rutina que había dejado en Buenos Aires. Sentado a lo largo de dos asientos, con “Road Trippin” de Red Hot Chilli Pepper - entre otros temas lentos de la misma banda, como "My Friends" y "Under The Bridge" -, mirando el atardecer sobre las sierras que más allá cobijan a Sierra de la Ventana, me di cuenta que no había sido un día del todo triste. Mi abuela había dejado de sufrir aquel padecimiento cancerígeno, y miles de recuerdos y reencuentros habían hecho de aquel viaje una bella experiencia. Me descubrí pensando, entonces, que la vida es una sola y es hermosa si aprendemos a descubrirla.
Algo aturdido por el despertar repentino y cegado por el sol matutino, casi me llevé por delante a mi tío Alberto. Hombre de campo, con una dicción propia de dicha gente y expresiones del tipo “no-ziii”, viajamos directo a la casa velatoria, donde yacía el cuerpo de quien en vida fuera mi abuela Carolina, la madre de mi viejo.
Entrado en el salón, fui saludado con el pésame – como fue ocurriendo durante toda la mañana – por gente muy parecida – alemanes del Volga - pero desconocida para mi. “Te acompaño en el sentimiento”, me decían. “Muchas gracias” respondía yo sintiéndome ajeno a aquella salutación.
Entre esos saludos, encontré a mis tíos y primos, quienes se encontraban acongojados, como naturalmente se está en momentos de ese tipo.
Confieso que no me animé a ingresar a la sala donde yacía mi abuela. Opté por permanecer en la puerta y pedir por su alma. Recuerdo que me llamó la atención su estado. Esperaba descubrir – para se mi primera experiencia con una persona fallecida – un rostro más pálido y una cara más lúgubre. En varias ocasiones me encontré a mi mismo, mirando hacía su estómago para ver si podía advertir algún movimiento en el cuerpo de mi abuela que me confirme efectivamente que se encontraba durmiendo.
Un rato después llegó mi viejo al velatorio, procedente del sur. Lo recibí en la puerta del edificio, dándole un gran abrazo de consuelo. Luego de ello, lo dirigí hacia su encuentro con su madre, para que pueda hacer la despedida propia de un hijo.
Como durante toda la tarde, preferí seguir a mi viejo desde cerca - no encima-, lo suficiente como para advertir si su corazón deteriorado le jugaba una mala pasada. Soy, por otro lado, de los que piensan que en esas circunstancias no es conveniente sobre excitar a los que sufren su congoja. Ellos solos se acercarán a uno si necesitan consuelo. Es suficiente, pienso, con hacer notar presencia y disposición para el desahogo.
Seguramente por mi volumen físico, más que por mi relación con mi difunta abuela, fui sindicado para tomar una de las manijas del féretro cuando fue iniciado el cortejo hacía la Iglesia. Igualmente sucedió luego, cuando hubo que trasladar el cajón hacía el cementerio de Espartillar.
En ese camino, pasé por muchos lugares que dispararon los recuerdos de mi infancia y juventud: los veranos y vacaciones en casa de mis abuelos maternos, residentes de dicha localidad. La casa del abuelo Enrique, el almacén, la plaza, las piedras que componían las calles que servían de objeto para cargar mi gomera, la casa del “Rengo” Batista, el camino hacia el campo del abuelo, etc.
Una vez en el cementerio, pude pensar mis últimas palabras de despedida hacia mi abuela, una persona buena, sacrificada por su familia, de dicción graciosa por sus orígenes germanos y muy querida por su familia. Recordé en ese momento todos aquellos almuerzos y cenas que habíamos compartido: el menú generalmente era asado al horno con papas. Tuve un par de sonrisas por esos pensamientos.
Mientras descargaban con palas la tierra sobre el pozo, me pareció algo lindo arrojarle uno de los claveles de las coronas que encabezaban la procesión.
No pude dejar de identificarme durante toda la mañana con el tío Rogelio, quien como yo, es el hijo menor de su familia. Diría que mirar su llanto incontenible, por momentos profundo y desgarrador, fue más doliente aún que ver el cuerpo inerte de mi abuela. Pensé en mi familia, en mi madre, en la salud de mi viejo, mi cariño hacía ellos, el día que no estén y el dolor que voy a sentir. Ver a Rogelio alejado del pozo donde enterraban a su madre, llorando desconsolado como un borrego huérfano – a pesar de sus 57 años -, hizo que por primera vez en toda la mañana que sienta ganas de llorar.
Luego de ello, nos alejamos del cementerio y de la Espartillar querida. Volvimos a Pigüe donde compartimos un almuerzo con tíos y primos, en donde se recordó a la abuela y se trató de dar consuelo mutuo.
Mi viejo volvió al sur a media tarde y yo esperé un par de horas más en casa de mi tía Angélica para tomar el raído colectivo del “Condor - La Estrella”. Una mesa en la vereda, cada uno con su silla, tomando cerveza y comiendo picada, mirando a los autos y transeúntes pasar, charlando de todo un poco, fue una buena manera de compartir un buen momento con familiares algo perdidos.
Ya en el maldito “bondi” me alejé de Pigüe en busca de la rutina que había dejado en Buenos Aires. Sentado a lo largo de dos asientos, con “Road Trippin” de Red Hot Chilli Pepper - entre otros temas lentos de la misma banda, como "My Friends" y "Under The Bridge" -, mirando el atardecer sobre las sierras que más allá cobijan a Sierra de la Ventana, me di cuenta que no había sido un día del todo triste. Mi abuela había dejado de sufrir aquel padecimiento cancerígeno, y miles de recuerdos y reencuentros habían hecho de aquel viaje una bella experiencia. Me descubrí pensando, entonces, que la vida es una sola y es hermosa si aprendemos a descubrirla.
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jueves, 3 de enero de 2008
Leonardo y Lorena
Leonardo la miró. Volvió a pensar – como lo había hecho antes de desvestirla – que era hermosa. Besó sus labios culposos. Trató de tranquilizarla con la mirada, ya que el pánico se había apropiado de sus facciones.
El frío de la oscura galería del Convento y el olor a incienso había puesto a Lorena nuevamente en su lugar, y con ello, el remordimiento por haber caído en la tentación que suponía para ella el cuerpo de su compañero de clausura.
Leonardo tomó las ropas de Lorena y la ayudó a vestirse, mientras ella trataba de ubicar con la vista la capelina celeste. Leonardo todavía estaba vestido solo con sus medias de fibra color azul marino.
En el movimiento ocular que ella realizaba en busca de túnica, reposó en el miembro de Leonardo, y nuevamente la culpa golpeo su pecho. Se recriminó no haber aguantado la excitación y llevarlo hasta la galería por medio de excusas.
La decisión de dejar los votos ya había sido tomada por ambos hace unas semanas, pero se habían prometido no tener contacto hasta tanto cada uno de ellos dé la noticia a sus superiores. Si bien estaban dispuestos a abandonar la vida religiosa que habían elegido, habían decidido respetar su elección religiosa hasta el día en que hayan renunciado a los mismos.
En ese momento, Leonardo inclinó su cabeza y besó las mejillas de ella, quien ya había recogido su capelina celeste. Susurró un “te amo” en su mejilla y se dio la vuelta para vestirse con la sotana negra. La espalda de Leonardo daba cuentas de la pasión y uñas de Lorena, quien al verlas sintió vergüenza por haberse dejado llevar de aquella forma.
- “Tenes que perdonarme” le imploró al sacerdote, “no fui yo quien te provocó esas lastimaduras”.
- “Espero que estés equivocada”, respondió él a la monja, “ya que es esa mujer a quien quiero entre mis sábanas”.
- Pero vos vas a dejar tus hábitos por quien soy interiormente. Esta parte solo la acabas de conocer.
- Es verdad, pero si de sexo poco conozco, lo he hecho a través de las confesiones de nuestra gente, y si hay algo que veo sanamente, es la pasión de quienes se aman de esa forma.
Lorena arrojó nuevamente su capelina, junto con la túnica que tenía Leonardo entre las manos. Lo tomó de su cuello e hundió su lengua dentro de la boca de su amante. Él la tomó de sus muslos y la hincó sobre sus caderas, mientras pretendía levantarle la falda. Ella se abrazó de su cuello y él le arropó la espalda con sus brazos.
La siguiente mañana ambos pidieron adelantar sus entrevistas con los padres superiores.
(NdA: Dedicado a mi gran amigo "Manzana", quien ha inspirado esta historia con la suya).
El frío de la oscura galería del Convento y el olor a incienso había puesto a Lorena nuevamente en su lugar, y con ello, el remordimiento por haber caído en la tentación que suponía para ella el cuerpo de su compañero de clausura.
Leonardo tomó las ropas de Lorena y la ayudó a vestirse, mientras ella trataba de ubicar con la vista la capelina celeste. Leonardo todavía estaba vestido solo con sus medias de fibra color azul marino.
En el movimiento ocular que ella realizaba en busca de túnica, reposó en el miembro de Leonardo, y nuevamente la culpa golpeo su pecho. Se recriminó no haber aguantado la excitación y llevarlo hasta la galería por medio de excusas.
La decisión de dejar los votos ya había sido tomada por ambos hace unas semanas, pero se habían prometido no tener contacto hasta tanto cada uno de ellos dé la noticia a sus superiores. Si bien estaban dispuestos a abandonar la vida religiosa que habían elegido, habían decidido respetar su elección religiosa hasta el día en que hayan renunciado a los mismos.
En ese momento, Leonardo inclinó su cabeza y besó las mejillas de ella, quien ya había recogido su capelina celeste. Susurró un “te amo” en su mejilla y se dio la vuelta para vestirse con la sotana negra. La espalda de Leonardo daba cuentas de la pasión y uñas de Lorena, quien al verlas sintió vergüenza por haberse dejado llevar de aquella forma.
- “Tenes que perdonarme” le imploró al sacerdote, “no fui yo quien te provocó esas lastimaduras”.
- “Espero que estés equivocada”, respondió él a la monja, “ya que es esa mujer a quien quiero entre mis sábanas”.
- Pero vos vas a dejar tus hábitos por quien soy interiormente. Esta parte solo la acabas de conocer.
- Es verdad, pero si de sexo poco conozco, lo he hecho a través de las confesiones de nuestra gente, y si hay algo que veo sanamente, es la pasión de quienes se aman de esa forma.
Lorena arrojó nuevamente su capelina, junto con la túnica que tenía Leonardo entre las manos. Lo tomó de su cuello e hundió su lengua dentro de la boca de su amante. Él la tomó de sus muslos y la hincó sobre sus caderas, mientras pretendía levantarle la falda. Ella se abrazó de su cuello y él le arropó la espalda con sus brazos.
La siguiente mañana ambos pidieron adelantar sus entrevistas con los padres superiores.
(NdA: Dedicado a mi gran amigo "Manzana", quien ha inspirado esta historia con la suya).
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Diez años han pasado ya. Diez. Dos lustros de tiempo me separan de aquel baile en el Gimnasio Municipal de Trelew. La promoción 1997 del Colegio se despedía, todos enfundados en flamantes trajes. Para la mayoría era la primera vez, para otros sigue siendo la única.
El sábado 29 de Diciembre nos juntamos – la mayoría – en el quincho del mismo colegio. Éramos casi ese mismo número. Consumimos alrededor de 15 kilos de carne, 30 chorizos y morcillas, todo regado de buenos brebajes.
Junto con el “Paga” nos encargamos de la organización, y con el “Inga” de hacer el asado. Muchos habían cambiado (los pelos de varios, la panza de algunos). Otros seguían siendo los mismos (el Negro Nuñez, por ejemplo, sigue siendo el mismo pelotudo de siempre).
Por mi parte - además de percatarme que desde el 97 traigo una mochilita de casi 20 kilos de mas -, me quedé con la sensación que mis tareas culinarias me alejaron de la charla con muchos de aquellos muchachos de otrora. Sin embargo, como aliciente, recuerdo que en el momento sentí un inmenso placer de haber logrado que toda esa gente vuelva a juntarse y pasar un buen momento.
Tenía pensado decirlo en el brindis. No lo dije. Desde acá, sepan que me ha dado placer compartir ese momento con Uds.
El sábado 29 de Diciembre nos juntamos – la mayoría – en el quincho del mismo colegio. Éramos casi ese mismo número. Consumimos alrededor de 15 kilos de carne, 30 chorizos y morcillas, todo regado de buenos brebajes.
Junto con el “Paga” nos encargamos de la organización, y con el “Inga” de hacer el asado. Muchos habían cambiado (los pelos de varios, la panza de algunos). Otros seguían siendo los mismos (el Negro Nuñez, por ejemplo, sigue siendo el mismo pelotudo de siempre).
Por mi parte - además de percatarme que desde el 97 traigo una mochilita de casi 20 kilos de mas -, me quedé con la sensación que mis tareas culinarias me alejaron de la charla con muchos de aquellos muchachos de otrora. Sin embargo, como aliciente, recuerdo que en el momento sentí un inmenso placer de haber logrado que toda esa gente vuelva a juntarse y pasar un buen momento.
Tenía pensado decirlo en el brindis. No lo dije. Desde acá, sepan que me ha dado placer compartir ese momento con Uds.
miércoles, 2 de enero de 2008
Memorias de la vuelta
Luego de diez días en casa de mis viejos (donde ya contaré algunas anedas), tomé el vuelo de las 9.45 hs. a éste Buenos Aires sudoroso y hediondo.
Como primer comentario, en diagonal a mi poco espacioso asiento, se encontraba quien fuera mi primera novia. Dos cosas:
(i) Me reí al recordar las estupideces de inexperto que hice cuando comencé mi relación de dos semanas con aquella chica. Por ejemplo, el día que nos encontramos en la biblioteca del colegio y estuve mirando hacia la puerta de la misma haciendo que esperaba alguien cuando en realidad no me anima a hablar con ella y su amiga (si, si, un goma). Y lo segundo que nuestra relación de dos semanas incluyó el día que acordamos salir + “día mudo” en la biblioteca + día que cortamos. Fracaso total. Fiel a nuestra historia, no hubo diálogo en el avión.
(ii) Comprobé que el chiste que me hacían mis compañeros de secundaria era verdad: tenía – tiene - las manos realmente grandes. De ahí su mote de “Manotas”.
El segundo comentario incluye a mi compañero de asiento. Un Pancho vestido de (recuerden que era un vuelo de avión) malla pescador celeste, ojotas, “muscu” negra raída, anteojos extra grandes y gorra verde onda che Guevara. En un primer momento pensé que era un bananón de por ahí, pero después tomó su celular y llamó a un amigo: su léxico y dicción me hicieron recordar al Chipi Barhijo. A su look, le agregaba de “bijou” siete u ocho rosarios los cuales – y ahí el comentario – se encargó de besar cuando el avión se encontraba realizando el decolaje. ¡Que miedo tenía ese muchacho, por favor! En fin, por un momento pensé en decirle algo como “besando una alcanza”, pero después pensé que ya tenía suficiente como para que algún boludo venga a hacerle chistes en un momento de pánico personal como ese. Opté por seguir pensando en que a mi también me hubiese gustado estar en chancletas en el coqueto vuelo de Aerolíneas, rumbo a ésta ciudad que persiste en retrasarme la vuelta.
Como primer comentario, en diagonal a mi poco espacioso asiento, se encontraba quien fuera mi primera novia. Dos cosas:
(i) Me reí al recordar las estupideces de inexperto que hice cuando comencé mi relación de dos semanas con aquella chica. Por ejemplo, el día que nos encontramos en la biblioteca del colegio y estuve mirando hacia la puerta de la misma haciendo que esperaba alguien cuando en realidad no me anima a hablar con ella y su amiga (si, si, un goma). Y lo segundo que nuestra relación de dos semanas incluyó el día que acordamos salir + “día mudo” en la biblioteca + día que cortamos. Fracaso total. Fiel a nuestra historia, no hubo diálogo en el avión.
(ii) Comprobé que el chiste que me hacían mis compañeros de secundaria era verdad: tenía – tiene - las manos realmente grandes. De ahí su mote de “Manotas”.
El segundo comentario incluye a mi compañero de asiento. Un Pancho vestido de (recuerden que era un vuelo de avión) malla pescador celeste, ojotas, “muscu” negra raída, anteojos extra grandes y gorra verde onda che Guevara. En un primer momento pensé que era un bananón de por ahí, pero después tomó su celular y llamó a un amigo: su léxico y dicción me hicieron recordar al Chipi Barhijo. A su look, le agregaba de “bijou” siete u ocho rosarios los cuales – y ahí el comentario – se encargó de besar cuando el avión se encontraba realizando el decolaje. ¡Que miedo tenía ese muchacho, por favor! En fin, por un momento pensé en decirle algo como “besando una alcanza”, pero después pensé que ya tenía suficiente como para que algún boludo venga a hacerle chistes en un momento de pánico personal como ese. Opté por seguir pensando en que a mi también me hubiese gustado estar en chancletas en el coqueto vuelo de Aerolíneas, rumbo a ésta ciudad que persiste en retrasarme la vuelta.
lunes, 31 de diciembre de 2007
Telón
Se cuelga el 2007 con su dedo índice del precipicio del tiempo, y se disparan diversos pensamientos que, con la métrica de conclusiones y objetivos, alimentan un poco más ésta época de rituales costumbristas y prácticas familiares.
En la Patagonia lejana me encuentra éste 31, cerrando el año en casa de mis viejos, cuestionándome todavía que carajo hago en Buenos Aires, sufriendo el calor, lejos de toda esta paz.
En fin, no quería que el affaire de “Mazaso” cierre mi año literario, y por eso me propuse escribir este texto de salutación final para un año que en el balance final arrojó un resultado muy positivo.
A mi familia, el amor de siempre. A mis amigos, lo mejor. Y a aquel que reincide en leer los desvaríos de quien suscribe, que la empresa no le deje un sin sabor. Gran 2008.
En la Patagonia lejana me encuentra éste 31, cerrando el año en casa de mis viejos, cuestionándome todavía que carajo hago en Buenos Aires, sufriendo el calor, lejos de toda esta paz.
En fin, no quería que el affaire de “Mazaso” cierre mi año literario, y por eso me propuse escribir este texto de salutación final para un año que en el balance final arrojó un resultado muy positivo.
A mi familia, el amor de siempre. A mis amigos, lo mejor. Y a aquel que reincide en leer los desvaríos de quien suscribe, que la empresa no le deje un sin sabor. Gran 2008.
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