lunes, 10 de septiembre de 2007

Pedro y Ana

La casa tiene dos pisos. Cada uno de los chicos tiene su pieza. Hay una cocina amplia, donde puedo meter en una cacerola todo lo que encuentro, para después darle un nombre elegante: Guiso de batatas y almendras a la sidra, por ejemplo. O pollo con duraznos y brócolis al ajillo. Casi siempre me sale bien el invento, aunque a veces termino comiendo solo.

Hay un lindo living, y una sala para mirar televisión. Cuando tuvimos a los chicos, sacamos la tele del cuarto. Más allá, esta mi estudio u oficina. Bah, mío. Es el estudio que usamos con mi mujer para guardar nuestras cosas de laburo. Esta la computadora y un lindo escritorio.

En el patio - grande y con plantas -, esta la pileta. Es el gusto que me di, junto con el quincho. Es modesta: 10 metros por cuatro. Pero los paga. Pocas cosas las disfruto tanto como lagartear en la pileta, con amigos o los chicos.

Y por último, el quincho. Es bastante grande. Tiene una mesa de una madera clarita, rustica, bien barnizada con capacidad para 16 comensales. La parrilla es amplia y tiene su canasto de acero para las brasas. Al costado deje un espacio para hacer un par de corderos al asador al año. Como me enseño mi viejo. Mi viejo, como lo extraño.

En las paredes están los adornos que hace mi mujer: flores secas, cuadros, etc. Pero el quincho es mío. Es mi lugar. Ella insiste con meter sus detalles, pero el quincho tiene que tener idea de campo. De naturaleza. Están las cosas viejas que saque del almacén del abuelo Enrique. Hay unos buenos carteles. Fotos de la familia: los chicos, los abuelos, los bisabuelos. Camisetas de fútbol enmarcadas. Puse un metegol, un sapo y un juego de sillones. La verdad es un buen ambiente. Con razón las fiestas las pasamos ahí. Por último, en un cuarto aparte, como me enseño el Beto, mi suegro, una heladera con cervezas, otra con los tintos, los maderos para asar, y algunas cosas indispensables para el quincho.

Esa es mi casa, donde vivo con mi familia. El mar se escucha, a veces, de lejos.

Ana tiene tres años. Tiene la cabeza como el sol. Tanto es así que cuando se pone a contraluz con el mismo sol, parece que sus cabellos fuesen transparentes. Tiene la carita de su madre, o sea, los cachetes rosados y tersos, los ojos color turquesa, y una nariz de pompón que puede derretir a cualquiera.

Hoy es domingo y Ana se levantó temprano. Yo estoy en la cama. Me desperté hace dos minutos porque escuche a su madre que había ido al baño. Estoy solo, disfrutando quizás un poco el poder estirar la pierna para el lado derecho, sin que me ladren de al lado. La persiana esta medio alta, raramente, ya que me la bajan todas las noches (una batalla que perdí en el noviazgo). Hay una claridad matinal hermosa. El cuarto se ilumina resaltando los colores pasteles del cuarto (más que una batalla pérdida, una concesión dada).

Miro hacia la puerta y la veo entrar a Ana con su carita de dormida y sus pelos todos desordenados. Esta vestida con su pijama de flores rosas. Con una mano se refriega los ojos y con la otra lleva a su oso de peluche arrastrando. Esta descalza (se debe haber sacado las medias que le puso la madre para dormir... para dormir en “patitas” como dice ella y como me gusta a mi).

Entra sin preguntar nada, aunque hace como un gruñido-mimo, mascullando algo así como “Paaaaa”. Se trepa a la cama, tirando primero sobre ella a “Pepo” (su oso). Trepa una patita, da un salto, y en un segundo esta subida, a un costado mío. Sin preguntarme nada, y casi sin mirarme se tira encima mió y cierra los ojos. Como cuando era recién nacida, la acuesto sobre mi pecho. Ella me abraza y yo también. Llega la madre y se acuesta a un costado, pasando un brazo por encima de nosotros.

Ayer también solté una lágrima, cuando volví de trabajar. Abrí la puerta del living, y la vi venir corriendo desde la cocina. Casi se cae en el camino porque sencillamente es chiquita. A pesar de su tropezón, siguió corriendo y gritándome. “¡Papá! ¡Papito!”, decía con su voz fina y dulce. Es difícil aguantar la emoción cuando se aferran tan fuerte de alguna de tus piernas. Es difícil, digo, aguantar.

Pedro es más grande. Tiene ocho. Fue el primero, a pesar de que su madre dijo que esa prioridad estaba reservada para una mujer. Pedro es rubio también. Flaco y alto. Tiene más mi cara. De hecho se parece mucho a mi cuando tenía esa edad. También es deportista. Juega muy bien a casi todo lo que practica, pero se interesa solo por el fútbol.

No se que decir de Pedro. Es mi amigo. Mi mejor amigo. Es la persona que mas me hace reir en todo este mundo. No pasa un solo día en que no trate de estar un momento solo con él. Aunque sea para que me cuente algo a mi. Llevarlo al cole solo. O patear un par de veces al arco, o jugarle un algo en la compu (aunque me gane siempre).

Me gusta hablar con él. Aconsejarlo. Compartir cosas. No puedo evitarlo. Mi viejo lo hizo conmigo. Siempre estuvo. Siempre estará. Me encantaría que Pedro tuviese de mi, la imagen que yo tengo del viejo.


Afuera llueve. Pero no tiene nada que ver con que yo este pensando esto. Lo hago a menudo. Pienso en mi dentro de unos años, y que es lo que quiero en mi vida. En ella, siempre hay sueños. Los hay grandes y los hay chicos. Yo no se en que parte esta el mío. Son solo las imágenes que se me cruzan cada tanto. Tan claras que hasta me parece haberlas vivido en algún momento. Estoy enamorado de mis hijos, sin haberlos concebidos.

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